La fábula de la cabra, el pueblo y los incendios
Había una vez un pueblo en León donde vivía Tomás, un hombre curtido por el sol y la experiencia de generaciones. Tenía una cabra, Remedios, que cada mañana salía a limpiar el monte. No era una limpieza cualquiera: era la sabiduría ancestral convertida en rutina, el equilibrio perfecto entre el hombre y su entorno. Remedios se comía los matorrales que en agosto se convertirían en yesca, despejaba los senderos que servían de cortafuegos naturales, y mantenía el bosque como lo habían hecho sus antepasadas durante siglos.
El pueblo prosperaba. Los niños jugaban entre árboles que respiraban, los mayores descansaban bajo la sombra de robles centenarios, y en verano, cuando el sol apretaba con furia, el monte permanecía productivo y protegido. Todo funcionaba con la simplicidad de lo que es natural: sin papeles, sin inspectores, sin comités de expertos que nunca habían pisado una mata de brezo. Pero llegaron los tiempos modernos, y con ellos, los salvadores de la gran ciudad. Gente de traje o de uniforme de su tribu urbana que había leído muchos libros sobre sostenibilidad pero que confundía una encina con un chopo. «¡Esto no puede seguir así!», proclamaron con la arrogancia de quien cree que la naturaleza necesita su permiso para funcionar. «¡La cabra es depredadora! ¡El pastoreo extensivo daña el ecosistema! ¡Hay que regular, controlar, supervisar!» De repente, Tomás se vio sepultado bajo una avalancha de formularios. Tenía que pedir permisos para que Remedios pastara donde había pastado siempre. Necesitaba certificados veterinarios para una cabra más sana que la mayoría de los burócratas que los exigían. Debía cumplir con normativas europeas diseñadas por funcionarios que jamás habían visto un incendio, pero que sabían muy bien cómo crear empleo público a costa de complicar la vida a quienes realmente trabajan. Y lo mismo le pasaba a Maruja su vecina que tuvo que deshacerse de sus gallinas porque más de siete le obligaban a convertirse en un zoo, y Manolo el de las vacas ya no podía hacer fuegos controlados para que sus vacas tuvieran pasto, mientras veía como las laderas antes limpias se convertían en masas de matorral que iba a servir para transportar el fuego de bosque a bosque. «Es por el cambio climático», le decían. «Es por el bien del planeta», insistían. «Es por las futuras generaciones», remachaban. Como si Tomás y sus antepasados hubieran estado destruyendo el mundo durante siglos, cuando en realidad lo habían cuidado mejor que cualquier plan quinquenal redactado en un despacho climatizado. La burocracia creció como la mala hierba. Llegaron inspectores que multaban si Remedios se comía la planta equivocada. Aparecieron técnicos medioambientales que le explicaban cómo debía hacer lo que él sabía desde niño. Se crearon comisiones y comités de evaluación del impacto ambiental del pastoreo tradicional. Todo muy científico, muy progresista, muy comprometido con la lucha contra el cambio climático. Tomás aguantó dos años. Dos años llenando papeles, pagando tasas, sometiéndose a inspecciones, justificando lo injustificable: que su cabra hiciera lo que las cabras habían hecho desde que el mundo es mundo. Al final, harto de que le convirtieran en delincuente por ser útil, cogió a Remedios y se marchó a la ciudad. «Al menos allí», pensó, «no me pedirán permiso para respirar». Con Tomás se fueron sus vecinos. El pueblo se vació como tantos otros en esta España vaciada por la incompetencia y la soberbia de quienes creen que desde un despacho se puede gestionar la vida. El monte, privado de la sabia intervención de Remedios y sus compañeras, empezó a crecer salvaje. Los matorrales se espesaron, los senderos se cerraron, y todo se convirtió en una gigantesca trampa incendiaria esperando la primera chispa. Y llegó el verano. El mismo sol que antes acariciaba un paisaje equilibrado ahora encontró un polvorín perfecto. El incendio que siguió fue devastador, imparable, catastrófico. Ardieron miles de hectáreas que Remedios habría mantenido limpias sin costar un euro al contribuyente. Entonces aparecieron los mismos que habían echado a Tomás, ahora convertidos en héroes de la emergencia. Llegaron con hidroaviones carísimos, brigadas especializadas, y operativos millonarios que hubieran mantenido a cien Tomases con sus cabras durante décadas. Gastaron en una semana lo que el pueblo entero no veía en años, para intentar apagar lo que una simple cabra habría evitado. Pero aquí viene lo más perverso de la historia. Los mismos movimientos que habían presionado para crear todas esas regulaciones que echaron a Tomás del monte, los mismos que habían aplaudido cada nueva normativa que complicaba la vida rural, ahora tenían un nuevo frente de batalla: cuando alguien propuso instalar plantas de biomasa que podrían dar trabajo al pueblo y aprovechar sosteniblemente el bosque, ahí estaban ellos otra vez. Pancartas en alto, manifestaciones organizadas, comunicados alarmistas sobre el «saqueo de nuestros bosques». ¿El resultado? Ni cabras que limpiaran el monte, ni plantas que aprovecharan la madera de forma controlada, ni trabajo para la gente del pueblo. Solo monte abandonado esperando la primera chispa. Y cuando llegó el incendio inevitable, cuando ardió todo lo que Remedios habría mantenido limpio y las plantas de biomasa habrían aprovechado de forma sostenible, ahí aparecieron de nuevo los mismos de siempre. Esta vez con nuevas pancartas pidiendo «más recursos públicos para la prevención», «más inversión en lucha contra el cambio climático» y «políticas más ambiciosas» para combatir los incendios, los sindicalistas aprovechando la situación para presionar para multiplicar el gasto público. Y esos políticos que llevan décadas aprovechando los dramas para sin pudor alguno sacar réditos electorales de la tragedia. La rueda perfecta: primero presionan para crear el problema, luego impiden las soluciones que podrían generar empleo rural, y finalmente se manifiestan para exigir más gasto público cuando estalla la catástrofe que ellos mismos han provocado. Después del desastre, celebraron ruedas de prensa hablando de «efectos del cambio climático» y «fenómenos meteorológicos extremos», sin mencionar jamás que habían destruido sistemáticamente el único sistema que funcionaba: la gestión tradicional del territorio por parte de quienes lo conocían y lo amaban. Curiosamente, los mismos que vaciaron los pueblos ahora hablan con gran preocupación de la «despoblación rural» como si fuera un misterio meteorológico inexplicable, sin mencionar jamás que fueron ellos quienes echaron a Tomás y a miles como él de sus tierras. Hoy, el pueblo de Tomás es un montón de casas en ruinas rodeadas de tierra quemada. Donde antes había vida, trabajo y equilibrio, ahora solo quedan cenizas, subvenciones europeas para la «restauración del paisaje» y funcionarios elaborando planes estratégicos para evitar que vuelva a pasar lo que ellos mismos provocaron. Mientras tanto, en la ciudad, Tomás ve las noticias y suspira. Remedios, encerrada en un pequeño corral urbano, ya no puede hacer lo que la naturaleza le pide. Pero al menos ya no es una «depredadora del ecosistema». Ahora es solo una cabra triste, como su dueño, víctimas ambos del mayor depredador que conoce España: la burocracia progresista, que destruye en nombre del progreso y la ecología de salón, esa misma que aplaude a Greta Thunberg y otros adolescentes malcriados sin la menor formación técnica predicando desde estrados internacionales cómo debe funcionar el mundo rural que jamás han pisado. La moraleja es clara: cuando los salvadores del mundo llegan con sus carpetas llenas de buenas intenciones, preparaos para el incendio. Porque no hay peor catástrofe natural que la intervención de quienes confunden el control con la protección, y la complicación con la mejora. Tomás lo sabe. Remedios también. Solo falta que alguien, desde sus despachos climatizados, se digne a escucharlos antes de que no quede nada que salvar.