DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN
120 años de tinta, pasado y futuro: la vida de Ponferrada en las páginas del Diario de León

Hay aniversarios que son, en realidad, biografías compartidas, historias compartidas, acontecimientos compartidos, vida compartida. Celebrar los 120 años del Diario de León no es solo soplar las velas de una cabecera centenaria; es reconocer el espejo en el que Ponferrada se ha mirado cada mañana desde 1906. Es tener la oportunidad de repasar cómo hemos llegado hasta aquí.
Describir lo nuestro no siempre es fácil. A menudo me pasa como al personaje Plácido Estupiñá, de la novela de Galdós Fortunata y Jacinta, que decía «hay una ventana en el castillo de Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello», lleno de admiración. Admiración, asombro y, a veces también de rabia para cambiar las cosas, al mirar la Ponferrada de hoy desde la ventana del castillo, del Ayuntamiento, de cada una de nuestras casas. O desde la ventana al mundo que es el Diario. Como alcalde, pero sobre todo como ponferradino, me asomo a esta tribuna con la certeza de que no se puede entender lo que somos sin las crónicas, las fotografías y hasta los anuncios que, durante más de un siglo, han dado fe de nuestra metamorfosis. Una transformación profunda en la que, no obstante, son reconocibles algunos hitos que han moldeado nuestra forma de ser, solidaria, resiliente y tenaz, como algunos edificios son en Ponferrada vestigios de un pasado más que centenario. Dejó escrito el gran filósofo José Ortega y Gasset, que fue diputado nacional por esta provincia, que «somos en la forma de haber sido». Es una forma casi poética de recordar que lo que hoy nos define tiene mucho que ver con lo que hemos vivido en etapas anteriores. Desde luego es así en el caso de Ponferrada, irreconocible si volvemos la vista atrás, al momento en que el periódico salió, pero también si consideramos el tiempo pasado desde nuestra transición democrática de la que comenzamos a celebrar el cincuentenario. Ni nuestra sociedad, ni nuestra economía, ni nuestra cultura ni nuestra política se asemejan a nada que hayamos vivido antes y, a la vez, no se explican sus profundas transformaciones sin todas las etapas precedentes. Escribir sobre la Ponferrada de hace 120 años es evocar un mundo que hoy nos parecería un grabado antiguo. En 1906, cuando el primer ejemplar de este diario salía a la calle, Ponferrada era una villa de apenas 7.000 almas que despertaba al siglo XX bajo la sombra del Castillo de los Templarios y el murmullo de un Sil que aún no conocía el hormigón de los embalses. Era una ciudad de piedra, de carros y de ferias, donde la llegada del ferrocarril apenas comenzaba a dibujar el sueño de una industrialización que lo cambiaría todo. Aquella Ponferrada de principios de siglo era la antesala de la tan citada, a veces añorada e irreconocible ciudad del dólar. El Diario de León fue testigo de cómo el carbón y el hierro transformaron nuestro ADN. A través de sus páginas, nuestros abuelos leyeron el nacimiento de la MSP en 1918, la construcción de la Central de Compostilla I —aquella catedral de la energía que nos puso en el mapa del progreso nacional— y el crecimiento de barrios que nacían al calor de las chimeneas. Si comparamos aquella ciudad con la de hoy, el contraste es abrumador, pero el espíritu permanece intacto. Hemos pasado de ser la vanguardia industrial de España a ser una ciudad que se reinventa desde la sostenibilidad, la cultura y el turismo. Pero también una ciudad a la que abrupta e injustamente se le arrebató, por una decisión ideológica y sin el debido soporte financiero público estatal, su principal sostén económico. También las páginas del Diario dejan (lamentablemente el tiempo verbal tiene que ser en presente) constancia de que seguimos aguardando el cumplimiento de promesas de reindustrialización, instalación de empresas al calor del impulso gubernamental y unos puestos de trabajo que no han llegado -basta ver las páginas de este periódico para rememorar plantas de producción de baterías, luego de reciclaje, luego de módulos solares, de combustibles sintéticos y ya no sé de cuántas cosas más-. Pero nunca nos rendimos, ni reclamando lo nuestro ni trabajando por conseguirlo. La Ponferrada actual, la de 2026, ya no huele a humo de antracita, sino que respira el aire limpio de un Bierzo que quiere proteger su patrimonio. Hoy, nuestras batallas no se libran solo en el tajo, sino en la innovación tecnológica, en la excelencia de nuestra apuesta universitaria y en la proyección internacional de nuestro castillo, como icono cultural. Estoy seguro de que Machado hoy en su tren diría que Ponferrada es un sitio tan lindo para venir y quedarse. Sin embargo, en esta evolución de la piedra al bit, del carbón al hidrógeno verde, ha habido una constante: la mirada del periodista. El Diario de León ha sido cronista fiel de nuestras alegrías sociales, deportivas y culturales, y también el apoyo necesario en nuestras horas más amargas, cuando las crisis económicas nos obligaron a apretar los dientes y buscar nuevos horizontes. La Ponferrada de ayer era una promesa; la de hoy es una realidad resiliente que no olvida sus raíces. Si como aprendimos en el colegio es muy cierta la máxima ciceroniana de que la Historia es maestra de la vida, aquí aprendemos a reorientar nuestras vidas. Al hojear las hemerotecas, vemos que este periódico ha sabido captar esa dualidad. Ha pasado de contar historias en blanco y negro, impresas en linotipias, a ser una plataforma multimedia que informa en tiempo real. Esa adaptación es el mejor ejemplo para nuestra propia ciudad: para sobrevivir y liderar, hay que saber cambiar sin perder la esencia. Hoy, la ciudad baja, la de la modernidad, los nuevos barrios e instalaciones y el Puente del Centenario se abraza con la zona alta, la de la Torre del Reloj, el Ayuntamiento, el castillo y la tradición. Ambas están representadas en este medio que, 120 años después, sigue siendo el cordón umbilical que une al Bierzo con el resto de la provincia y el mundo. Quiero felicitar a todos los profesionales que, generación tras generación, han hecho posible que cada día Ponferrada tenga voz propia en estas páginas. Gracias por exigirnos, por criticarnos cuando es necesario y por aplaudir los logros de este municipio. Porque un periódico libre es el mejor síntoma de una sociedad sana, y 120 años de periodismo son en definitiva años de democracia y libertad para nuestra tierra. Sigamos escribiendo juntos los próximos capítulos. Que la tinta del Diario de León siga narrando una Ponferrada que, orgullosa de su pasado, camina con paso firme hacia un futuro lleno de proyectos, solidaridad y trabajo para nuevas generaciones. Felicidades, decano. Por otros 120 años de historias bercianas.