DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN
El Pulso Vital bajo el cielo de León

Nacer bajo la sombra de la Pulchra Leonina no es nacer en cualquier lugar. Para quienes crecimos allí hace más de medio siglo, la Catedral no era solo un monumento; era el patio de recreo más grandioso del mundo.
Mi infancia huele a incienso y a piedra húmeda. Recuerdo jugar en los alrededores y en el interior de la Catedral, donde los recovecos de los contrafuertes servían de escondite perfecto. Aquel colegio pegado a los muros de la sede, donde salíamos de clase y la plaza de Regla nos recibía con su inmensidad. El interior de la Catedral era nuestro refugio; corríamos por sus naves sintiendo el eco de nuestras risas, mientras la luz de las vidrieras nos pintaba la cara de colores imposibles, con una solemnidad incluso apreciable en esa infancia feliz. El barrio cercano unido por el Arco de la Cárcel entrelazaba todo el entorno de forma natural como una extensión del hogar: el quiosco de visita diaria y obligada y los pequeños comercios donde nos conocían por el nombre. La historia entonces me enseñaba que las termas romanas no se limitaban a su función higiénica, sino que eran espacios de reunión y deporte. Un importante edificio se erige hace 2.000 años en el corazón de nuestra ciudad, lugar de la actual basílica. Hoy, al observar cómo habitamos nuestras plazas y calles, descubrimos que nuestra manera de relacionarnos no ha cambiado tanto. Al crecer, el centro de gravedad se desplazó unos metros hacia la Plaza Mayor. Las plazas mayores, esta institución tan típicamente española, es lugar de reunión para todas esas cosas profundamente humanas que realizamos en conjunto: lugar de mercado, de fiesta patronal, de revolución. Allí, bajo los soportales, transcurrió la adolescencia. Eran los tiempos de los primeros encuentros, de las vueltas interminables a la plaza cuando el frío empezaba a arreciar y nos refugiábamos en el calor de los portales. Esa mezcla de solemnidad y vida pícara que siempre ha tenido el casco antiguo. La vida me empujó lejos, hasta las Islas Canarias, un mundo de luz constante y vientos suaves donde el frío era solo un concepto lejano y las estaciones se desdibujaban en una calma eterna. El recuerdo del regreso en Navidad es aún una experiencia fija en la retina de los recuerdos. Volver desde las islas era un choque brutal y necesario: bajar del coche y sentir la pureza del aire leonés, ese aire tan limpio que parece recién estrenado, ese frío seco que te cortaba la respiración al salir a la calle y que te devuelve el sentido de la realidad. Era un frío que purificaba, que me decía que estaba en casa, un reencuentro con mi propia esencia. El abrazo de la familia y el refugio del hogar eran el bálsamo contra cualquier distancia. Años después, el ciclo me trajo de vuelta y mi geografía profesional dibujó un nuevo paisaje. Mi día a día se trasladó primero al nuevo edificio de los Juzgados, cruzando el río, donde la justicia buscaba su encaje en la modernidad. Pero el destino me devolvió al corazón histórico, al edificio situado justo al lado de la Colegiata de San Isidoro donde la Plaza se convirtió en mi escenario cotidiano durante muchos años. Trabajar allí era respirar el entorno romántico en cada pausa, con la conciencia de estar ejerciendo precisamente en la Cuna del Parlamentarismo. Ver los muros de San Isidoro cada mañana, sentir el peso de la historia al lado del despacho transformó el trabajo en algo más que rutinario, era una integración con el espíritu de León. Era vivir diariamente esa conciencia de que en León no solo se labró la piedra para elevar catedrales; también se construyeron legados más intangibles. En el Claustro de San Isidoro, durante las Cortes de 1188, se fragua el espacio reunión política. Aquellos Decreta, son origen de derechos que hoy defendemos cruzando esa placita en el edificio de la Audiencia Provincial, donde transcurre la mayor parte de mi actividad profesional. En paralelo a esos años de leyes y estrados, mi vida personal transformó León en la ciudad de los parques. Ya no era la niña que jugaba en la Catedral, sino la madre que llevaba a sus pequeños de la mano. El Bernesga, el Parque de los Reyes o Quevedo se convirtieron en los nuevos escenarios. Ya no buscábamos el misterio de las naves góticas, sino el sol de la tarde mientras los niños corrían y jugaban felices. La vida se volvió más pausada, centrada en las actividades extraescolares y en ver cómo una nueva generación de leoneses empezaba a amar la ciudad bajo una luz diferente, quizás menos severa que la de mi infancia. Vino después una época de mucho movimiento, de viajes constantes. Mi referencia de León se convirtió en la estación. Salir del tren era realizar el rito de paso definitivo: la caminata por el Puente de los Leones y el encuentro con la estatua de Guzmán el Bueno, enfilaba Ordoño II, cada vez más peatonal, cada vez más moderna y, al fondo, siempre al fondo, la silueta de la Catedral vigilando el final de la avenida. Señalando con la navaja hacia los raíles, a Guzmán se le atribuye ese dicho: «Si no te gusta León, ahí tienes la estación». Nuestros jóvenes (y mayores también) se van, estudian fuera, pero vuelven, traen nuevas ideas y llevan las nuestras lejos. Debe ser que al final nos gusta León porque esa relación con tu ciudad de origen está tan presente en todos ellos como lo está en mí. Ver la ciudad desde fuera es observar lo que cambia mientras tú no estás, ganando una perspectiva no solo de lo que habita en la ciudad, sino de cómo esta se relaciona con el resto del mundo. La llegada del AVE supone un acercamiento a la capital, haciendo posible esa simbiosis de la vida fuera con la vida en León. Ya no es una elección entre quedarse o marcharse, sino la posibilidad de habitar ambos mundos, manteniendo nuestra esencia de ciudad pequeña con las puertas abiertas de par en par a nuestros vecinos. Hoy, la vida me tiene de nuevo fuera de León. Observo en mis visitas frecuentes, cómo aquella ciudad fría y gris de mi niñez se ha convertido en una capital moderna, vibrante y turística. El clima parece haber dado una tregua; los inviernos ya no son tan feroces y el sol brilla con una frecuencia que mi «yo» de hace cincuenta años no habría creído. Aquellas termas originales serían convertidas a palacio real cuyos reyes convierten el lugar en catedral primitiva, románica y finalmente gótica. Con el paso del tiempo se va seleccionando qué desechar y qué conservar. Esa transformación de la ciudad sigue presente, nuestras calles cada vez más calmadas y amables parecen acompañar mejor al espíritu tranquilo de sus habitantes. León es ahora una ciudad de terrazas y de una Calle Ancha llena de idiomas diferentes. Pero para mí, cuando cierro los ojos, sigue siendo el lugar donde una niña corre por el interior de una catedral sabiendo que, mientras esas piedras sigan en pie y ese aire puro siga bajando de la montaña, siempre habrá un hogar al que regresar.