Diario de León

Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

Libertad

Dejaré caer el argumento de que la finalidad de la prohibición no es proteger a los menores, es controlar a los mayores

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El año pasado, durante un velatorio, se me presentó una persona que no conocía. Cuando me dijo su nombre, lo identifiqué inmediatamente con el alto cargo que llegó a desempeñar. Hablamos un rato y me comentó que era lector habitual de mis artículos, para terminar diciéndome que los leía porque «le hacían pensar».

Cuando llegué a casa y cogí el metro, comprobé que había crecido varios centímetros. Reflexionando sobre el tema, me di cuenta de que siempre he preferido tratar con gente que piensa por sí misma, frente a quienes repiten consignas. También he tratado de fomentar en mis hijos el espíritu crítico, así como en mis alumnos. Durante esas tediosas sesiones de tutoría, que a veces no sabemos muy bien cómo rellenar, en lugar de aburrir a mis tutorandos con sermones, repitiéndoles esas consignas que ya están hartos de oír, de vez en cuando suelo ponerles películas que les hagan pensar y cuestionarse cosas de la vida. Entre ellas están:

En busca de la felicidad, El último samurái y 10.000, pero una de mis favoritas es El show de Truman, una película que, pasada la primera media hora, nos mantiene en tensión, incluso a veces con la boca abierta, igual que me pasó a mí la primera vez que la vi, hace ya muchos años. Terminada la película solemos abrir un coloquio, en el que debatimos sobre la realidad o la impostura de las cosas que vemos y también sobre si la vida de Truman sería mejor dentro del mundo ficticio que Christof creó para él, o en el mundo real, expuesto a todo tipo de peligros e inseguridades. Yo adopto el papel de «abogado del diablo» y defiendo que la vida de Truman dentro de aquel mundo controlado era mucho mejor. No estaba expuesto a ningún peligro real, tenía un trabajo, una casa, un amigo íntimo, una mujer e incluso podría tener hijos. Nunca iba a padecer escasez y si, por ejemplo, tenía problemas con su mujer, ya le tenían preparada otra más guapa. En cambio, en el mundo exterior, por el que finalmente optó el protagonista, todo iban a ser inseguridades, máxime cuando él, después de criarse en una burbuja, no estaba realmente preparado para afrontarlas. De nada sirven mis argumentaciones, ya que mis alumnos, prácticamente en bloque, se decantan por los peligros del mundo exterior. Todos dicen preferir la libertad frente a la seguridad. Truman sabría defenderse y, además, para eso tenía a Silvia, de la que estaba realmente enamorado. Ahí es cuando les recuerdo la conocida frase de Benjamin Franklin, en la que venía a decir que: «Quienes renuncian a la libertad para comprar un poco de seguridad no merecen ni la libertad ni la seguridad». Ante la prohibición de las redes sociales a los menores de dieciséis años que quiere imponer Pedro Sánchez, tengo que organizar más debates para ver, de nuevo, qué prefieren: si la protección que dice querer ofrecerles el gobierno o la libertad para acceder al mundo, aunque este esté lleno de peligros. Si es preferible vivir en una burbuja como Truman o aprender a enfrentarse a las inseguridades de la vida. En algún momento dejaré caer el argumento de que la verdadera finalidad de la prohibición no es proteger a los menores, sino controlar a los mayores, que vamos a tener que acreditar con controles biométricos o con el DNI que realmente lo somos. ¡A ver qué dicen! Estoy seguro de que volverán a optar por la libertad, pues todos ellos se emocionan cuando en otra película,

Braveheart, que vemos en Historia al terminar el primer trimestre, William Wallace grita «¡libertaaad!».

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