Diario de León

José Antonio García Marcos

Psicólogo Clínico Y Escritor

Kafka, Freud y yo

Posiblemente todavía estemos a tiempo de detener la caída en el abismo. No será nada fácil, como ya ocurrió en 1933

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La vocación de escritor estuvo siempre agazapada en mi conciencia y solo con el paso de los años fue materializándose en forma de ensayos y, sobre todo, de novelas. Es cierto que mi profesión de psicólogo clínico me obligaba a escribir constantemente tanto historias clínicas de los enfermos que veía en la consulta como informes o trabajos de investigación sobre temas en los que llegué a especializarme: el suicidio, los trastornos de la conducta alimentaria o el trastorno obsesivo/compulsivo principalmente.

La primera novela, que publiqué a la edad de 54 años, se tituló Hadamar primero, Auschwitz después (Valencia, 2000) y fue el resultado del impacto emocional que me provocó el conocimiento histórico de lo que había ocurrido con los enfermos mentales en la Alemania nazi. En aquella época trabajaba como psicólogo clínico en una Unidad de Hospitalización Psiquiátrica y fue allí donde tomé conciencia de que los enfermos que ingresaban, aquejados de enfermedades como esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión mayor, trastornos graves de la personalidad y otros, en la Alemania nazi habían sido enviados a la cámara de gas de varios hospitales psiquiátricos. Las cámaras de gas del Tercer Reich no se inventaron, como suele creerse, para el exterminio de los judíos europeos, sino que fueron ideadas por los psiquiatras alemanes para eliminar a todos aquellos enfermos mentales sin posibilidad alguna de curación. El manicomio de Hadamar, uno de los seis lugares donde se ejecutaron estas matanzas, simboliza aquella tragedia lo mismo que Auschwitz el Holocausto judío. Hoy se sabe que un mes después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler firmó un documento privado y secreto, al que le puso fecha del 1 de septiembre de 1939, y en el que autorizaba el inicio de un amplio programa de eutanasia o de muerte por compasión de los enfermos mentales incurables. Después de publicar esa primera novela, donde se relatan estos crímenes desde la óptica de los verdugos, el protagonista es un psiquiatra, pensé que ahora tendría que contarla desde la óptica de las víctimas. De esta forma surgió mi segunda novela que se tituló

Potsdamer Platz (Berlín), Plaza de los Naranjos (Marbella) y que narra la vida de dos hermanos gemelos que, al cumplir la mayoría de edad, uno es ingresado en un hospital psiquiátrico por un brote de esquizofrenia y el otro es destinado a luchar con el ejército alemán en el frente de batalla. La concesión del XXXV Premio de Historia de la Medicina de la Fundación Uriach de Barcelona por el trabajo

La Medicina sin rostro humano: «eutanasia» y experimentos médicos durante el Tercer Reich me hizo cambiar de registro y analizar aquellos hechos históricos desde el Ensayo. La «eutanasia» en la Alemania nazi y su debate en la actualidad, un extenso texto de casi 500 páginas, lo publiqué en el año 2009. En él se analiza lo que entendían los nazis por eutanasia y lo que ese mismo concepto significa en las democracias liberales. Hubo también un segundo ensayo titulado Hadamar, Treblinka y Auschwitz, donde investigo la relación que existió entre el programa de eutanasia nazi y la posterior «solución final de la cuestión judía» (Endlösung der Judenfrage). Mi jubilación en el año 2011 supuso un punto de inflexión en mi carrera como escritor. Si antes de jubilarme había publicado tres libros, después de abandonar mi profesión de psicólogo han sido seis. Nueve en total son, pues, los libros que conforman mi vida de escritor. En 2016 vio la luz

El hacha bajo la almohada, una historia familiar con la que pretendía abandonar definitivamente la temática de la Alemania nazi. No fue así. Hay historias de las que uno no logra desprenderse aunque quiera. Después vendría De Berlín al cielo donde, de nuevo, vuelven a aparecer los lugares de la capital alemana vinculados con la eutanasia nazi. Le seguiría Primero vivir, después escribir, un texto fundamentalmente autobiográfico escrito durante los meses del confinamiento por la pandemia de Covid-19. En 2024, sorprendido por el silencio sepulcral que existe en nuestro país sobre la eutanasia nazi, publiqué La eutanasia según Adolf Hitler, una novela histórica donde se narran las vidas de determinados pacientes que murieron en las cámaras de gas de distintos hospitales psiquiátricos y la identidad de algunos de los principales verdugos que protagonizaron aquellos crímenes. Este año, con motivo de mi ochenta cumpleaños, publicaré un nuevo texto titulado

Kafka, Freud y yo. No es, querido lector, que pretenda compararme con estos dos gigantes de la Literatura y de la Psicología que vivieron inmersos en el corazón de las tinieblas del violento e incipiente siglo XX europeo. Simplemente señalar que, a pesar de que los dos captaron parte de la esencia del ser humano, ninguno de ellos fue capaz de vislumbrar el abismo en el que iba a entrar Europa con la llegada al poder de Adolf Hitler. Kafka se salvó del nazismo porque murió en 1924. Sus tres hermanas, sin embargo, morirían en los campos de exterminio de los judíos europeos. Freud pudo exiliarse a última hora en Londres pero dejó en Viena a sus cuatro hermanas pensando «¿qué le van a hacer los nazis a cuatro viejecitas?». Como las hermanas de Kafka, fueron gaseadas sin piedad alguna. En la actualidad volvemos a vivir tiempos convulsos que cada vez se parecen más a lo que algunos pensadores han denominado el Síndrome de 1933. De nuevo, la palabra alemana

Anschluss, anexión, vuelve a estar de moda en la escena internacional. Hitler se anexionó Austria en 1938, después los Sudetes y cuando lo intentó con Polonia comenzó la Segunda Guerra Mundial. Putin comenzó con Crimea en 2014 y en 2022 lanzó a sus tropas contra el resto de Ucrania. Israel quiere anexionarse Gaza y parte de Cisjordania. Trump mandó a su ejército a Caracas a secuestrar a Maduro y pretende anexionarse Groenlandia, Cuba y lo que surja por el camino. China posiblemente querrá hacer lo mismo con Taiwán. ¿Comenzará pronto la Tercera Guerra Mundial? ¿Quién es capaz actualmente de vislumbrar lo que será nuestro mundo dentro de diez o veinte años? La época de las certezas históricas está llegando, de nuevo, a su fin. Lo impensable, lo nunca imaginado vuelve a cobrar relevancia en el mundo actual. Posiblemente todavía estemos a tiempo de detener la caída en el abismo. No será nada fácil, como ya ocurrió en 1933. Entonces, los que querían cambios radicales estaban muy decididos y organizados. La oposición estaba dividida, perpleja y empezó a tener miedo. Mucho miedo.

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