Fumar mata…, también en la mesa de al lado
Hoy no se discute el hecho de que abrocharse el cinturón salva vidas, como tampoco se pone en solfa que una zona sin humo protege a todos, sin excepción

La imprudente reacción de algunas asociaciones de hosteleros de ámbito nacional con el Anteproyecto de Ley que prohibirá fumar en terrazas, entre otros lugares, roza, a mi juicio, lo irritante. Estos representantes de la industria se muestran ante la sociedad como víctimas de una especie de persecución, cuando en realidad lo único que defienden desacertadamente es su caja registradora, aunque sea a costa de la salud… de los demás.
Aluden como argumento principal a que «perderán clientes». La misma disculpa que corearon indecorosamente cuando se prohibió fumar en interiores y el apocalipsis hostelero nunca llegó, porque, al cabo de pocos días, no tuvo ninguna incidencia, como quedó acreditado. Hoy nadie en su sano juicio concibe comer o tomar algo rodeado de humo en un salón. Esta postura codiciosa de una parte del gremio, afortunadamente no mayoritaria, se equivoca al erigirse en defensora de la «libertad» de los adictos a la nicotina que en realidad hoy es la libertad de una minoría que obliga a los demás a tragarse, justo en la silla de al lado, el humo de sus cigarros. Respirar aire limpio no puede ser un lujo. Resulta indignante que quienes deberían garantizar espacios de convivencia y ambiente saludable se atrincheren en defensa del tabaquismo por una cuestión de mero vil metal.
No se trata de moralinas ni de imponer costumbres: se trata de ciencia y sentido común. Según cifras oficiales, el tabaco es responsable del 30 por ciento de muertes por cáncer. En España fallecen anualmente 55.000 personas a resultas de la adicción a la nicotina (una forma de drogodependencia), generalmente en mayores de 35 años, lo que representa alrededor del 13 por ciento de la mortalidad total en ese grupo de edad. Los fumadores pasivos, también enferman. Conviene recordar que este tipo de normativa concreta sobre salud y seguridad pública, al margen de ideologías y contiendas partidistas, no nace para incomodar, sino con el fin de proteger. Así ocurrió con la obligatoriedad del cinturón de seguridad o con la prohibición de vender alcohol a menores, por mostrar un par de ejemplos dispares pero elementales. Es cierto que por desconocimiento al principio hubo reparos, en efecto, pero inmediatamente llegaron los beneficios incontestables y la polémica acabó. Hoy no se discute el hecho de que abrocharse el cinturón salva vidas, como tampoco se pone en solfa que una zona sin humo protege a todos, sin excepción. Con respecto a la supuesta pérdida económica, nadie dejará de sentarse en una terraza porque no pueda fumar. Al contrario, el empresario o autónomo del local tendrá nuevas oportunidades: lugares más agradables para familias con niños o clientes que antes evitaban zonas con humo y malos olores. Incluso desde el punto de vista productivo, una terraza higiénica se convertirá en un reclamo más competitivo. La resistencia de un sector minoritario y egoísta de bares y restaurantes no es, pues, un grito por la libertad, sino el reflejo de un modelo de negocio egocentrista y corto de miras. El futuro pasa por espacios saludables, con una hostelería ética y responsable socialmente, alineada con los tiempos y la evidencia científica. Quien no lo entienda quedará retratado para los anales, como los que defendieron vergonzosamente en su momento fumar en interiores, en autobuses, en bibliotecas, en las aulas o, el paroxismo, en los pasillos de los hospitales. Escrito está en las hemerotecas.