Diario de León

Ángel Almanza Pérez

Ingeniero Técnico Agrícola

La reforma de la ortografía

Compitamos mejor con el inglés invasor, no usemos esa lengua en escritos o rótulos como signo de modernidad

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En diciembre la RAE ha dado a conocer la incorporación de varias palabras nuevas al Diccionario de la misma (DRAE); el trabajo anual de los académicos, ¡uf! Algunas las considero verdaderamente absurdas. ¡Cuidado con la incorporada farlopa!

De nuevo he leído el discurso de García Márquez en el Congreso del Español de 1997 en Zacatecas (¡cuánto hace esa ciudad por nuestra/su lengua!) y sus sugerencias, algunas de sentido común, otras extremas, sobre la gramática y la ortografía del español, pretendiendo remover las mentes de los académicos, en pos como tantos otros de la reforma de la ortografía; en vano desde 1815. En los siglos XIX y XX numerosos lingüistas, escritores y seis Academias hermanas han planteado reformas ortográficas, siempre en sentido fonológico hacia el ideal de «una letra, un sonido y viceversa», pero todas han caído en el saco roto de la Academia. La lista es prolija. También ha habido contrarios (menos), como A. Grijelmo «la ortografía está bien como está, que se esfuercen los estudiantes». Yo me quedaría con una mixtura parcial de la propuesta por Andrés Bello, adaptada y adoptada por la Universidad de Chile, en vigor allí de 1844 a 1927 ¿qué hubiera hecho la Academia Española si la hubieran adoptado también otros países? y la de R. Restrepo de la Academia colombiana más un pequeño aporte mío simplificador, siguiendo a Julio Casares «la simplificación ortográfica ha de hacerse como yo entiendo…de manera insensible». Es decir, fácil de asimilar, sin traumas para ninguna generación, «hasta el punto en que la escritura de las letras se convierta en una mera intuición» (de Sousa). En mi opinión, ante cualquier reforma hay que considerar varios aspectos: 1) Incidencia de los grafemas (letras) que vamos a cambiar en la comisión de errores actuales. 2) Facilidad de aprendizaje de la nueva grafía. 3)Aceptación unánime o muy mayoritaria por las Academias Correspondientes. 4) Que sea de tipo fonológico; y 5) No intentar eliminar todos los dígrafos sustituyéndolos «artificialmente» por una letra, signo nuevo o poco usado (error de algunos reformistas). El resultado de esos principios sería: 1) Letras b-v. Representan ambas el mismo sonido bilabial sonoro. Dejaría solo la B para ese sonido (con muchas más entradas en el DRAE que la v); supresión de la V, fin de las dudas y la posibilidad de reducción de nota estudiantil o en ofertas de trabajo, así como de las diecinueve notas orientadoras de ambas en la Ortografía académica. 2) Letras c-z-q (qu). Quedaría la c (14,29% de entradas en el DRAE) para el sonido fuerte o velar sordo, que dicen los lingüistas, con a, o, u (casa, cosa, cuna). El fono suave con e, i (cine, cese,) se representaría con la z (zine, zese). Dos sonidos, dos letras. Para la grafía de c antes de t emplearía la z (azto), pues considero que es más facil de vocalizar el sonido suave que el fuerte (akto). Habitualmente no distinguimos en la pronunciación la c sola de la duplicada (cc), por tanto, supresión de una (acción–ación); son letras gemelas, no siamesas. La q mantendría su uso actual, no problemático. 3) Letras g-j. La g quedaría para el sonido suave (gasa, goma, gula) con todas las vocales; el fuerte con i, e (general, giro) sería ocupado por la españolísima jota (jeneral, jiro), evolución de la i en la Edad Media (i baja), incluso formando silaba con vocal anterior (enijma). Consecuentemente, quedaría eliminada la U muda; guerra, guinda pasarían a gerra, ginda, con el mismo sonido suave. La diéresis de la u sonora (cigüeña, pingüino), desaparecería (cigueña, pinguino). A los Ilustres dejo las cincuenta y siete palabras que comienzan por geo-, como homenaje etimológico a Gea, la tierra primordial, madre de los dioses griegos. 4) Supresión de la H muda (uebo, enebrar). En el balbuciente castellano de «

Milagros de Na Sra» de Berceo solo aparecen treinta palabras con la h muda; ahora, el DRAE presenta más de dos mil entradas con ella, aparte las intercaladas. 5) Letras n-m. Escribir n antes de b y de p, pues eso vocalizamos (anbos, tranpa). 6) Letras s-x. En el habla habitual pronunciamos s por x (esamen, asila). Supresión de la X, al menos en el interior y final de palabras; sustituida por la s. Tengo mis dudas respecto a la x inicial de palabras, aunque pocas, de raíz etimológica clara. 7) Ch, rr, ll quedarían con el uso actual; la ch es un sonido muy español y arraigado; no es cuestión de sustituirlo por una sola letra. La r doble (rr) no plantea errores en mi opinión. El grafo doble ll aún lo pronunciamos los del medio rural español y en varios países hispanos; sería prematuro y contestado el cambio por ye. 8) Supresión de la W, sustituyéndola por B o por U, según su origen. Al suprimir letras quedan más palabras homófonas, la misma grafía y distinto significado. Es inevitable. Soy partidario de hacer tabla rasa, dejando una sola palabra escrita, con distintos significados, que se sacarían del contexto; «…el conjunto de la frase se encargará de eliminar los equívocos» (Ramón Carnicer, paisano nuestro). Ilustres académicos: no sean perezosos, clasistas y conservadores; contra pereza, diligencia; contra clasismo, democracia y compromiso a que la lengua sea manejada bien por la mayoría; contra conservadurismo, avance, aunque sea lento. Angel Rosemblat escribió: «la sencillez ortográfica es un ideal hispánico desde Quintiliano (hispano) hasta nuestros días». Sigan con ese ideal; «desentierren el hacha» que enterró Julio Casares, cansado de luchar contra Vds., sus compañeros académicos. Grijelmo afirma que es tarde para la reforma y que sea el pueblo el que la haga. Antes no era el pueblo el reformador; lo era del habla; los «fijadores» de la escriturara eran los monjes, editores, tipógrafos, escritores… Aunque, en la época de Berceo: Cada uno escrivia/ como bien le plazia/ quisque con uvé/ e servidor con be/ nin unos facen falta/ nin io tampoco aré. Ahora le corresponde a la Academia ordenar la escritura, pero no está de más que los ciudadanos de a pie alcemos la voz en apoyo de los reformistas y empujarla a «limpiar y fijar». Pero, no me engaño, con la dejadez actual de la Academia, la reforma es un brindis al sol; mientras, sigue el enfrentamiento entre su director y el del Instituto Cervantes. Y el Gobierno central ausente ante los nacionalistas. Característica de nuestra lengua es la aproximación entre lo escrito y lo pronunciado (inglés, vade retro); hemos de avanzar más en ese criterio fonológico, sin despreciar el etimológico; facilitemos la escritura correcta a nosotros, los españoles, a los hispanoamericanos y a los que, procedentes de otra lengua, deseen o precisen conocer la nuestra. Favoreceremos con ello una mayor apetencia por el español e ingresos para España. Desaparecerán de facto muchas notas orientadoras (y «complicadoras») de la ortografía. Compitamos mejor con el inglés invasor, no usemos esa lengua en escritos o rótulos como signo de modernidad; o p.j.ría. A la RAE le pediría que no incorpore anglicismos con equivalente en español (más bien que limpie el DRAE) y a los periodistas que dejen de utilizar reiteradamente palabras inglesas. En Hispanoamérica, desde Sarmiento en el S.XIX, se han dejado obnubilar por el «Imperio»; antes el Reino Unido ahora EEUU. Idem en España. Hasta llamamos América a EE UU, una parte del todo. Esto no es fake (falso). El texto, pergeñado luengo tiempo, recibió el impulso para su envío a Diario de León de un artículo de Perez-Reverte sobre la Academia del 12/01/26 en

El Mundo.

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