Diario de León

Juan Pedro Aparicio

Escritor

La autonomía más antigua del mundo (y quizá del universo)

No está al alcance de cualquiera convertir la mayor chapuza política de la Transición en una reliquia medieval

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No hay presidente de nuestra autonomía —esa criatura política de laboratorio llamada Castilla y León— que no aspire a convencernos de que es algo natural, casi inevitable, como si hubiera surgido espontáneamente de la tierra, al modo de una trufa administrativa. Desde Demetrio Madrid hasta el actual Mañueco, todos han sentido la tentación de contemplar este engendro y pensar: «Esto no lo inventó nadie, esto venía ya de serie».

Tanta fe merece recompensa. Por eso se han mostrado más que dispuestos a celebrar no cuarenta años de autonomía, sino ochocientos. Y conmemorar nada menos que el año 1230, fecha en la que, según ellos, León y Castilla decidieron unirse en santo matrimonio. ¡Qué hermosa continuidad! Somos, dicen, la autonomía más grande de Europa… y la más antigua. Más extensa que Portugal y más longeva que el mismo Reino Unido. No tenemos trenes, pero tenemos siglos. No se puede negar que el gobierno radicado en Valladolid tiene ambición. No está al alcance de cualquiera convertir la mayor chapuza política de la Transición en una reliquia medieval. A falta de industria, fabricamos antigüedad. Aunque no tengamos futuro, que nadie diga que nos falta pasado. La propaganda autonómica suena a epopeya: «Ochocientos años de unidad». Habrá que añadir: «y de desconcierto». Porque en esta autonomía tan vasta caben todos los acentos, pero no todas las almas. Los castellanos, satisfechos; los leoneses, desolados. La unión perfecta: uno pone el nombre y el otro la herida. Y ahora, un señor de Soria, elevado, sus méritos tendrá, a secretario general del PSOE autonómico, confirma con su ejemplo que seguimos mezclando churras y merinas. Sorianos, burgaleses, pucelanos… todos felices bajo un mismo paraguas institucional, aunque algunos echen de menos ser cántabros o riojanos. A estas alturas, un soriano convencido de su castellanoleonesidad es casi una rareza zoológica, así que solo podemos decirle que con su pan se lo coma. Claro que, en cuestión de antigüedad, siempre habrá quien nos gane. Los vascos, por ejemplo, que, según dicen ellos, no tienen fecha de fundación. Son eternos, como Genarín, aquel santo profano de León del que escribió el gran Pérez Herrero: «Antes que Dios fuera Dios/ y los peñascos peñascos,/ ya los profetas hablaban/ de Genarín y sus milagros.» El presidente de CYL no es tan ambicioso. Solo pretende fijar el nacimiento de esta autonomía en 1230, año de gracia y de confusión. Pero conviene recordarle que entonces el Reino de León no se reducía a tres provincias: incluía Galicia, Asturias y la llamada Extremadura Leonesa (que no es un error tipográfico, sino una realidad histórica). Por tanto, si de verdad queremos celebrar aquella unión, habrá que invitar también a gallegos, asturianos, extremeños, cántabros y riojanos. No será fácil: los primeros dos no suelen venir, y los segundos se fueron hace tiempo con una copa de vino en la mano y una amplia sonrisa en la boca. La historia es tozuda. En 1230 el rey Alfonso IX, último monarca de León, no tenía ninguna intención de fundirse con Castilla. Lo dejó escrito en testamento: sus hijas, Sancha y Dulce, serían las únicas herederas del reino. Pero presionadas por el partido eclesiástico y los magnates, las pobres acabaron cediendo el trono a su hermanastro, Fernando III, rey de Castilla y futuro santo. Así se selló la unión: sin entusiasmo y con coacción. Alfonso IX, tres veces excomulgado, había preferido ocuparse del bienestar de su pueblo antes que de las órdenes del Papa. Su hijo, más obediente, dedicó su vida a la cruzada. Resultado: uno fue olvidado y el otro canonizado. La moral del cuento sigue vigente: el que gobierna con criterio humano acaba mal; el que gobierna con incienso, prospera. De modo que esa unión fue tan forzada como la autonomía que sufrimos: ambas nacieron de la imposición, ambas ignoraron a León y ambas se justificaron con retórica celestial. Puede uno imaginar, en la sede vallisoletana, la preparación del gran aniversario de 2030. Habrá pendones, gaiteros, congresos, una recreación histórica en la que Fernando III y Alfonso IX se abrazarán por decreto. Si se logra una subvención europea, tal vez hasta se fabrique una máquina del tiempo para traer a las verdaderas protagonistas: doña Sancha y doña Dulce. Así podrían posar con el presidente de turno, del PP seguro, bajo el lema «Ochocientos años de unión», sonriendo con la misma resignación con que firmaron su renuncia. Sería un gesto hermoso. Podrían incluir también a los obispos y magnates que presionaron a las hijas del rey, para completar la foto de familia. Y, ya puestos, invitar al propio Alfonso IX, el mismo que firmó los Decreta de León, primer texto parlamentario de Europa. Estoy seguro de que, al verse incluido en el cartel institucional, movería la cabeza con esa mezcla de ironía y tristeza que los leoneses dominan: «¿Así que esto es lo que quedó de mi reino?», diría. Lo más paradójico es que la Junta reivindique una unión que nunca fue voluntaria mientras ignora que el reino leonés fue pionero en libertades civiles. El mismo gobierno que pretende celebrar ochocientos años de unidad se muestra incapaz de mantener abiertos los consultorios rurales. Pero no importa: a fin de cuentas, la historia en Castilla y León funciona como la fe: no se entiende, pero se cree. Y a fuerza de repetir que llevamos ochocientos años juntos, alguno acabará pensándolo en serio. Lo cual hace de este asunto algo de lo más religioso. Así que, cuando llegue el 2030 y suenen los himnos, brindemos. Somos, al fin y al cabo, la autonomía más extensa, más longeva y probablemente más absurda de Europa. Una maravilla de la ingeniería política, un fósil administrativo de primera categoría. Y mientras nuestros pueblos se vacían y las escuelas cierran, seguiremos celebrando con orgullo institucional ochocientos años de unidad. O, para decirlo con un lema que podría hacer fortuna en los pasillos de la Junta vallisoletana: «Castilla y León: ochocientos años juntos… y cada vez más separados».

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