El fuego derramado
«¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema». Así el lamento irremediable de García Lorca ante la sangre derramada. Así mi lamento, irremediable, pero también indignado, ante el fuego derramado.
Hace veintiséis o veintisiete años fui invitado por la Cámara de Compensación Bancaria a dar una conferencia en León sobre el futuro de la economía leonesa. Mi sorpresa fue enorme al comprobar que la sala estaba bastante llena. Todo iba bien hasta que tocó hablar del futuro de la minería del carbón, para ser más exacto, del no futuro de la minería del carbón. Con todo cuidado enuncié la necesidad de pensar en «el cierre ordenado de las minas». Salí de la sala entre insultos entre los que no faltaron las descalificaciones de leonés réprobo.
Un grupo de jóvenes se acercó a mí y me pidió disculpas por el comportamiento de unos cuantos. Yo diría que la mayoría. Tomando unos vinos de desagravio en el Rancho Chico, uno del grupo me preguntó cómo saldría León del durísimo trance del cierre minero. Como respuesta le hice una pregunta ¿Qué hay en los montes además de las minas? Desalentado me respondió. Nada. Bosques y ganado.
Pues ahí está la respuesta, le replique. En el reverso de los folios de mi conferencia esbocé lo que en mi opinión debería de ser el gran recurso de la provincia de León. Los jóvenes (ellos se reconocerán si leen esto) a las pocas semanas me escribieron para decirme que un ingeniero de montes había hecho un plan forestal para León por encargo suyo.
Se organizó un acto en el paraninfo de Veterinaria al que acudieron la mayoría de los alcaldes de la provincia, representantes políticos, empresariales, sindicales, académicos… El todo León, que diría un cronista clásico. De regreso a Madrid hablé con la ministra de Medio Ambiente para que nos hiciera el favor de contrastar el flamante Plan Forestal de León por sus expertos. La respuesta fue rápida y concluyente. El Plan estaba muy bien, trazado. «Es completo y permitiría fijar la población de las cuencas mediante una reconversión laboral nada complicada».
Transmití a mis jóvenes emprendedores los parabienes del Ministerio y el anuncio de que éste había enviado una copia y una propuesta a la Comisión Europea. En pocos meses, Bruselas envió una cantidad de dinero, para iniciar la puesta en marcha del Plan.
Al entrar en juego dinero público, advertí a todos los concernidos que yo, como periodista, debía retirarme del proyecto. Y así lo hice.
No sé que fue de aquello. Creo que el dinero europeo nunca llegó a emplearse y que el Plan Forestal de León fue, como tantas cosas en León, un esfuerzo inútil, una iniciativa que murió de inacción. Los alcaldes que firmaron, las autoridades que participaron, las fuerzas vivas que aplaudían en aquel Paraninfo no hicieron nada más. En algún cajón dormirán aquellas propuestas llenas de racionalidad, plagadas de iniciativas realizables que quizás hoy hubieran podido evitar el fuego derramado en nuestros montes.
Montes que no quiero ver, porque mi recuerdo se quema.