Diario de León

Matías González

Sociólogo

Hispanícolas

Y cinco millones de españoles aplauden esta estrategia liberticida y siguen intoxicando con la propaganda infame de sus televisiones subsidiadas

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Cavernícolas, así llaman los que hurgan el pasado, a los que residieron en cuevas hace miles de años huyendo del acoso de los dientes de sable. El vocablo, más que expresivo, nos lleva a la mente la imagen de los Picapiedra o de los pintores de Altamira. Yo me atrevo a llamar por analogía a los naturales de España, de esa guisa. Y es que nunca pude imaginar que llegarían a resultarme tan insufribles mis socios de sociedad. Esta raza, etnia, o lo que sea, con la que comparto mis genes, mi lengua y mi residencia se me ha hecho tan odiosa que vivir aquí me produce más que urticaria. La sola idea de cruzarme por la calle, mezclarme en el bar, y peor aún convivir con individuos e individuas que apoyan en las urnas y defienden a dentelladas a los que hoy día nos rigen y gobiernan me entra más que yuyu. Conversar, saludar siquiera a alguien que sospecho o constato que simpatiza con la PSOA (Partido Socialista Obrero Antiespañol) del Doctor Fraude y la piara morada de Fray Veneno o Lady Gucci me hace vomitar.

Son los zombis vivientes de esa partida maldita que creíamos extinguida, la del pechero intoxicado por la clerecía absolutista que gritaban «vivan las caenas» ante la carroza del monarca más indigno que ha habido en la historia del planeta o el «muerte al patrón» que pregonaban los pistoleros de la anarquía en la República del Frente Popular. Esa España profunda, más bien subterránea, de ultratumba, que creíamos superada tras cuarenta años de educación secundaria obligatoria, pública, universal y gratuita. No fue así, solo hibernaban; después de cuarenta años de dictadura fachiclerical, y de cinco de concordia transicional, se truncará una vez más por la golfería criminal de su cabeza coronada y la mazurca colegiada de la oligarquía memócrata que le corea los desmanes. Para rugir de nuevo con afanes de venganza. No habían digerido su implacable fracaso, como habíamos presumido, solo estaban rumiando la ocasión de coger el tizón de la gresca de nuevo. Nunca fueron capaces de aceptar que el golpe de los generales fue la consecuencia de sus incompetencias en el Gobierno del Frente Popular. Y que la guerra solo llegó por repartir los fusiles de los cuarteles a los piquetes de la UGT. Ahora están aquí otra vez envalentonados por la mayoría aunque exigua de sus votos, resueltos a aniquilar el estado de derecho, si la ocasión se presenta, para implantar una democracia tutelada por un aparato autoritario que se autodefine socialcomunista. Y cinco millones de españoles aplauden esta estrategia liberticida y siguen intoxicando con la propaganda infame de sus televisiones subsidiadas, mientras el arruinamiento colectivo avanza implacable en el subsuelo de la economía.

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