La cumbre del G20 en Johannesburgo y la lucha contra la pobreza
Desde entonces, todos los papas han abogado por el alivio de la deuda como mecanismo para la reducción de la pobreza

Las expectativas de que la cumbre del G20, que se celebró en Johannesburgo a finales de noviembre, consiguiese algún resultado sustancial cayeron rápidamente. El presidente Donald Trump declinó asistir a la reunión anual de líderes de las economías más grandes del mundo. Estados Unidos ni siquiera envió una delegación, un desaire sin precedentes, especialmente considerando que Estados Unidos será el anfitrión de la próxima cumbre del G20 en 2026 y que la reunión de este año era la primera que se celebraba en suelo africano. El Sr. Trump no ha dudado en expresar su descontento con Sudáfrica. Durante una reunión en el Despacho Oval con el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, a quien acusó de estar permitiendo un genocidio de blancos en Sudáfrica.
Dadas las divisiones en la comunidad internacional, era difícil alcanzar un consenso universal y acordar un plan de acción al término de la cumbre. En 2015, los líderes mundiales acogieron con entusiasmo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (ODS), una agenda que incluía campañas específicas para mejorar la educación, el saneamiento y abordar las desigualdades de género en todo el mundo, con la que se esperaba erradicar la pobreza mundial para 2030. Tras la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, el comercio global, en apenas unas décadas, demostró ser uno de los motores más eficaces de la reducción de la pobreza en la historia de la humanidad. Existían motivos fundados para creer que los ODS de la ONU eran fácilmente alcanzables y que un mundo sin miseria absoluta era posible. La pandemia de la covid-19 frustró gravemente esas esperanzas. Desde entonces, la guerra, las inclemencias del tiempo y el repliegue político han seguido obstaculizando los esfuerzos contra la pobreza. Con la fecha límite de 2030 cada vez más cerca, muchos reconocen ahora que las ambiciosas metas de los ODS no se cumplirán. Análisis recientes y autorizados sugieren que los esfuerzos contra la pobreza no solo se han estancado, sino que podrían estar al borde del retroceso. El Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas para 2024 revela que, tras años de avances en la reducción de la pobreza, en 2025, 808 millones de personas, una de cada diez en el mundo, viven en situación de pobreza extrema, definida como subsistir con menos de 3 dólares por persona al día. De mantenerse las tendencias actuales, el informe indica que cerca del 9% de la población mundial «seguirá viviendo en pobreza extrema para 2030». Según el informe sobre los ODS, casi la mitad de las 17 metas muestran un progreso mínimo o moderado, «mientras que más de un tercio están estancadas o retroceden desde que fueron adoptadas por los Estados miembros de la ONU en 2015 para lograr la paz y la prosperidad para las personas y el planeta». La corrupción y la desigualdad económica, sin duda contribuyen a perpetuar la pobreza. Según Transparencia Internacional, ONG que lucha contra la corrupción a nivel mundial, los países más pobres del mundo suelen obtener las puntuaciones más altas de corrupción. Además, los estados más pobres del mundo también suelen sufrir la mayor desigualdad en la distribución de la riqueza. Mientras que las naciones pobres se hunden, las naciones ricas se han alejado considerablemente de sus obligaciones globales para combatir la pobreza. Los países en desarrollo agobiados por la deuda tampoco pueden invertir en el cambio climático ni en la adaptación a las catástrofes meteorológicas. La reducción de la pobreza parece que jamás tendrá éxito sin una reforma del sistema financiero y de deuda global. Durante décadas, la Iglesia ha abogado por una reforma del sistema internacional de la deuda, comenzando con los notables éxitos en la condonación de deudas logrados por San Juan Pablo II en la campaña del milenio contra la deuda en el año 2000. Desde entonces, todos los papas han abogado por el alivio de la deuda como mecanismo para la reducción de la pobreza. En este año jubilar, la Iglesia patrocinó, a través de Caritas Internationalis, la campaña mundial «Transformar la deuda en esperanza». Hay que volver a preocuparnos por nuestro prójimo, sea quien sea y esté donde esté. Eso es lo que enseña la iglesia y tenemos que seguir proclamándolo. Acabar con el hambre y proporcionar agua a todas las personas del mundo son metas posibles y relativamente fáciles. Lo que se necesita son iniciativas a gran escala que solo pueden ser impulsadas y sostenidas por los estados más ricos. Es necesario que el G20, el G7, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial adopten políticas más sólidas y eficaces. El G20 reunido en Johannesburgo pudo hacerlo y sabía cómo hacerlo.