Diario de León

Marta Santos

Socióloga Y Filósofa

El día en que decidí dejar el true crime...

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Coincidió con el día en que me reconcilié con una intuición que ya había tenido antes, y es que hay algo en ello que está mal. En varias ocasiones, a temporadas, y puesto que me lo ponía sobre todo para dormir, con los auriculares, tuve que dejarlo porque notaba que me producía ansiedad y una indescriptible sensación de suciedad por estar cometiendo una falta a la que podía entregarme impunemente. Conozco la típica opinión, intelectualizada, de que como tal no hay ninguna maldad a destilar de prestarse a su consumo (porque sí, es un producto de consumo). Sin embargo, cuando se ha vivido los suficiente, los ardides refinados de la razón para justificar nuestros gustos despreciables pierden su fuerza y, si hay voluntad de ser honestos, volvemos a las conclusiones de la intuición. El periplo es la forma en que las personas conocemos auténticamente: los excursos sirven para demostrar que siempre supimos la verdad pero que, no habiéndonos extraviado todavía, no podíamos tener constancia de que ya la conocíamos.

La responsabilidad moral es demasiado intrínseca a nosotros para pensar que estamos exentos de incurrir en crímenes contra ella, aun pasivamente. ¿Hago algún mal escuchando a alguien relatarme un asesinato? Digamos que la respuesta es que no; pero me pregunto seguidamente: ¿puedo afirmar con sinceridad que no me parece hipócrita utilizar mi plataforma para denunciar, en el colofón final, a modo de reflexión, las atrocidades de los perpetradores? ¿Puedo decir de mí misma que no me importaría que mi muerte se convirtiera en el alimento de un morbo vilmente presentado bajo el envoltorio de una dignificante sobriedad? Que deba contraponerse una actitud sobria al hecho de narrar los crímenes me parece ya un indicio de que hay algo mal en el acto de la divulgación. Honestamente, si hay que explotar comercialmente algo tan desagradable, una actitud sensacionalista me parecería más coherente, y aunque siguiera sin aprobarla, al menos no podría tildarla de hipócrita. Sé de lo que hablo porque lo he vivido en mi propia carne. Nada humano me es ajeno, y si he tenido sentimiento de culpa por recrearme en un entretenimiento naturalmente vil, tengo razones para suponer que otros se habrán sentido de manera parecida. La diferencia en mi caso, respecto a los que tengan algo que objetar, es que la racionalización de mi culpa ya no me resulta convincente para justificar seguir perpetrando este mal hábito, con lo que solo me queda relacionarme de forma honesta con lo que el asunto me inspira. Si pudiera solicitarse el consentimiento a las víctimas directas antes de convertir el funesto fin de sus vidas en el episodio de un podcast o un programa televisivo, aún podría comprender que se divulgara, pero, aunque en estas circunstancias yo misma lo consumiera, tampoco puedo decir que su consentimiento disipara en mí un terco sentimiento de intranquilidad, si bien en este caso fuera por no entender cómo puede darse permiso para divulgar algo así, sobre todo a sabiendas de que la razón de que el género tenga tirón es algo tan deleznable como el morbo. Por tanto, la actitud intelectualmente honesta no toma la vía de la racionalización, pues ésta ofrece infinitos argumentos para justificar la satisfacción de nuestros peores impulsos, sino la de suspender una costumbre que intuitivamente sabemos incorrecta. Coartar nuestro capricho es la mayor forma de respeto que podemos ofrecer a las víctimas.

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