Nos dejaron mal vestidos, sin «Piedad… y sin Monte»
Me intrigó desde el título (El crimen de las Cajas de Ahorro), y entre transposiciones y sorpresas, diré que terminé la lectura sin echar nada especial en falta…

En el edificio que Gaudí proyectó y construyó en Legio, bien conocido como Casa Botines, que muchos leoneses visitamos y usamos cuando empezó a acoger las oficinas generosas de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León, se centra el punto clave de la novela, casi hasta el hoy, que Francisco Martínez Carrión escribió con destreza y «mano zurda», y digo esto para ir en consonancia con la trama, un lugar que, especialmente ahora, me motiva sobremanera.
Del autor, y de su larga etapa como director de Diario de León, es momento de decir que guardo muy grato recuerdo. En especial en aquel tiempo en el que yo tenía gran dedicación en defensa de la Identidad Leonesa, la que, por causa de la autonomía impuesta, siempre vimos amenazada, y no sólo los componentes de la Asociación Pro Identidad Leonesa, sino leoneses y leonesistas en distintos estamentos instalados, incluso los que la consideraban intocable en su sentimiento interno. Inalcanzable con la «mano», pero no con la malevolencia diseñada allende la región leonesa.
Hoy el singular edificio de Botines acoge la Fundación Obra Social de Castilla y León. Dudo que la mayor parte de los leoneses, incluso los legionenses por acotar más, estén sobre la idea de lo que esto significa, algo sobre lo que aquí no voy a intentar poner el foco, más allá del que Paco Martínez Carrión, hace manejar a quien lleva la investigación policial del drama ficción ocurrido dentro de un continente de lujo, de la Casa Botines. ¡Un crimen! Nada descubro, pues así arranca la novela, y…
Por supuesto algo más que un delito, que expandido por las entrañas de la Caja, llegaba a afectar a todos los «oretanos» (yo leo leoneses), fueran o no impositores, sufridores en la distancia, pero sí, en especial, entre quienes se manejaban en ella, dirigentes, contrincantes, abordadores políticos, marcadas figuras del empresariado, que podían aparecer como sospechosos, y la otra parte de la ciudadanía, la afectada por la obra social, en ayuda decadente.
Personajes, los relevantes, que comprensiblemente llevan en la ficción un nombre bien distinto al que por cargo actuación y compromiso, podíamos intentar colocar en algunas personas identificadas en la urbe legionense, actores reales, que fueron y conocimos, descartando claro está, los personajes interpuesto, o incluso netamente ficticios en determinados casos.
El crimen de las Cajas de Ahorro. Ese es su título, el de una ficción pergeñada por el autor, de fondo muy creíble, entendiendo que trata de acoplarse a otra realidad, señalando el amargo camino al que fueron abocadas por los desembarcos de los políticos en ellas. Y en la nuestra, en la leonesa, además marcada por los designios autonomistas, en la forzada prepotencia de ¡querer ser!, y me permito añadir, donde todo era ¡postizo e impuesto!
Créame el lector, y perdone por la duda, cuando ahora diga que en este momento de la gestación del artículo de opinión que «hoy toca», aún no he leído el final de la novela. Me he parado adrede, para empezar a contar, tal como he venido haciendo, lo que me ha sugerido en letra y en esencia el autor, con especial fijación propia en lo leonés.
Me quedan dieciocho páginas, dos cortos capítulos nada más, a los que he llegado con gran interés por lo narrado, pero también llevado en volandas por el intento de transposición de valores o posturas, en un muy personal cotejo, a acontecimientos conocidos, y sobre todo a personajes con un relevante pasar por la Caja. Así como otros, significados en el concomitante ejercicio político. Y casi todos, en un aprovechamiento personal manifiesto.
Si lo que he podido apreciar, no es un verdadero juego de tronos, desde luego a ello se asemeja, puede que, sin fantasía, pero sí mostrando fantasiosos intereses entremezclados, ansia de poder y dominio entre corrupciones bien descritas, precisamente en momentos de dramático proceder autonomista sobre lo leonés. Era la fase real de socavamiento de nuestra personalidad leonesa.
Paro la escritura. Cierro el ordenador para volcarme en la lectura final de la novela. Y…
¡Albricias!, leídos los dos capítulos aludidos, ¡más bien perplejo!, y la inocente exclamación lo sugiere; tras una reflexiva paradiña me voy al cierre.
Este escrito que he querido dedicar al libro de Carrión, siempre un punto temeroso de no hacerle justicia, o no saber leer entrelíneas, pues acoge un relato de hechos novelados, no enmascarados. Me intrigó desde el título, y entre transposiciones y sorpresas, diré que terminé la lectura sin echar nada especial en falta… y que el autor, sabiendo más de lo que dice, y que «olvidar» lo malo también es tener memoria, con una especial niebla final de intriga, ponía el cierre «abierto» a su versión de lo acontecido en el discurrir de las Cajas de Ahorros.
Por supuesto no voy a desvelar el final detallado de este interesante y oportuno relato, pero voy a dejar marcada una sencilla interpretación para la página no numerada, una hoja en blanco, la última, la de cortesía, que me he empeñado en darle la sencilla interpretación de que, el autor, nos brinda la oportunidad de escribir nuestra versión del final de la novela…, ¡sobre el crimen de ficción! No del resultado real conocido, el de la defenestración, a mano airada, de la que fue nuestra Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León.