Diario de León

Carlos Santos De La Mota
​Escritor

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Espíritu crítico, una necesidad

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Uno de los problemas de las sociedades envejecidas es que sobre ellas decae también el espíritu que habita mayormente en sus gentes. Y este espíritu es el que es, generalmente apagado, lo que posibilita que los gobernantes también decaigan y se vuelvan como el ejemplo social: apáticos o desinteresados. Son también hijos de la sociedad. Nada de eso sucedería si el espíritu crítico abundara más que la pasividad o la apatía. Por eso cuando uno encuentra Tribunas como la que acabo de leer aquí (Pocas luces y muchos leones, de Mónica Miguel Franco, 15-12-2025) no puedo por menos de alegrarme, y no tanto por lo que concuerdo en la idea que expone, sino por el bien que expande alertando a la sociedad toda. Grosso modo aborda cuestiones como accesibilidad, iluminación y estado general de la ciudad de León.

Como ocurre en tantas otras, el núcleo de la ciudad de León acabará siendo un blindaje enmascarado de urbanismo moderno. Pero detrás de todo esto hay mucho impedimento, restricción y obstáculo. Quizá la verdadera ‘modernidad’ de hoy sea impedir en estos tiempos de movilidad excesiva que ésta sea inasumible. Puedo entender las razones ‘modernas’ de unos, las necesidades de otros, y también asumir que a este ritmo de riadas humanas algún pie en pared hay que poner, sin tocar del todo la movilidad, que es, nunca se olvide, economía, de la que tan presos estamos. Es de adivinar que unos y otros tengan razón, y es de suponer que una solución no sea peatonalizarlo todo, como tampoco lo es retroceder a los extremos caóticos del boom del automóvil. Todavía veo la fila de coches ininterrumpida en dos direcciones en la calle que dedicaron (u obligaron a dedicar) al general Ísimo, hoy calle Ancha. Eso era un extremo. Recuerdo también acceder fácil y gratis al vientre de nuestra Catedral sin guías y sin tiempo, en disposición libre y siendo apenas unos pocos. Eso no era tanto extremo pero hoy es desaconsejable y de ahí la ‘modernidad’ de pasar por taquilla. Como por diversas ‘taquillas’ se pasa si uno va a ese anillo central en coche. La solución que contente a todos no es posible. Aspirar a que lo sea para una mayoría debe ser una constante. Pero masticar bien a dos carrillos es difícil, llenar sin antes vaciar no es posible y, aunque contentar a todos algunos digan que es factible, eso sólo es fabulación. Por eso hay que ir parcheando. Aquí no somos tantos para poder estar holgados, pero se suman muchos a una ciudad de amplitud y diseño vial trabado para el bien fluir y terminamos en ‘grumos sociales’. Incide la autora en la proliferación de rotondas y leones, pero yo no creo que las primeras afecten a la movilidad en negativo. Otra cosa son los leones, como todo el banderismo, imaginería y simbolismo recurrente que ya no es adorno urbano sino política intencionada pero cobarde, porque de

motu proprio quien debería encabezarla para coronarse como valiente no se atreve hasta asegurarse de que no le rompen la crisma politica. No hace tanto no había nada de esto. No está mal que lo haya, pero que lo haya o no lo haya no hace más ni menos leonesa a la tierra ni revierte su actual declive. El abuso y la sospecha de la oportunidad interesada es lo que llama la atención sobre la honradez de la idea. En este sentido también el ente autónomo es un coñazo. Está hasta en la sopa en la expresión oral y cartelera. Es otra manifestación de ‘no ser’ expresada por él mismo. Todos deberían saber que cuando uno ‘es’, no hacen falta anuncios. Lo que sí es susceptible de mejorar es la iluminación. Pobre. Muy pobre, objetivamente escasa, disimulada en estos días con las luces navideñas, donde «todo brilla, pero nada alumbra» (genial expresión), circunscrito básicamente al centro porque los barrios siguen siendo los barrios, o sea, esa dejadez endémica, bien gobiernen los unos o los otros. Y a las penumbras se añaden los asfaltados de las calles, salvo las agraciadas, bocas de alcantarilla hundidas respecto del nivel de la calzada, baldosas rotas, sueltas, a veces inexistentes: expresión todo ello de una vejez mal llevada, de abandono. O las aceras... León es una ciudad bonita por la que merece la pena ir con la vista levantada por el valor de sus fachadas sugerentes, variadas, adornadas con gracia desde su fábrica distinguiéndose del soso y parecido constructivo de otras. Pero León no es ciudad para ir con la mirada baja. Siempre me han cabreado sus aceras estrechas, que ya no tienen solución. Pero más me ha indignado la anarquía de nivel que guardan linealmente. Suben y bajan como pequeñas montañas rusas y a ello añaden peraltes exagerados (la acera es ‘peatonal’) hacia la calzada, lo que es un perjuicio para tobillos, rodillas y caderas. Ni más ni menos que el Ayuntamiento consiente que el espacio público se adapte a la altura que marcan las propiedades privadas. A las entradas de los coches y otros vados, en general, se les hacen rampas completas, sólo les falta la alfombra, y a los peatones, caminando por su lugar asignado, se les obliga a ir derrengados en esos tramos que siguen siendo de uso preferentemente peatonal. Inclinar hacia la calzada la línea de baldosas paralelas al bordillo es suficiente para facilitar el acceso a los vehículos de tracción. ¿Por qué la acera entera? El caso es que lo dicho para la ciudad de León sirve de la misma manera para otros espacios urbanos y/o rurales que quizá copien de la urbe principal, pero copian mal. Copian incomodidad. Sí, puede que la ‘modernidad’ o llámese incompetencia o despiste o dejadez o abandono y en todo caso ausencia de criterio en los que deben definir cómo hacer las cosas y que sean coherentes, estén desatendiendo pautas cómodas y elementales que la ciudadanía utiliza a diario.

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