Templum Libri y Antonio Ovalle

Me temo que a más de un lector le extrañará que, con motivo del Día Internacional del Menor (20 de noviembre), le dedique mi reflexión a poner en valor un templo y un hombre, ambos bercianos y ambos desconocidos para miles de niños y niñas que no leen los periódicos y, lo que es más triste, también desconocidos para un amplio núcleo poblacional, que sí deberían leer más los periódicos y… algún que otro libro.
En pocas palabras diré que Antonio es un amigo, con más de setenta años, que en su juventud ejerció apasionadamente la preciosa profesión del magisterio y pronto cursó otros estudios superiores que le valieron para desempeñarse como «persona» en el complejo mundo empresarial. He puesto entre comillas angulares el sustantivo persona, que define su bonhomía, sencillez y cercanía humana, dotándole de autoridad y haciéndole acreedor del respeto de los de aquí y de los de más allá; pero, en contraposición, observo y me incomoda el aumento, cada vez mayor, de personajes y personajillos engreídos, con inflados curricula, si bien, faltos de sustancia y peso personal. Hoy nos faltan varones y mujeres con la cabeza bien amueblada, dispuestos a plantar cara a tanto bobo/boba de burdel, a tanto adulto infantilizado o anclado en una adolescencia vacía, sin la más elemental capacidad crítica y a diario alimentados por el «panem et circenses» televisivo; esos numerosos analfabetos que se vanaglorian de escribir «ekipo» con k y otras lindezas cuando whatsapean, como signo de modernidad, se creen muy modernos, y queriendo ocultar su ignorancia, lo que consiguen es subrayarla, amén de empobrecer y degradar la lengua y la cultura de todo el país. Tal subespecie humanoide, encaramada en puestos de cierta responsabilidad social, está plagada de analfabetos funcionales que hunden en la miseria tanto a nuestros niños y jóvenes, como a la masa social de adultos y de personas mayores, que aprendieron o quieren aprender a leer y escribir correctamente con esfuerzo y mucho amor propio. En esta sociedad un tanto desencantada y bastante desnortada, por ahora, no nos falta el mendruguito de pan, ni las castañas por San Martín, ni el turrón por Navidad, ni los huevos para la tortilla española, a pesar de la gripe aviar. Pero no veo que salte la alarma social ante esa peste generalizada de la ignorancia, verdadera pobreza que acaba convirtiendo a la población infantil y juvenil en rebaño ovejuno, que, en lugar de leer y comunicarse socialmente, pasan el tiempo libre y sus horas de ocio mirando el móvil, ensimismados hasta cuando cruzan los pasos cebra, mirando al suelo, acaso para no sentir la vergüenza de su falta de comprensión lectora, ni de su desconocimiento de la ortografía. La comprensión lectora y la ortografía son tan esenciales para un buen lenguaje y una excelente comunicación, como lo son las normas de tráfico para evitar accidentes y muertes en la carretera. La incultura se inicia perdiendo el respeto a las normas gráficas y orto-gráficas, luego se pierde el respeto a los maestros, a las madres y a los padres, a los profesionales que cuidan de nuestra salud, de nuestra seguridad y de nuestras vidas. Las faltas de respeto en cualquier orden son el signo de la aberración y de la degradación. ¿Quieren una prueba? Una sociedad culta y educada es una sociedad que cuida su lenguaje (eu-lalia); por el contrario, un colectivo inculto y zafio acaba destruyendo lo más esencial del ser humano, el respeto y el cariño; de su boca y de sus labios no salen sonrisas ni besos, sino insultos y excrecencias fecales (copro-lalia). Pues, volviendo al principio, hoy, pensando en los niños, quiero poner en pantalla panorámica el valor, la valentía y la generosidad de Antonio Ovalle que, con vocación de auténtico maestro y mecenas, ha colocado en el mapa mundial de la cultura al Bierzo y al vetusto castillo ponferradino de los Templarios, convirtiéndolo en el primer Templum libri: un templo civil donde se da culto, cobijo y valor al libro, con ejemplares y facsímiles envidiados por bibliófilos de primera categoría mundial. Si, además, los visitantes tienen la fortuna de que sea el propio Antonio quien guíe y explique la historia de los ejemplares e incunables existentes y el trabajo que allí se lleva a cabo, puedo asegurarles que admirarán la sabiduría y la autoridad magisterial de este bibliófilo (amigo de los libros) berciano, merecedor de nuestro aprecio y del mayor respeto. Su sencillez y calidad humana fue magníficamente exaltada en el pequeño pueblo de Santa Marina del Sil, el pasado 9 de noviembre, al nombrarle Castañero Mayor del Bierzo 2025. Él nos premió, al pueblo y a cuantos le acompañamos en el homenaje, trayendo del
Templum libri varios ejemplares de libros antiguos, luego citados en la magnífica exaltación que hizo sobre el castaño y su preciado fruto la castaña berciana. Tras la disertación del homenajeado y durante el banquete, pude escuchar comentarios muy elogiosos, todos echando en falta que hombres de tal valía, generosidad y cultura tengan entre nosotros menos altavoz que muchos botarates incapaces de escribir correctamente unas líneas con sentido y sin faltas de ortografía. No sería mal homenaje a este mecenas berciano, que en el Día Internacional de los Derechos de los Niños, (20 de noviembre), al menos en Ponferrada/Villafranca se le propusiera como Gran Maestro, Protector de la cultura y de los libros. En pleno siglo XXI el mejor regalo que se puede hacer a los niños y niñas del mundo es enseñarles a leer y a usar frecuentemente menos pantallas digitales y más libros, pues éstos siempre serán las mejores armas e instrumentos para que los seres humanos crezcan sanos y lleguen a ser autónomos, solidarios, alegres y libres. Yo lo propongo. ¿Alguien coge el reto?