Diario de León

Antonio J. Rivas García

Escritor

Cuando lo inesperado pone a prueba la convivencia

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En los pueblos pequeños, de algo menos de novecientos habitantes, casi todo se comparte sin necesidad de decirlo. Se comparte la calle, los silencios, las rutinas diarias y también las alegrías. Hay una forma de convivir que descansa más en la confianza que en las normas escritas. Y funciona, precisamente porque casi nunca se pone a prueba.

La lotería ha sido siempre una de esas celebraciones colectivas. No solo por el dinero, sino por lo que representa. Participar juntos, vender una papeleta al vecino, comentar en el bar que «este año toca». Repartir la suerte como se reparten tantas otras cosas en un pueblo. Sentir que algo bueno, por una vez, puede llegarle a cualquiera. En Villamanín, como en tantos otros pueblos, la venta de participaciones ligadas a las fiestas forma parte de esa normalidad compartida. Es una manera sencilla de implicar a los vecinos y de sostener lo común. Además, algunas de esas participaciones se venden en establecimientos de paso, bares o restaurantes de carretera, lo que hace que, junto a los vecinos de siempre, haya también personas ajenas al municipio participando de esta forma de mantener el pueblo y sus costumbres. Pero esta vez la situación derivó en un problema de gestión. No en el sentido de la mala fe —que se entiende que no la ha habido, al menos así lo percibe una gran parte de los vecinos—, sino en el de una responsabilidad asumida sin calibrar del todo su alcance. Una gestión deficiente que recordó, de golpe, que lo público —aunque nazca de lo festivo, de lo voluntario o de la mejor intención— exige cuidado, método y previsión. Porque cuando falla, no afecta solo a quien gestiona. Afecta a todos. Al frente estaban jóvenes con ganas, con compromiso y con la voluntad sincera de hacer las cosas bien. Pero también con la inexperiencia lógica de quien acepta una responsabilidad colectiva sin imaginar hasta dónde puede llegar la exigencia. Y es que dar un paso al frente en lo común no es solo un gesto generoso: es asumir riesgos que muchas veces no se ven… hasta que aparecen. La reacción fue inmediata y tensa. Hubo asambleas, propuestas improvisadas, decisiones tomadas bajo presión. Se habló de quitas, de renuncias, de soluciones a medio camino para evitar que todo se bloqueara. Aparecieron gestos de generosidad, sí, pero también desacuerdos comprensibles. Nadie tenía un manual para afrontar algo así. Nadie lo tiene nunca. Hasta aquí, podría parecer un problema económico o incluso legal. En una gran ciudad, probablemente se habría derivado a una mediación y, tarde o temprano, se habría judicializado. Pero en los pueblos pequeños las consecuencias no se quedan en los papeles. Lo que realmente entra en juego es otra cosa, mucho más delicada: la confianza y la convivencia. Cuando una mala gestión irrumpe en lo colectivo, la sospecha puede colarse sin pedir permiso. Basta con que falten explicaciones claras, con que las decisiones se tomen con prisa, con que el recelo —o incluso la envidia— pese más que la costumbre de confiar. Entonces cambian las miradas. Se enfrían las conversaciones. Y lo que antes se resolvía hablando en la calle empieza a vivirse con distancia, casi en voz baja. La convivencia es frágil porque solemos darla por hecha. No se cuida de forma consciente hasta que se ve amenazada. Y cuando eso ocurre, el daño no siempre se mide en euros, sino en algo mucho más difícil de recomponer: la sensación de pertenecer a un «nosotros», la unión de un pueblo que se resiente cuando el ambiente se enrarece. Quizá esta situación sirva para recordar algo que a veces olvidamos. Gestionar lo público, incluso en su versión más cercana y festiva, no es un trámite menor. Implica responsabilidad, transparencia y una conciencia clara de las consecuencias. Y también exige comprensión hacia quienes asumen ese compromiso, porque el error, cuando es colectivo, rara vez tiene una sola cara. Tal vez la pregunta que queda flotando no sea solo cómo se resuelve un premio mal gestionado, sino cómo cuidamos la convivencia cuando lo común se pone a prueba. Porque el dinero puede repartirse de muchas maneras. Pero la confianza, una vez dañada, necesita tiempo, cuidado y voluntad para volver a su sitio.

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