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La ciudad que hoy habitamos es, en gran medida, la consecuencia directa de las decisiones tomadas en el pasado más reciente; las buenas, y las no tan buenas. En algún momento de nuestro discurrir histórico la ciudad de León supo, no sin errores, reconocerse a sí misma y encontrar la modernidad en su propia identidad. Tras décadas de expansión poco sensible en los primeros estadíos del siglo XX, y de pérdidas irreparables en su patrimonio, la urbe entendió que conservar y poner en valor su legado — desde la huella romana hasta la arquitectura contemporánea — no era una penalización, sino una oportunidad.

La recuperación del casco histórico, la integración de la muralla, la implantación de infraestructuras de conexión como las circunvalaciones, o la creación de nuevos barrios bien planificados como Eras de Renueva, marcaron un cambio de rumbo con una apuesta que combinaba vivienda con servicios dotacionales e hitos culturales para generar «imagen de marca» (Auditorio de León, Musac, etc), demostrando que la arquitectura de calidad no envejece: se integra, conecta y construye ciudad.

Sin embargo, ese éxito comienza hoy a mostrar fisuras. La mejora del espacio urbano y la creciente valorización del patrimonio han generado un efecto llamada que, en contrapartida, tensiona el uso residencial hasta límites en algunos casos difíciles de conjugar. Las zonas consolidadas, y sobre todo el centro histórico, pierden vecinos en favor de un esquema de negocio que, si no se regula, corre el riesgo de vaciar de vida aquello que pretende mostrar. Los arquitectos observamos con preocupación cómo el modelo turístico canibaliza la vivienda tradicional con una consecuencia clara: si no protegemos el uso residencial, el urbanismo de éxito del pasado se convertirá en un escaparate vacío en el presente. La vivienda es la infraestructura urbana más importante, sin la cuál las dotaciones pierden sentido y los barrios se convierten en un decorado eficiente pero sin vecindad, sin vida.

Mirando al futuro, el camino que seguimos plantea un dilema evidente: o reforzamos un modelo basado en la masividad y la presión del mercado, o apostamos por construir, no más, sino mejor, generando espacios urbanos más participativos y sostenibles, más en consonancia con el modelo histórico de ciudad europea al que pertenecemos, con mezcla de usos y perfiles habitacionales, que con el modelo americano que parece querer instalarse en nuestras ciudades, basado en núcleos urbanos con grandes zonas residenciales expandidas hasta el infinito en «mancha de aceite», y servicios concentrados en pequeños «down towns» sin ningún tipo de personalidad, sin problemas de desencuentro entre los diferentes modos de usar la ciudad, pero también sin posibilidad de interactuar para sus moradores.

La ciudad del mañana no se juega únicamente en los grandes proyectos periurbanos, sino en la rehabilitación profunda del parque edificado, la mejora energética, la accesibilidad y la funcionalidad de las viviendas existentes. Este proceso es, además, una oportunidad económica real: activa el empleo local, fija población y refuerza el sector de la construcción, que sigue siendo un aliado clave en la economía de nuestro país. Para ello es imprescindible simplificar la burocracia y reactivar la relación con los profesionales que mejor comprenden el mercado, entendiendo al arquitecto como lo que es: no sólo un diseñador o creador de espacios, sino un mediador entre la ciudadanía y la administración, con el objetivo común de construir una ciudad más bella, inclusiva y sostenible, constituyéndose en un gestor eficaz por su formación y experiencia, y un facilitador de soluciones en un contexto normativo y económico cada vez más complejo.

A todos, y en particular a nuestro colectivo, nos gustaría que León avanzara bajo una visión compartida, alineada con la Agenda Urbana y los principios de la Nueva Bauhaus Europea. Esto significa simplemente apostar por una arquitectura sostenible, basada en materiales de cercanía y soluciones bioclimáticas; por un urbanismo inclusivo, pensado para una población cada vez más envejecida, sin barreras y con espacios de encuentro, y por una ciudad bella, porque la belleza también es un derecho y una fuente de bienestar. Los arquitectos reivindicamos el derecho de todos los ciudadanos a vivir en entornos bellos que generen bienestar emocional.

Nos gustaría un León que apueste por rehabilitar, habitar y cuidar: menos cantidad y más calidad.

Y es que el futuro de León no depende de un único actor. Requiere un pacto por la excelencia entre administraciones, profesionales y el sector privado. Nuestra ciudad tiene el tamaño adecuado, un patrimonio excepcional, y profesionales sobradamente cualificados para convertirse en un referente de «ciudad media europea del siglo XXI»: habitable, sostenible y profundamente humana.