El cinismo y los cínicos
Polarizan demasiado, como se dice ahora, entre natura y cultura, cargando las suertes de la bondad sobre una y la maldad sobre la otra

El término cínico tiene diferentes significados que van desde la referencia a la posición filosófica de los griegos que promovía y ensalzaba la vida simple, natural, virtuosa y austera, de los cuales Diógenes fue un miembro destacado con su tonel y, quizás, con su perro (de este último se dice que proviene el nombre de la escuela filosófica en cuestión), hasta, no se sabe por qué vericuetos semánticos, según la RAE, se trataría, entre otras cosas, de: «Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables». No deja de ser curioso que un mismo término pueda emplearse para referirse tanto a la bondad como a la maldad, a la ética o a la sinvergüenza, a lo natural y sencillo o a la conducta vituperable. Un término que encierra sinónimos y antónimos por igual en su mismo seno. No creo necesario poner ejemplos de personajes que rechazan las riquezas y el poder y personajes que hacen ostentación reiterativa del descaro, la falsedad, el menosprecio de las normas morales sin que se les mueva un músculo, ni sentir vergüenza o remordimiento alguno por su proceder. El cínico deshonesto y falso, egocéntrico y narcisista, hábil en detectar la paja en ojo ajeno y negar la viga en el propio, matón en terreno propio y rodeado de los suyos, pero tremendamente cobarde en el ajeno, presume con descaro de su habilidad de trilero para conseguir sus objetivos. El cínico con poder es una máquina, no para, contagia, infecta, somete, engaña a troche y moche. Se engaña incluso a sí mismo haciendo solitarios, solo para practicar y estar en forma…
Ya sé que más de uno pensará que me estoy refiriendo a alguien en concreto (que no digo que no acierten con el sujeto en cuestión), pero mi intención es, sobre todo, la de «filosofar» sobre el concepto del título de este artículo. Porque, aunque parezca que el espíritu del cínico griego ha pasado a mejor vida en la historia de esta civilización decadente, aparecen brotes verdes que pretenden resucitarle, si bien no lo consiguen más que a su manera, como trataré de poner en evidencia con algunos ejemplos. Los más intuitivos ya habrán adivinado que me estoy refiriendo, entre otros, por ejemplo, a «los verdes». Ay, el «verde que te quiero verde» del poeta Federico García Lorca que se llena de naturaleza en la que se esconde, al mismo tiempo, la vida y la muerte. ¿Son los «verdes», filósofos griegos un rato, y al siguiente rato son cínicos de la otra camada, a tiempo parcial o completo? Yo creo que a la mayoría de ellos les sobra pedantería y les falta perspectiva. Polarizan demasiado, como se dice ahora, entre natura y cultura, cargando las suertes de la bondad sobre una y la maldad sobre la otra. Les cuesta matizar, dudar de su verdad no compartida, buscar el justo medio de las cosas. Les cuesta entender que, partiendo de la naturaleza, obviamente, la cultura debe buscar la superación o la sublimación de las «taras», imperfecciones o deficiencias de la primera, siguiendo, eso sí, el principio de la bondad y la moral. Y así nos va en la práctica, entre fuegos insensatos y deforestaciones insensatas. Y qué me dicen de la fauna política y social de nuestro tiempo que lideran los morados, los azules, los rojos o los multicolor con su contenido cínico del bueno y del malo. Llegado a este punto, creo conveniente matizar o aclarar las múltiples variedades del cinismo. De nuevo voy a «jugar» con los aspectos bondadosos de los cínicos griegos, así como con los aspectos engañosos de los cínicos hispanos. Conviene hacerlo para distinguir lo que se propone en la teoría y lo que sucede en la práctica. Es posible que, al final, todos seamos «un poco» cínicos griegos y «un bastante» cínicos del otro concepto. Veamos, por ejemplo, a los llamados «animalistas», defensores a ultranza de los derechos de los animales y de su bienestar. ¿De todos los animales o solo de unos cuantos? El «cínico griego» respondería, con ironía incluida, que sí, de todos, pues el derecho a la vida (incluso a la buena vida) es un derecho universal. El «cínico hispano» (o mundial) respondería que depende, pues no es lo mismo, por ejemplo, el derecho del lobo, del oso o de la gallina que el de las pulgas o el de la avispa asiática (la abeja, ya es otra cosa, sobre todo por lo de la miel…). Eso me lleva a pensar que no es lo mismo humanizar a un animal y contemplar sus derechos «humanizados» que dejar de lado (y por tanto sus derechos «animales») a otro animal que no reúna esas cualidades o condiciones. Total, que tratan de nadar y guardar la ropa. Pongamos algunos ejemplos. Al lobo ni se le toca, oiga; que su natural es ser un depredador a tiempo parcial o pleno, eso no importa, la naturaleza manda (posición del cínico griego), y además «homo homini lupus», el hombre es un lobo para el hombre (posición del cínico de la otra escuela que se identifica, obviamente, con el lobo). ¿Y el pobre cordero? Recibe su merecido por herbívoro y por pertenecer a un rebaño conformista. Otro ejemplo. El perro, símbolo de la fidelidad, puede orinar y defecar donde le plazca y merece gozar plenamente de su naturaleza cánida (posición del cínico griego), pero, oiga por qué le castra usted privándole de una de las mayores alegrías del can cuando le surge la ocasión, y además siguiendo uno de los principios fundamentales de la naturaleza. Hombre, tampoco hay que pasarse… (posición del cínico no griego). Son ejemplos de la diferencia entre lo que se dice y promete y después no se hace, que una cosa es prometer y otra muy distinta, dar trigo, que reza el dicho. Y en eso, los políticos son unos artistas. Me viene a la cabeza una anécdota o un bulo, vaya usted a saber, que ilustra bien esa especie de hipocresía cínica. En este caso, imagínense la escena, un banquete, banquetazo de líderes sindicales de «izquierdas», defensores de los pobres al estilo franciscano, que se están poniendo morados comiendo riquísimos mariscos, pagados, eso sí, por los sufridos contribuyentes. Alguien les recrimina su conducta y les pide una explicación de la misma. Entonces, alguien toma la palabra y responde campanudo: es para que no se los coman los ricos… Como diría un paisano de mi pueblo, con ese «ganao» no hay manera… Por el lado opuesto ocurre otro tanto, también a su manera, todo hay que decirlo. ¿Está el hombre condenado, programado, proclive a ser o convertirse en un cínico irredento dependiendo de las circunstancias y coyunturas? ¿Es capaz el hombre de justificar lo injustificable aduciendo razones, o motivos más bien, que así lo aconsejen? ¿Puede ser el hombre un cínico a lo griego por la mañana, y un cínico según la RAE por la tarde? ¿Ambas cosas a tiempo parcial? ¿Es el político experto en esta materia? Quiero pensar que hay políticos honestos, sinceros, sin torceduras morales, aunque, obviamente, nadie es perfecto. No es que quiera cargar las tintas sobre el Gobierno (o desgobierno) actual, pero es lo que toca en estos momentos. ¿No les parece a ustedes que este desgobierno actualmente en el poder ejerce de cínico, cínico, a tiemplo completo? Y eso al margen de la empanada mental de una Oposición medio acomplejada y a brevas, o rebosando de testosterona a destiempo…