Diario de León

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Solemos ensalzar con entusiasmo a la naturaleza como prototipo de sabiduría, equilibrio y sensatez (la belleza, el arte, la verdad etc., cuanto más se aproximan o copian a la naturaleza, más se acercan a lo ideal). No digo que no sea cierto, pero en contrapartida la naturaleza tiene fallos, desviaciones evidentes de lo esperado, incluso chapuzas que llaman la atención, y uno duda de la «perfección» de la misma. A ver si nada ni nadie es perfecto, incluida la propia naturaleza.

El hombre, producto, hijo, o engendro de la naturaleza no puede por menos que considerarla como una madre sabia, poderosa, amorosa, pero también implacable, exigente, incluso vengativa, con cambios de humor que se traducen en inundaciones o sequías mortíferas, seísmos, tsunamis, erupciones volcánicas devastadoras etc. (hago una referencia obligada al concepto de «pecho bueno y pecho malo maternos» de la psicoanalista Melanie Klein). Así, el amor y el temor, incluso el odio hacia ella, se entremezclan y confunden, y cuando no se superan se establece un estado permanente de inestabilidad y sufrimiento emocional. Pero dejando a un lado esas «patologías» concretas (no porque no sean muy importantes, sino porque no son objeto de estudio en este artículo), analicemos lo rutinario, aquello que sucede habitualmente sin estridencias. Me sigo refiriendo al acceso y desarrollo de la vida del hombre. Aunque todo parece premeditado, ordenado en la naturaleza, programado con la fiabilidad de un reloj suizo, ocurre que el azar (es decir aquello que ocurre de forma no controlada, imprevista, fortuita, impredecible) tiene mucho poder de gestión y desarrollo, y coloca a la naturaleza en una situación incómoda, incluso inerme. Resulta que el azar, esa fuerza invisible le puede jugar malas partidas a la naturaleza. Pongamos algunos ejemplos. Conocerán o habrán oído hablar de las llamadas «enfermedades raras» (manifestación evidente, en muchos casos de ellas, de fallos de programación de la naturaleza), cuya frecuencia está alcanzando tales proporciones que al paso que vamos lo raro será no padecer alguna de ellas, convirtiéndose lo raro en lo «normal». Se calcula que se han detectado alrededor de siete u ocho mil enfermedades denominadas raras (calificativo empleado, dada la escasa prevalencia en los humanos), de las cuales al menos la mitad de ellas no tiene tratamiento alguno, siendo las de origen genético las más debilitantes e incluso mortales. Bueno, y de las numerosísimas enfermedades habituales, no raras, ni les cuento.

Uno se pregunta: ¿Qué tipo de naturaleza tenemos, supuestamente tan sabia y protectora que, a la hora de programar la vida, permite que en el baile genético inicial y fundamental se puedan desmadrar los cromosomas, los genes, las proteínas etc., dando origen a enfermedades, deformaciones, incluso monstruos al modo de «los caprichos» de Goya? En los humanos, además, se incluyen desviaciones palmarias referentes a lo considerado «natural», dado que el deseo humano tiene potencia generadora diversa y diferente a lo ofrecido por la naturaleza. Si, como dejó plasmado el famoso pintor, el sueño de la razón produce monstruos, el empuje (sueño o pesadilla) del deseo humano no le anda a la zaga. Y es que el hombre ha mantenido siempre un conflicto con la propia naturaleza a la que trata de domeñar, aunque, todo hay que decirlo, con gran ambivalencia pues pretende conservar lo bueno de ella por una parte y superar las cargas o pagar el tributo exigido por la misma. En esa guerra permanente, el hombre tiene batallas ganadas y otras perdidas como es sabido. Ahora anda, más que nunca, empeñado en desactivar, o por lo menos enlentecer mucho la fecha de caducidad impuesta por la naturaleza (lo que denominamos la cita con la extinción, es decir la muerte), aunque su objetivo final es posponerla sine die. Se mantiene, pues, en una dinámica «contra natura, pero cum natura», por el momento. El hombre se ha empeñado en superar lo natural con lo artificial y ahí estamos, con el desarrollo de las inteligencias de uno y otro signo. Veremos, no tardando, el resultado, si bien espero que la IA solucione el problema.

Por otra parte, la naturaleza ha creado tantos hijos, seres tan diversos que habitan y a menudo se disputan la vida en una lucha sin miramientos, sin cuartel. Podrán hacerlo «limpiamente», aquí te cojo y aquí te mato y luego te como, o ensañándose metiendo una puñalada trapera. Y eso a la naturaleza le parece lo más normal del mundo, le trae al pairo quien salga ganador o perdedor en el asunto (es más, le trae al pairo si una especie desaparece). Allá se encargue cada uno en apechar con el problema. Ahí, el hombre actual se ha propuesto (a veces con la boca pequeña) corregir, al menos en parte, el modus operandi de la cuestión. Ha decidido (no siempre, y menos cuando se trata de destruirse entre sí) «ser civilizado» y anestesiar antes de matar. Es un avance cultural, sin duda.

En otro orden de cosas, la cuestión del sexo, impuesta en principio por la naturaleza, ha creado muchos problemas a los humanos (del resto de los seres vivientes no lo sabemos con certeza). Diferenciar a los seres de una misma especie en hembras y machos ha creado, ya digo, numerosos problemas, al margen de sus beneficios. La cultura, sobre todo la machista, se ha aprovechado principalmente de mantener y reforzar los privilegios que le otorgaba su sexo. En los tiempos que corren, la protesta contra esa decisión de la naturaleza es más que llamativa. El hombre ha decidido por ley que cada ser humano es libre de determinar su sexo (no digo el ejercicio de su sexualidad, que eso es un asunto viejo y para lo cual la naturaleza ha dejado hacer con mayor o menor complacencia) y que eso de los cromosomas, los genitales, las hormonas etc. son planteamientos demodés y sin un sentido progresista que le falta a una naturaleza conservadora y carca; una manía viejuna empeñada en la procreación repetitiva más o menos compulsiva y sin un sentido de trascendencia. Es el desmantelamiento de los criterios elegidos para la supervivencia de la especie. Eso al humano le trae al pairo. Ha decidido que el deseo mande, vaya éste a favor o en contra de lo señalado por la naturaleza.

Ignoro si la naturaleza se quedará cruzada de brazos o si emprenderá acciones al respecto. Por otra parte, en ese «conflicto» no me queda claro si el deseo humano (sano o pervertido, esa es otra) es un producto exclusivo de la cultura, superando o «toreando» a la natura con un apaño o una chapuza, o si existe un trasfondo dispuesto así por la propia naturaleza, es decir que ésta no solo se lo permite, sino que se lo facilita, que es connivente. Ya sabemos, por otra parte, que la naturaleza tiene un marcado planteamiento por los pares, la pareja, la ligazón dual. De tal manera que formar una pareja sería un objetivo «natural», no solo con fines creativos, obviamente. Así, pues, en estos casos el deseo «cultural» estaría en sintonía con lo natural. A partir de ahí, ustedes mismos pueden imaginar las diferentes formas de las ligazones, incluidas las llevadas a cabo con otros seres de la naturaleza; y todo deberá ser, por supuesto, legalizado y bendecido, incluso las que sean contra natura…

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