Diario de León

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Antes de que se nos olvide para siempre el reciente mes de septiembre quiero despertar a tantos dormidos recordando a muchos lectores que se han cumplido nada menos que 157 años (septiembre de 1868) de un levantamiento o rebelión en la España mayoritariamente analfabeta (82%), pero no tonta. Este levantamiento cívico-militar históricamente lleva el sobrenombre de La Gloriosa o Septembrina. Lo de Septembrina le viene por ser la clave o contraseña militar del pronunciamiento de la Armada en Cádiz, bajo el mando del almirante Topete y el apoyo de los generales Serrano y Prim (SePT). Tras el levantamiento, al grito de ¡Viva España con honra!, el pueblo español mandó a la Reina Isabel II al destierro, se inició el Sexenio Democrático, con gobierno provisional de Serrano apoyado en Prim, dando origen a una serie de transformaciones políticas y sociales, que exigía el país empobrecido.

Los que quieran refrescar la memoria y los conocimientos de nuestra Historia, deben acercarse a las bibliotecas serias y apagar las televisiones estatalizadas. Hoy, por suerte, contamos con un Rey bien formado y cercano al pueblo y el destierro habría que pedirlo para los que nos mienten a diario, a los que descuartizan al país, a los que queman nuestra bandera nacional y siembran el analfabetismo por doquier…

Un colega y amigo, residente en Madrid, hace pocos días escribió en un boletín una columna sobre la vuelta al cole en las montañas ecuatorianas, narrando la historia del niño Nhoel, de 8 años, que diariamente recorre varios kilómetros montado en su llama Benjamín, llevando al hombro su mochilita escolar y soportando un promedio de temperatura andina de 7 grados. Hoy, en España, esta escena frecuente en la cordillera andina, es impensable entre nosotros, absolutamente desconocida por nuestros hijos y nietos; pero nada extraña para los que nacimos en los años cuarenta.

Siendo niño de 8 y 9 años yo recorría a diario más de siete kilómetros yendo y viniendo a la escuela de Fuentes Nuevas para asistir a las clases de don José Tahoces. Montado en la burra, que ni nombre tenía la pobre, llegado al destino la dejaba atada al árbol más cercano a la escuela y, al mediodía, junto a ella, sentado en unos escalones, comía lo que mi madre me había preparado en la fiambrerita escolar, regresando a casa en la grupa de la burra, no antes de las seis. Entonces, en mi Bierzo natal, no había comedor escolar, ni transporte público para los escolares, pero abundaban el deseo de aprender y las ansias para salir de la pobreza.

Hoy ya no queremos enseñar estas historias a nuestros nietos, historias de vida real en los Andes, aún ahora, y antaño entre nosotros ¿para no traumatizarlos? El trauma lo van a tener muy pronto, si el tinglado que tenemos de país se nos viene a tierra… Ocultar la verdad nunca ha sido una buena respuesta, salvo para mantener anestesiada a la población. Si somos serios, hemos de reconocer que vivimos momentos muy difíciles en España; hemos de reconocer que la natalidad actual no llega ni a la reposición y la pirámide de edad se ha invertido peligrosísimamente y una pirámide de edad no se cambia del día a la noche; hemos de reconocer que muchos jóvenes universitarios tienen que emigrar porque aquí no encuentran trabajo adecuado a sus aspiraciones; hemos de reconocer con vergüenza que el nivel escolar en España se degrada cada curso que pasa y nuestro políticos no responden adecuadamente a nuestras necesidades sociales. Tenemos demasiadas grietas abiertas, no imputables al Rey, sino más bien a los gobernantes mentirosos y corruptos. Abramos los ojos de una vez y dejemos de sestear soñando, o el futuro que nos aguarda va a ser más negro que el carbón arrancado a las minas con el sudor, sangre y vida de nuestros abuelos.

La vida es corta y breve. Se nos va, sin darnos cuenta, en un suspiro. La vida no tiene que ser ni un valle de lágrimas, como aún se nos dice, ni una juerga de botellón verbenero, como a veces se la creen algunos jovenzuelos con poco cerebro y escasa formación. Hay algo básico y que nadie debe desconocer: La vida, desde su origen, es un regalo que exige del receptor, al nacer, espíritu de conquista y de lucha para hacerse responsable del bien recibido gratuitamente. Lo que te regalan, lucha para conquistarlo y hacerlo tuyo, de lo contrario te convertirás en un mendigo, pedigüeño, siempre arrodillado, fracasado por no saber mantenerte como bípedo erecto. Hemos de aprender desde muy niños a sacarnos las castañas del fuego, una vez que nos descolgamos del pecho materno o del biberón de lactancia.

De la cultura griega nos viene la palabra clave definitoria de la vida: agonía, cuyo significado es lucha. No hay supervivencia sin lucha y para luchar y sobrevivir hemos de aprender destrezas, habilidades, conductas precisas; todo lo contrario a pasividad, vagancia o irresponsabilidad. Cuando esta lección, de largo aprendizaje con buenos maestros, no se asimila, la vida gestada y hecha de sabores y esfuerzos agridulces, se apaga como una vela ante el primer soplo traidor.

Tengo la impresión de que aumenta a diario el número de parásitos y de bobos anestesiados, amén de que cada vez se enseña menos en la familia y en la escuela el valor del esfuerzo para merecer y conquistar lo que se nos regala. No se enseña que todo derecho viene hermanado con su correspondiente deber. No confundamos nunca protección con sobreprotección. En León se celebra la festividad de las Cabezadas: aprendamos a usar la cabeza para pensar y no para agacharla sumisamente. Somos bípedos erectos con mirada al frente. Si no despertamos de este sopor, de esta pasividad ciudadana —nunca es tarde para abrir los ojos- podría sorprendernos otra Gloriosa para mandar al destierro a los vagos, ladrones y maleantes, antes de que este país, España, se vaya al carajo.

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