El hundimiento
Encerrado en su búnker, escucha las últimas explosiones. Vienen noticias terribles del exterior. Retrocede en todos los frentes, acosado por aquellos a quienes pretendió aplastar y que, a pesar de todo su enorme poder, han podido resistir. Dentro, nadie quiere decirle la verdad. Todos ellos han llegado a sus puestos de poder por el dedazo del líder y saben que le deben su fortuna. Solo quiere escuchar a los más radicales, a aquellos que han adoptado sus proclamas de odio y antisemitismo. El tirano los mira de reojo porque teme una traición. Tras cada frase, tras cada acontecimiento, entrevé una conspiración. Solo se fía de su perra, aquella que le acompaña siempre, fiel compañera. Todos en el búnker saben que es la perra del líder y nadie le niega nada. Ella deambula pidiendo comida y todos se la dan con una sonrisa. Saben el amor que el líder le profesa. No lo oculta. En sus apariciones públicas le prodiga carantoñas, algo que no hace con nadie más. El líder la mira ahora. No dudará, llegado el caso, en darle a probar el veneno. Que sea ella la que pruebe primero el final, que sea ella la que muera ante sus ojos.
El líder aprieta los puños. Está obsesionado, lleno de odio. Sobre todo, contra los judíos, a los que siempre ha identificado con el capital y con América, otro de los enemigos que su verborrea estúpida le han granjeado en estos sus últimos días. Los judíos han sido siempre para él una manera de encarrilar el odio de las masas. Las masas le obedecen en esto. Los ha lanzado a acosar a los judíos en las calles, frente a las fortalezas. Y estas han respondido como siempre, agitando las banderas del odio del partido, corriendo y vociferando contra el enemigo. Hay que eliminarlos, son el mal en sí mismo, se dice con una sonrisa.
Su rostro acusa la ansiedad que le embarga. Todo su cuerpo está lleno de las señales que el odio mantenido en el tiempo hace a un cuerpo. Parece haber envejecido diez años desde que dirige un país que confió ciegamente en él. Un país que ahora va a dejar destruido. Porque no quiere que le sobreviva. Él lo es todo. Sin él no tiene derecho a seguir existiendo. Por eso ha ordenado a sus generales que lo destruyan todo: las carreteras, los trenes, los aeropuertos. Nada tiene que funcionar. No hay que dejar nada al enemigo que ya está a las puertas.
Las naciones libres lo tienen en su objetivo. Desde América han jurado que harán caer al tirano. Una nación que siempre ha defendido la libertad no puede dejar que en Europa el dictador permanezca. Por eso el tirano los odia. Odia América y todo lo que esta representa. Y, sobre todo, odia que América proteja a los judíos.
Desde siempre ha intentado a través de sus ministros controlar la cultura. El cine ha sido su medio. El cine que tanto lo ha apoyado y del que se ha servido su ministro de propaganda. Por eso siempre se ha dejado ver en las salas, en las presentaciones que los esbirros cinematográficos han preparado para él. Allí se siente bien, con esos directores que han glorificado sus logros. Allí le reciben como a un héroe. Uno que engrasa con los fondos del Estado el antisemitismo, el sectarismo más cruel y el adoctrinamiento de la población.
También ha conseguido convertir en esbirros a todos los altos mandos de su administración. Los jueces de los más altos tribunales, los de la fiscalía. Ha controlado el tesoro y la hacienda, la educación, la policía y el ejército. Todos ellos juraron en su momento lealtad al partido para salvar sus cabezas. Y para prosperar. Pues todos ellos han prosperado. Y mucho.
El oro del saqueo ha sido puesto a buen recaudo. Más allá de los mares se ha depositado en lugares secretos y seguros. Así, cuando caiga el régimen, ellos podrán disfrutar del botín. Al tirano, en el fondo, a pesar de sus orígenes humildes de vulgar pordiosero, le gusta el oro, la riqueza. Hizo lo que debía para ascender y lo logró: amañando elecciones, chantajeando, eliminando a los rivales de noche y sin testigos. Con chantajes y coacciones ha conseguido doblegar a los principales industriales de la nación que ahora le deben pleitesía. Le tienen miedo. A él y a sus esbirros que administran la hacienda pública como un coto reservado a los miembros del partido.
Pero ahora le han surgido unos nuevos enemigos al este de sus fronteras. Enemigos implacables que tienen muy claro que no van a parar hasta llegar a las mismas puertas del búnker. Son un pueblo curtido en muchas guerras que no se va a detener y que contesta a cada uno de sus agravios. Y él no puede controlarlos.
Da patadas en el suelo, grita y se pone rojo de ira. Le informan que el enemigo ha cruzado los últimos puntos de defensa. En el búnker unos y otros se miran pensando quien va a suceder al tirano una vez que caiga. Porque caerá y su caída será estrepitosa. Ha dicho que va a aguantar hasta el final, que morirá matando y que está dispuesto a resistir. Resistir es el lema que adoptó cuando fue aclamado como el nuevo tirano de una nación renovada. La resistencia es en sí misma empecinamiento y salvaguarda. Todos los crímenes, todas las bajezas y la corrupción, el aniquilamiento de sus enemigos con malas artes, todo eso saldrá a la luz una vez haya caído. Y le da miedo.
Mientras tanto sigue gritando y dando órdenes a ejércitos inexistentes. Nadie le lleva la contraria… pero todos preparan su salida.