Diario de León

Ricardo Magaz
​Profesor de Fenomenología Criminal de UNED y escritor

Profesor De Fenomenología Criminal De Uned Y Escritor

La criminalidad ya no se combate, se disfraza

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Recientemente, un grupo de comisarios desencantados de Policía Nacional denunció en la prensa, no sin cierta cautela, lo que desde hace años resulta de sobra conocido por todos los profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad: que en España la seguridad pública se ha convertido en una ficción estadística.

Ya no se trata de frenar la criminalidad, sino de maquillarla convenientemente en los balances. El Ministerio del Interior de Marlaska —dos veces reprobado en el Congreso de los Diputados—, no gestiona la realidad, la edulcora. Lo importante no es lo que ocurre en las calles, sino lo que se vende pulido y barnizado en las ruedas de prensa. Miles de mandos de todos los cuerpos se ven obligados a cuadrar números si quieren prosperar. El resultado, por consiguiente, es un ensueño colectivo. De tal forma, se varía sin complejos la catalogación de ilícitos penales: robos convertidos en simples daños, hurtos que derivan en meros extravíos, concursos de delitos donde finalmente solo se graba uno en el sistema informático, agresiones rebajadas de nivel… y astucias marrulleras de porte similar. Paradójicamente, los «indicadores» oficiales celebran el «descenso» de la criminalidad mientras muchos barrios acumulan ocupaciones, agresiones o tráfico de drogas, entre otros abusos castigados en el Código Penal. En esta lógica burocrática, el mérito policial ha sido sustituido por la habilidad para disimular. El que logra que su demarcación parezca un distrito tranquilo tiene medio ascenso ganado. Muchas carreras, no todas, se construyen sobre pleitesías. Una gran parte de las condecoraciones pensionadas en los niveles altos de las jerarquías se reparten por mansedumbre o blanqueamiento. Son «las medallas del silencio». Quien sirve a Marlaska escala. Ahí tenemos un caso paradigmático, por citar solo alguno de cualquier Cuerpo, no importa el color del uniforme: el del antiguo jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, aquel que declaró en rueda de prensa que «trabajaba para minimizar las críticas al Gobierno». Poco después fue ascendido, sin rubor, a general de división. Es indudable que el ministro reprobado y su corte específica de comisarios y generales de moqueta han elevado el trampantojo a categoría de método. ¿Cómo lograr que las infracciones desciendan pese a los datos adversos? Sencillo. Ya lo escribí en esta misma tribuna hace una temporada:

verbi gratia, se iguala el valor estadístico de un pequeño robo o hurto de cartera con el de un asesinato o una violación. Como el millón de robos y hurtos que se producen anualmente se pueden aminorar unas pocas décimas o modificar de tipificación sin reparos, el cómputo global «mejora» a la carta. Un timo presentado como éxito; una estafa a la inteligencia colectiva y a la confianza pública. Pero la realidad es obstinada. Si recurrimos al último balance nacional semestral de 2025, redactado por la propia Secretaría de Estado de Seguridad, veremos que, pese al retoque blanqueador en los despachos, los homicidios dolosos y asesinatos en grado de tentativa han subido un 11,6%, los secuestros un 8,2%, las agresiones sexuales con penetración un 7%, el narcotráfico un 4,9%, los ciberdelitos nada menos que un 25%... y así una larga lista de transgresiones penales que demuestran la brecha entre el discurso y la realidad. Con todo, el problema trasciende lo policial. Refleja una forma de gobernanza basada en el fraude. No se busca resolver los problemas de criminalidad, sino disfrazarlos. Las cifras se ajustan a las necesidades para sostener el relato. El contribuyente, mientras tanto, vive en la disonancia: se le asegura que la delincuencia baja, pero… soporta lo contrario en su vida diaria. La seguridad no se construye con fórmulas cocinadas

ad hoc en una hoja de cálculo excel ni con discursos triunfalistas donde en cada acto oficial y en cada festividad corporativa el delegado del Gobierno de turno, en una especie de envite con el delegado de la autonomía vecina, suelta eso tan manido y ridículo que oímos a menudo con sonrojo de «esta comunidad es la más segura del país». Fingir que el delito desaparece no lo hace menos real. Solo lo vuelve invisible en un papel aritmético que lo aguanta todo. Cuando a un país se le da el engaño sobre la verdad, el Gobierno deja de proteger a sus ciudadanos para protegerse a sí mismo. Mentir sobre el crimen también es crimen.

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