Diario de León

Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

San Froilán en Ruitelán

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Cuando Vázquez de Cacabelos era joven y flipaba con Tolkien, decía que le encantaba el nombre de Ruitelán, ya que le evocaba los lugares de la Tierra Media. Incluso lo pronunciaba como Ruiteland, y afirmaba que sus habitantes tenían que llamarse necesariamente ruitelanders.

Si nos ponemos un poco más serios y hacemos caso al historiador Tomás Mañanes, parece que su legítima etimología es rivus sanctus Iulianus, nombre que nos invita a sumergirnos, sino en la Tierra Media, sí en la Edad Media; época en la que la Tierra de Valcarce alcanzó su mayor relevancia histórica, siendo cuna de hombres y de nombres como los Valcarce, también llamados Valcaçar, o los Balboa. A mediados del siglo IX debió llegar por esas tierras un joven, natural de Lugo, que buscaba un lugar propicio para llevar una vida ascética y de oración. No se sabe mucho de sus primeros años, aunque sus biógrafos dicen que probablemente pasó por el Courel antes de recalar en Ruitelán. Quizás su destino original fuera el Valle del Silencio, donde ya había habido una intensa vida eremítica en los tiempos de San Fructuoso y San Valerio, y donde, pocos años más tarde llegaría San Genadio. Fuese cómo fuese, el caso es que Froilán vivió un tiempo en Ruitelán, en una cueva a la que todavía se puede acceder por la cabecera de la actual ermita. La leyenda popular de la zona sitúa también aquí el episodio de cuando el lobo le comió el burro, obligando después Froilán al lobo a cargar con las alforjas. No sabemos cuántos años permaneció nuestro eremita en Ruitelán, pero sí que marchó para los montes del Curueño, quizás buscando un lugar elevado para estar así más cerca de Dios. Por aquellas tierras conoció a Atilano y con él fundó los monasterios de Tábara y Moreruela, en la actual provincia de Zamora. Reinaba por aquella época, en la que los reyes eran poco más que jefes militares y vestían a la usanza de los moros andalusíes, Alfonso III Ordóñez, quien empezó a pasar largas temporadas en la ciudad de León. Conocedor de la fama de santidad de Froilán y Atilano, quiso que fueran ellos quienes dirigiesen su Iglesia, desde las diócesis de León y Zamora respectivamente. Así, San Froilán es venerado hoy como patrón de León, donde fue obispo; de Lugo, donde nació; y de Ruitelán, donde vivió y predicó. Curiosamente Ruitelán pertenecía a la diócesis de León, y no a la de Lugo como el resto de las parroquias del Valcarce. Desde la reordenación parroquial de 1955 dependen todas ellas de Astorga. Se conserva en Ruitelán la iglesia parroquial de San Juan Bautista, de un románico local un tanto oculto a causa de la reforma que se le hizo en 1937, después del incendio que la devastó el año anterior. Y también se conserva, medio oculta entre un soto de castaños, la ermita de San Froilán, a la que se accede por una larga y empinada escalinata. Se trata de una edificación, probablemente del siglo XIX, en regular estado de conservación, a través de la cual se accede a la cueva del santo, excavada en la roca. Los tres últimos años, los vecinos de Ruitelán han vuelto a celebrar la fiesta y, después de más de cincuenta años, se volvió a subir el santo y a decir misa en la ermita de San Froilán. Por este hecho, y por las labores de limpieza que se hicieron en la ermita, los vecinos recibieron un premio de la Fundación Prada a Tope por la conservación del patrimonio rural. En todo caso todos aquellos que, después de subir la escalinata que da acceso a la ermita, se detienen a contemplar el valle desde allí, entienden que aquel es un lugar propicio para el recogimiento y la oración. Quizás también por eso, no muy lejos de allí, entre Ruitelán y Samprón, vive alejado del mundo José Ramón de Laballós, el último eremita.

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