Episodios leoneses del emérito que no figuran en sus memorias

Ahora que las memorias del rey emérito Juan Carlos I están en boca de todos, aunque casi nadie las haya leído, puede ser pertinente recordar algunas anécdotas ocurridas durante sus visitas a León y que, a buen seguro, no aparecerán en su libro de reconciliación. Vaya por delante que todo lo narrado fue presenciado en primera persona por quien esto escribe, por lo que los errores o equívocos se deberán únicamente a mi mala memoria, en un texto que no pretende ser vano exhibicionismo personal, sino, en todo caso, constatación de los muchos años que ejercí el periodismo radiofónico en esta ciudad de León, consiguiendo exclusivas como las narradas a continuación.
Mi primer encuentro con el entonces príncipe de España, Juan Carlos, fue en abril de 1970, precisamente la primera vez que los príncipes visitaron nuestra ciudad. Presidió una jura de bandera en el paseo de Papalaguinda, vistiendo el uniforme de teniente de Infantería. Tan satisfechos quedaron de su visita que quisieron dejar constancia de ello en una declaración personal concedida en exclusiva, algo impensable para una emisora de provincias como Radio León. Con el nerviosismo que se supone, me vi en la habitación más lujosa del Hostal de San Marcos dispuesto a grabar las palabras que los príncipes querían dedicar a todos los leoneses, aunque para mi sorpresa la pareja quiso también hablar un buen rato conmigo, preguntándome por la juventud leonesa, sus aficiones, sus inquietudes políticas y sus diversiones preferidas. Ya durante la grabación, don Juan Carlos se confundió en dos ocasiones en la lectura del texto y quiso dejarlo tal cual para emitirlo así por la radio. Doña Sofía era partidaria de que lo volviera a grabar. El príncipe, entonces, buscando complicidad, me dijo con una sonrisa: «¿A que queda mejor así, más natural y espontáneo?». Yo sonreía y, nervioso, no supe ni quise contestar, ante tan peculiar situación. Finalmente, de acuerdo con la princesa, don Juan Carlos volvió a grabar su mensaje. La nota de aquel encuentro la envié a los periódicos de la ciudad, pero solo el Diario de León quiso publicarla, pues el Proa, como la prensa del Movimiento de la que formaba parte, todavía parecía dudar del futuro Jefe del Estado. La segunda anécdota que ahora recuerdo tuvo lugar en octubre de 1978. Nada menos que el día de San Froilán se produjo la primera visita oficial como reyes de España a León de don Juan Carlos y doña Sofía. Óscar Rodríguez Cardet, entonces alcalde de León, me encargó las tareas de protocolo para los actos programados. Las calles de León se llenaron a rebosar y el alcalde dio muestras durante la visita de su emoción y nerviosismo y unas veces tuteaba a Juan Carlos llamándole «alteza» y otras veces, «majestad». El rey se reía y hasta le decía: «Lo que tú digas, alcalde, que aquí el que manda eres tú». En la obligada visita a San Isidoro, cuando el abad enumeró los reyes, reinas e infantes allí enterrados, Juan Carlos se giró discretamente hacia el capitán general que estaba a su lado y, con la mano sobre la boca, le comentó: «¡Jodo petaca!». No hay San Froilán sin sopas de ajo y los reyes tuvieron que probarlas un poco más tarde en la plaza Mayor, ante un gentío impresionante, aquel día cinco de octubre. Ahora bien, esa «cata» tuvo su intrahistoria. De forma inesperada, las sopas picaban exageradamente y el rey se sorprendió del picor. El alcalde trató de «aligerar» el trago sopero y le dijo: «¡Majestad, estas sopas resucitan a los muertos!». Y el rey le contestó: «Pues que se las lleven a mis antepasados de San Isidoro». Juan Carlos dijo entonces a su esposa: «¡Sofi! ¡Tienes que probarlas!». Ya entonces llamaba a la reina por ese apelativo, el cual parece haber sorprendido a algunos lectores del nuevo libro. El caso es que doña Sofía apenas las probó y estuvo a punto de quedarse sin aliento y sin voz. En noviembre de 1982 Juan Carlos I visitó el campo de tiro del Teleno para presenciar los primeros ejercicios de tiro con los nuevos e impresionantes lanzadores del Regimiento de Artillería de Lanzacohetes de Astorga, acompañado ya de su hijo, el entonces jovencísimo príncipe Felipe. Ambos llegaron en helicóptero y, tras presenciar el espectacular lanzamiento de los cohetes, compartieron un pequeño refrigerio con los generales y demás asistentes que les acompañaban, tras el cual, el rey les comentó que le urgía «ir a visitar una de las tiendas de campaña por detrás». Los allí presentes nos quedamos sorprendidos y extrañados ante tan insólita petición, pero, lógicamente, nadie se atrevió a replicar nada. La explicación de esa escapada fue bien sencilla: cuando el rey salió de detrás de la tienda, todos le vimos, aliviado, subirse la cremallera del pantalón. No podemos dejar de mencionar sus acostumbradas visitas al acto de entrega de despachos de la Academia Básica del Aire de la Virgen del Camino, a la que anualmente asisten cientos de familiares de los nuevos suboficiales procedentes de toda España, ante quienes siempre dio muestras de su cercanía y agradecimiento. Lástima que ahora solo sea noticia su reconciliación y esta no sea bien acogida por todos.