Sin paz no hay paraíso
La intolerancia es tan preocupante que hoy resulta difícil opinar sin herir susceptibilidades, hemos perdido la coraza necesaria para debatir temas incómodos pero urgentes

Cada otoño, las Naciones Unidas nos recuerda que existe un Día Internacional de la Paz y me reconforta que la humanidad intente recordarse a sí misma que la paz es posible, pero al mismo tiempo me duele pensar que hemos reducido la paz a una fecha en el calendario, como si con eso bastara. La paz no debe entenderse únicamente como la ausencia de guerra, sino como un esfuerzo sostenido de construcción de sociedades justas, tolerantes y solidarias, si este día sirve de algo ojalá nos convoque a detenernos y pensar sobre ¿Qué hemos hecho como humanidad con ese ideal que generaciones enteras soñaron? y por el que millones entregaron sus vidas y ¿Cuál visión tenemos de la humanidad futura?
El siglo XXI parecía anunciarse como la era de la razón, de la conciencia ciudadana global, de un mundo interconectado gracias a la ciencia y transformado por la tecnología, todo parecía dispuesto para consolidar los ideales de paz, libertad, justicia y respeto a la dignidad humana, consagrados en la Declaración de los derechos humanos, sin embargo, lo que hoy contemplamos es un retroceso alarmante: La guerra en Ucrania, las heridas siempre abiertas en Israel y Palestina, Dictaduras oprobiosas y la violencia que se extiende por distintas regiones del planeta, esto me genera una pregunta que debería quitarnos el sueño a todos ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? y ¿Qué hacer frente a este panorama? Porque no basta con diagnósticos, ni con la indignación «perfecta» para las noticias, es necesario un plan de acción coherente y sostenido, el mundo necesita altos al fuego reales, corredores humanitarios seguros, diplomacia seria y eficaz que sustituya las armas por la palabra y sanciones a responsables de crímenes. La paz no puede seguir siendo un ideal retórico, debe convertirse en un criterio que sea asumido con propósito y en el que cada quien tenga en cuenta su cuota de responsabilidad: organizaciones multilaterales, gobiernos, sociedad civil, instituciones educativas, líderes comunitarios y las familias.
La intolerancia es tan preocupante que hoy resulta difícil opinar sin herir susceptibilidades, hemos perdido la coraza necesaria para debatir temas incómodos pero urgentes para la armonía mundial y es ahí donde se revela una raíz importante de nuestra crisis: el verdadero fracaso de nuestra época no es económico, es moral, Albert Einstein cuando vio de cerca la devastación de la guerra lo planteó así «El problema del hombre no está en la bomba atómica, sino en su corazón.» Y al parecer no hemos aprendido porque lo que parece imponerse hoy es la lógica de la fuerza y la cultura de la venganza como método para resolver diferencias.
Nadie nace odiando a otro, el odio no cae del cielo, lo enseñan y con la soberbia lo cultivan, multiplican y convierten en política de Estado o estrategia de grupos y organizaciones para sus fines e intereses olvidando que la vida y la paz vale más que cualquier victoria. La consecuencia de estas acciones guiadas por el odio y la intolerancia son la generación de actos indeseables en los que personas de forma individual o colectiva, organizados o por cuenta propia, terminan atentando contra lideres que promueven cambios y visiones transformadoras, tal es el caso de John F. Kennedy en Dallas, Martin Luther King en Memphis, Óscar Arnulfo Romero en San Salvador o los intentos fallidos contra San Juan Pablo II, Ronald Reagan o Jacques Chirac. Cuando una idea se combate con balas, toda la sociedad pierde un grado de libertad, recientemente, hemos sido testigos de hechos igual de perturbadores hacia figuras políticas y sociales que han sido asesinadas en escenarios donde debería imperar el debate democrático, tal es el caso de Miguel Uribe Turbay en Colombia asesinado en medio de un encuentro con simpatizantes o el disparo que silenció a Charlie Kirk mientras debatía en una universidad de Utah. Estos hechos nos muestran hasta qué punto la polarización fanática y el odio incubado convierten las diferencias ideológicas en guerra, ¿Hasta cuándo la bala será el oponente de la palabra? Mijaíl Gorbachov Premio Nobel de la Paz propuso una solución para evitar esto, y no solo es necesario recordarla sino ponerla en práctica «La paz no es unidad en la semejanza, sino unidad en la diversidad, en el contraste y en la comparación.»
Sin embargo, la historia también nos ofrece luces que iluminan y marcan otro camino, ejemplos como el de Martin Luther King en su célebre discurso «Yo tengo un sueño» no clamó venganza contra los supremacistas ni odio contra los racistas, convocó a creer en un futuro donde la justicia superara al odio, de forma similar y en otro lado del mundo Nelson Mandela, tras casi tres décadas en prisión, eligió la reconciliación antes que la revancha e insistió y defendió que «Resentirse es como beber veneno esperando que mate a tus enemigos.»
La historia no nos juzgará por las guerras emprendidas, sino por las que fuimos capaces de evitar y es precisamente sobre esto donde se sostiene la fuerza de la saga de ficción «Misión Imposible» demostrando que salvar al mundo siempre vale la pena y al final de la última película de esta saga hay un mensaje poderoso de Luther a Ethan en el que destaco algunas de sus frases «...Toda esperanza de un futuro mejor surge de crear ese futuro conscientemente, un futuro que refleje el bien que llevamos dentro... ese futuro se construye con cordialidad, confianza y comprensión mutua... avanzará no solo por nuestros seres queridos sino también por aquellos a quienes nunca conoceremos».
¡Sin paz no hay paraíso! tendremos la madurez de reconocerlo antes de que sea demasiado tarde.