Diario de León

Matías González

Sociólogo

Carnivorismo caníbal

Llegará un tiempo, no tan lejano quizás, en que alimentarse con carne animal les parecerá a nuestros nietos un hábito tan repugnante como a nosotros nos parece la antropofagia del caníbal

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Apenas llegados al mundo de los vivos, los arrancamos sin piedad del lecho de su madres, los conducimos a golpes a una estancia donde hay que defenderse a mordiscos para impedir que te aplasten los vecinos; los transportamos días enteros en jaulas con barrotes donde apenas hay espacio para mover las orejas y finalmente los arrojamos a un cuchitril inmundo, con el suelo encharcado de orines y zurullos. Cuando un sapiens se nutra, a la postre, de cualquiera de esas pobres víctimas de la industria alimentaria ¿cómo esperar no hincharse de las toxinas que han liberado esos cautivos en su cruel camino hacia el matadero?

Hablemos claramente, aunque la verdad ofenda: ser carnívoro, es decir, alimentarse con la carne inmolada de un animal mamífero, en el mundo moderno, es un acto caníbal, una perversión intolerable en los que dicen llamarse homo sapiens. Seres dotados de facultades superiores, que presumen de cultura y habilidades sin cuento. El argumentario que sirve para justificar el carnivorismo es tan endeble como el que sirve al caníbal para justificar que «solo devora a hombres de otras tribus». No es solo cuestión de evitar la toxicidad más que probada de las carnes de animales que han sido objeto de muerte violenta. Esa toxicidad, podría argumentarse, también se halla en todos los alimentos obtenidos por sustracción violenta, es decir hojas de lechuga arrancadas de su planta madre, frutas desgajadas del tronco matriz. Es sobre todo una cuestión de empatía, hacia los seres vivos con los que compartimos hábitat, nuestros padres en el árbol filogenético. Porque llegará un tiempo, no tan lejano quizás, en que alimentarse con carne animal les parecerá a nuestros nietos un hábito tan repugnante como a nosotros nos parece la antropofagia del caníbal. La inteligencia está presente en todos los seres de la creación, lo que nos desautoriza a sacrificar como alimento a ninguno de nuestros semejantes en la egregia cadena de la vida.

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