Sólo nosotros podemos salvar Las Médulas
Apenas aventadas las cenizas de la región leonesa vuelta en llamas y a la vista del antológico artículo (entre otros referidos a la misma catástrofe) Ruina montium, de Pedro G. Trapiello (DL, 8-9-25), me vienen a las mientes algunas otras consideraciones acerca del paraje de Las Médulas, proclamado por la ONU Patrimonio de la Humanidad, y que en 1998 el ilustre filólogo y académico leonés Valentín García Yebra calificaba como «bellísimo y estremecedor monumento», no sin advertir que no se trata de un paisaje natural (el de Las Médulas), sino de un paisaje producido por la que Virgilio denominó «auri sacara fames», o sea la execrable «hambre del oro».
Las Médulas, a lo largo de su milenaria existencia, han estado amenazadas (en cuanto a la fisonomía anterior al siniestro forestal y familiar a todo el mundo), principalmente durante los últimos decenios. Antonio Astorga, por ejemplo, señalaba en un artículo en ABC el 6-1-1998: «Los científicos convierten Las Médulas, la mayor mina de oro del Imperio romano, en parque arqueológico. Evitar deterioros y duplicar el número de visitantes, grandes objetivos del proyecto». Dicho esto más de un siglo después de la descripción que de allí hacia Enrique Gil y Carrasco en su esclarecedor Bosquejo de un viaje a una provincia del interior (1843) donde el romántico escritor berciano se aventuraba tempranamente en la ponderación histórica y cultural de aquellos pagos silvestres: «...La tierra parece de bermellón puro, según lo encendido del color y todas las señales son de un criadero abundantísimo (sic) de oro»). Y en ese contexto y al aludir a la riqueza de nuestro acervo monumental, en el más amplio sentido es cuando nos previene «de los yerros de escritores extraños, siempre que para castigo de nuestros pecados nos toman por su cuenta. Esta es su excusa, pero ¿cuál será la nuestra cuando con tanta incuria y abandono tratamos los legados de nuestra historia y las tradiciones de nuestros padres?», concluye el conspicuo villafranquino. Porque la alerta de ayer sigue valiendo para hoy mismo, digo yo. Revilla: no saber lo que heredamos. Con Las Médulas diríamos que a cara descubierta, habrá que esperar al año de 1906 para entrever una reivindicación en toda regla de la importancia universal de tan —antaño— aurífera montaña. Lo podemos encontrar en aquel libro más bien arbitrista e ilusorio obra del ingeniero José Revilla bajo el título
Riqueza minera de la Provincia de León. Su descripción industrial y estudio de soluciones para explotarla. Páginas en las que el bueno de Revilla venía a sugerir la conveniencia de volver a explotar el oro —pero ya con técnicas mineras a la altura del siglo XX— a lo largo y ancho de todas esas «risueñas montañas del Bierzo», como las piropea Gil y Carrasco. Si bien con una mínima incidencia en la pública opinión, vuelve a ponerse sobre la mesa la relevancia de Las Médulas en la primavera de 1970, cuando se celebra en León —organizado por la Diputación Provincial, que presidía entonces, y no por casualidad, Antonio del Valle Menéndez— un Coloquio Internacional de Historia de la Minería. Varios de sus ponentes, y en particular el francés Claude Domergue, fijaron también su atención en aquel multicentenario potosí aurífero, auténtico El Dorado en la geografía astúrica. J. Vélez, un leonés adelantado. Pero por encima de cualquier otro motivo lo que persigue el presente escrito es el reconocimiento y el recuerdo del más completo trabajo en torno al fenómeno de Las Médulas editado en 1972. Sus autores al alimón, el soriano Clemente Sáenz Ridruejo —catedrático de Geología en la ETS de Ingenieros de Caminos de Madrid— y de su aventajado alumno, por más señas leonés José Vélez González, vástago de los Vélez de siempre con farmacia antiguamente establecida en la calle Ordoño II. El estudio, avalado por el CSIC, mereció un premio de la Institución Fray Bernardino de Sahagún (actual Instituto Leonés de Cultura) y despertó el interés de la prensa, hasta el punto de que el diario
ABC de Madrid (8-VI-1972) titulaba una entrevista con ambos investigadores en estos términos: «Las Médulas y sus alrededores, ¿nuestro Eldorado perdido?». Y el ingeniero y geólogo Sáenz Ridruejo informaba al gran público, en medio de un cúmulo de de datos, estadísticas y contrastaciones, lo que sigue: «Hemos efectuado una cuidadosa cubicación de las Médulas y otras explotaciones astur-leonesas. Sin aventurarnos mucho, calculamos que sólo en excavaciones en rañas los antiguos removieron cerca de mil millones de metros cúbicos. Toda esa tierra daría para levantar cuatrocientas pirámides como la de Keops o para cegar mil campos de fútbol iguales que el Bernabeu». Queda, pues, refrendado el valor inherente a Las Médulas, que tanto la naturaleza como la intervención del hombre —o, mejor dicho, de una mano de obra esclavizada— hicieron caer en la parte del planeta que corresponde a los leoneses. Quienes quedamos avisados de la amenaza permanente que se cierne sobre ellas; ahora de incendios y mañana Dios dirá. Porque con cuánta razón opinaba Gil y Carrasco. Y hoy me permitiría yo decir que con la misma razón que mueve al periodista y estudioso de nuestros paisajes Andrés Rubio a sacar a la luz su libro
España fea (Ed. Debate, 2024), magistral radiografía de la falta de respeto de muchos españoles para con las maravillas naturales que el Creador puso, hace millones de años, delante de nuestro ojos.