Odón, padre e hijo en el recuerdo, y un lamento
No fue profeta en su tierra, no le supimos captar, pero lo fue en Soria, donde fundó, en 1983 el Otoño Musical Soriano

Haciendo un seguimiento emocional, más allá del tinte costumbrista, que también, de la concentración de pendones leoneses a la vera de San Marcos, de la que di cuenta en mi anterior comparecencia, creo que a todos los leoneses se nos subió el ánimo a lo más alto de las varas con los ondeantes paños multicolores, concejiles y definitorios, y quise entender que teníamos las mejores «varas de medir»: sentimientos populares leoneses.
Si la constitución autonómica hubiera sido cuestión de varas, altas y bien portadas, al autogobierno leonés nunca lo hubieran causado ni sombra aquéllos que se mueven a otro nivel, el de suelo, demasiadas veces arrastrado, metidos en eso que se llama política. Donde, a la sombra de lo propio, se dejan conducir a defender lo extraño. Ésos son los que dicen ser «los nuestros». Ahí no hay «pares», hay «ganapanes». ¡Qué vamos a esperar en positivo de ellos en cuanto a sentimiento! Así, algo más que coyunturalmente prestemos atención hoy a los dos personajes, citados en el título, padre e hijo, llevando el mismo nombre, Odón, y reafirmándose uno y otro en la pasión por la música, interpretar, dirigir y componer, poniendo el ojo de manera prudente, sobre recuerdos que son ilusiones, más otros que son interpretación personal mía, y denuncia. «Maestro», se le llamaba con afabilidad a Odón Alonso González, quien se movía por Legio allá cuando vivíamos la dictadura franquista. Nunca, lo confieso, me paré a considerar su motivación política, entonces todas las instituciones y asociaciones culturales por las que él se movía estaban impregnadas de tal ambiente doctrinal. Odón Alonso Ordás, al que en principio señalábamos como «Odón hijo», por lo menos hasta que los despuntes empezaron a ser descuellos, y andando el tiempo, los estudios, su buen hacer y las pertinentes preparaciones, le llevaran a la internacionalidad en tan bello quehacer. Añadir el segundo apellido era la solución más satisfactoria para todos. La música, de modo especial la clásica, cuando más me ha llevado a tomar un cierto cariz de diletante, pero, para entendernos bien, de segunda división, lo reconozco. Allá cuando estudiaba el bachillerato en los Agustinos, recuerdo que hubo un curso, puede que el primero, entonces eran siete, nos hacían estudiar solfeo, y no se me daba mal lo memorístico, lo interpretativo era otra cosa. Lo que no pasa de ser, ni lo dudo, escaso bagaje. En torno a mi lugar de residencia, Santa Nonia, tenía amigos que hicieron sendas carreras en esta disciplina. Y de alguno de ellos conservo en la memoria su afán laudatorio del «Maestro». Han sido unos prolegómenos, puede que innecesarios, antes intentar situar al lector en la iglesia de San Marcos, en Legio, hablo del año 1977, ya había muerto el dictador, los tic franquistas, ¡no! Los pendones existían, ya lo creo, pero en el arca concejil, o a veces en la eclesial y también las varas. En junio de tal año, estábamos en fiestas, las de San Juan y San Pedro, y en el miércoles día 29. Para tal momento la que se hacía llamar Corporación Municipal, más las Comisiones de Fiestas, Cultura y Turismo, que así rezaban con reminiscencias del régimen, pergeñaron un gran homenaje musical al Maestro, Odón Alonso González. Eran las 11 de la noche cuando lo programado,
El Mesías (oratorio) de Haëndel, iba a ser interpretado por la Orquesta de Cámara de León, la participación de componentes del Coro de Radio Televisión Española, todos dirigidos, ahí es nada, por Odón Alonso Ordás. Fue donde le conocí relativamente de cerca, en su principal faceta. Y de tal momento, lo escuchado en el templo, aunque desde un asiento duro de madera, y va sin ironía, me dejó huella musical indeleble. Luego, dentro el ritmo de lo leonés, vendría lo del Himno a León, que el padre, con Pinto Maestro, habían elaborado, y Odón hijo, digamos que, en su momento, lo versionó con valores nuevos interpretativos, musicalmente hablando; otra cosa es para encuentros populares, hacerlo «a capela». Después, como leonés siempre comprometido con lo nuestro, hice un seguimiento del afamado «paisano», con pose de director y buenas maneras, que se iría conformando también como compositor… que por cierto, me atrevería decir que nunca fue profeta en su tierra. Es más, ¡creo que no se lo permitieron! Todo esto surgió cuando estaba entrando en el
leitmotiv, tema pendones San Froilán 2025, como señalé, teniendo en frente el Auditorio de León, y la estatua del «Maestro» con su marcado gesto cervical de violinista, con el que Muñiz Alique lo reflejó, me dio por pensar que el Auditorio debió llevar el nombre de Odón Alonso; dejémoslo así sin especificar el segundo apellido, para aportar que Odón, hijo, fue ninguneado de modo especial al no contar con él para la obra del que la Junta «nos hizo», esto es: ¡Lo «interpretaron» como les vino en gana! Había que silenciar al leonesismo, a los leoneses, sí; por ello daban algo con cicatería, sin pasarse; no fuéramos a crecernos… No fue profeta en su tierra, no le supimos captar, pero lo fue en Soria, donde fundó, en 1983 el Otoño Musical Soriano. Allí se han vanagloriado de dar su nombre de Auditorio Principal Odón Alonso. El hecho de que dejara dicho, que en Soria quería ser enterrado, ya debió de hacernos pensar, en su momento, que el halago, la buena acogida y el respeto de los sorianos, primaron más que, a secas, el paisanaje, como leonés de nacencia. Es evidente, algo no hicimos bien con él. ¡Y no se puede paliar con recuerdos!