Genio y figura hasta la sepultura
Habrá de todo, incluso amigos, verdaderos o falsos, convertidos en enemigos para la ocasión

Este dicho popular lo aplico en este artículo a un personaje singular (persona en origen, máscara de sí mismo, malaje en sus entresijos) que miente un día para desmentirse al día siguiente aparentando decir una verdad. Algunos pensarán que ahora hará una huida hacia adelante, que «antes muerto que sincero», que no tiene otra salida que la de «morir matando». En parte es verdad, recuerden la fábula del escorpión montado en el lomo de la rana para atravesar el río a la que en medio de la travesía la pica, muriendo ambos, ella por el veneno, él porque no sabía nadar. ¿Por qué lo has hecho le pregunta la rana? No lo he podido evitar, es mi naturaleza, le responde el escorpión. Ahí es nada, el carácter, el genio y figura. Carácter, que significa la marca, lo que imprime. Y ya no digamos, el pleonasmo de imprimir carácter. La moraleja de la fábula se las trae: La primera y fundamental, el escorpión convence a la rana que en principio desconfía de él. Ay, cuánta rana hay que se deja convencer por la habilidad del «convencedor», bien sea porque se identifica con él o porque está en su naturaleza, «manque pierda». Hay, creo yo, otras muchas ranas que son, simplemente, engañadas por el «engañador» y que les cuesta reconocerlo y reaccionar en consecuencia, por aquello de que no vean la cara de bobos que se le ha quedado cuando han descubierto el engaño. Otras sabrán responder en consecuencia. «De todo hay en la viña del Señor». Todo es comprensible para el comprendedor.
Ahora, lo que ocurre es que ya no hay sorpresa, verdaderamente. Todo se desarrolla en un plan previsto de antemano. Solo un milagro, algo sobrenatural, podría modificar el desenlace. Ahora todo, desde el lamento a la mirada altanera, desde la mentira a la verdad mentirosa, desde el ataque más furibundo al repliegue de falsa derrota, desde la promesa imposible de cumplir a la impostura de su cumplimiento, desde el chanchullo más evidente a poner cara de no haber roto nunca un plato en su vida, todo es previsible. Si es preciso se dará pedradas en el esternón a riesgo de dañarlo, cual Jerónimo penitente o más bien hará gala de la hipocresía al mejor estilo de los «fariseos sepulcros blanqueados» del evangelio. Es más, no es que no tenga consciencia (lo de conciencia ética o moral, ni hablamos, sería perder el tiempo) de su conducta, a la que se adhiere desde su más tierna infancia, es que se enorgullece de la misma, cual adicto a su adicción. El orgullo y la satisfacción que le proporciona el juego de su tendencia (conseguir el poder por el poder, como fijación morbosa y epítome de su añorada «grandeza»), es el combustible que le permite seguir en su línea sin variar su trayectoria. ¿Y si pierde, me preguntarán? Pues verán, antes de perder duplicará o triplicará su apuesta, tratará de vender la piel del oso antes de cazarlo, culpará de amaño injustificado y malintencionado de sus enemigos si no se sale con la suya, venderá por treinta monedas, incluso por menos, a quien haga falta y dirá que él no ha sido, negará, no solo tres veces, que él nunca ha conocido a sus «mejores amigos» y recurrirá, finalmente y si es preciso, a la Corte Internacional de Justicia con la pretensión de engañarla o seducirla, una vez agotados todos los recursos (chanchullos incluidos) que tenga a mano, antes de admitir (lo de asumir sería una quimera) su derrota. Vaya una joya… Como diría un paisano mío: «Hay que joderse». Pues ahí está, «todo tieso», aunque con alguna arruga, rictus pronunciado y mirada desviada, desafiando al morlaco de la Justicia a la cual busca y pretende darle un bajonazo traidor y cobarde, porque no se atreve a otra cosa (en el fondo siempre ha sido un cobarde a pesar de su apariencia de «echao p»alante»), y mirando de soslayo al burladero por si acaso. Pues ya ven, yo creo, o al menos así lo espero y deseo, que el toro que esa dama alegórica representa, no se deje engañar y le arree una cornada (no que se la clave en la ingle derecha, que eso no es de buen cristiano) que, simplemente, le arranque la taleguilla de abajo a arriba dejándole con las vergüenzas al aire. Veremos, entonces, si eso ocurre, a los subalternos, asustados, y temerosos al mismo tiempo, de la reacción airada del maestro por no haber evitado un desenlace tan vergonzoso y humillante infligido hacia su «sanchidad». Unos perderán el culo tratando de ocultar las vergüenzas que la Justicia le ha aireado sin recato alguno. Otros mirarán para otro lado como si ellos no tuvieran nada que ver en el asunto. Y habrá otros que le echarán la culpa de lo que le ha sucedido, y que les sucederá a ellos mismos, por haber sido él tan arrogante, prepotente y temerario. Habrá de todo, incluso de amigos, verdaderos o falsos, convertidos en enemigos para la ocasión. Mientras tanto, allá en lo alto del balconcillo de la presidencia de la corrida, el presidente, que respeta al respetable, sacará el pañuelo del indulto al toro y sonarán los avisos de rigor a un torero sin escrúpulos y sin verdadero arte, farfullero en demasía. Esta vez, no solo no saldrá a hombros, sino que lo llevarán a la enfermería pues, además del acojono que tiene, el cuerno del morlaco le ha desgarrado (solo un poco, para ser buen cristiano) el escroto; y eso debe ser muy molesto y doler de cojones… Yo estoy esperando el resultado final, pues este espécimen de la raza humana tiene más vidas que un gato. No se puede uno fiar de su estado «terminal», pues lo mismo resucita si es preciso y se lo propone, y así rompe con todos los diagnósticos y pronósticos al respective. Habría que aplicarle, entonces, aquello de que «bicho malo nunca muere», aunque, en cuestión de dichos y refranes, yo prefiero el de «a todo marrano le llega su San Martín…». Ya veremos, y si eso, como se dice por aquí, cuando llegue el momento, ojo al voto, que te lo pueden birlar.