Diario de León

José Cruz Feo Manga

Profesor De La Universidad De León

Ucrania, la conferencia de Munich y Teodosio el Grande

Hay sitios en los que la historia es inevitable y sitios en los que la geografía provoca la historia

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La vieja Europa asiste de nuevo a un desgarro en su curtida piel, perfilado como una purulenta herida que, esta vez, serpentea por la estepa ucraniana evocando las frías y húmedas trincheras de la 1ª Guerra Mundial, a las que, por la precisión de los letales drones, han sido arrojados decenas de miles de combatientes, desde hace 4 años. Los precedentes de Georgia y Moldavia auguran que es muy posible que el humeante limes que está sacudiendo los cimientos del nuevo siglo, permanezca más tiempo congelado que el del siglo XX, el Telón de Acero; y es que ambos, son deudos del buzamiento de una veleidosa falla que lleva siglos operando en la convulsa historia de Europa Central, desde las primeras fricciones fronterizas ocurridas en los Balcanes allá por el año 395, cuando el Emperador hispano Teodosio I el grande, consolida de iure, entre sus hijos Arcadio y Honorio, la partitio imperii, ocurrida de facto 17 años antes en Adrianópolis, cuando Valente, al mando del ejército oriental, fue derrotado por los godos, sin que las legiones de occidente conducidas por su hermano, el Emperador Valentiniano, llegasen a tiempo de socorrerlo.

El Emperador Teodosio encarnaría al arúspice de la historia, del que se valdría el espíritu del mundo, para hacer cumplir su voluntad de promoción de la libertad, separando territorios hermanos que mostraban fuertes deseos de emprender caminos divergentes; ¡y tan divergentes!, que llegó un momento que incapaces de superar sus diferencias políticas, lingüísticas y religiosas acabarían, en el siglo XI, por romper del todo. Mientras que en Roma, tras ser depuesto el último emperador en el 476, sus obispos presenciarán como testigos mudos, la fragmentación del Imperio Occidental en multitud de reinos bárbaros, en Constantinopla la iglesia quedará subordinada al poder del Emperador o Basileus, quién al considerarse por encima de todas los dignidades eclesiásticas, se lanzará a la restitutio imperii, invadiendo la península itálica, el sur de Hispania y el norte de África.

Después de que el solio imperial llevase en Roma más de tres siglos vacante, el Papa León III, que por residir en la sede de Pedro, siempre se consideró primus inter pares respecto a los demás patriarcas, invita a los francos, los primeros en convertirse al catolicismo niceano, a invadir Italia para librarse de los toscos lombardos y zafarse definitivamente de la tutela bizantina. Y así, en la Navidad del año 800, corona a su rey, Carlomagno, como Emperador de Occidente, dignidad que nunca reconoció el Emperador de Oriente, que se consideraba el único y legítimo albacea del Imperio Romano en su totalidad. Sin embargo, el plan papal, más que un imperio físico o territorial, creó una ficción imperial de tipo trascendente, la Cristiandad. Y la historia cuando se repite (decía Marx) suele hacerlo como farsa, y ésta terminó en el año 834 con el Tratado de Verdún, por el que los nietos de Carlomagno se repartieron su imperio; la mitad occidental, que con el tiempo daría origen al Reino de Francia, se fue desentendiendo del asunto, por el contrario, la mitad oriental desde el corazón de Sajonia, tras haber sido evangelizada y conquistada por Carlomagno a sangre y fuego, defenderá con el fanatismo del converso, la inasequible metáfora de la Cristiandad, vehiculada a través de la fundación, en el año 962, del nostálgico Sacro Imperio Romano Germánico, trampantojo que en el año 1871, mutatis mutandis, revivirá como imperio alemán para, en 1933, parir al aberrante y genocida 3º Reich. Verdún, no fue ninguna broma, pues inauguró en Europa Occidental una sangría que duraría más de mil años, hasta que, tras la 2ª guerra mundial, exangüe, hubo de ceder el mando y retirarse a sus cuarteles de invierno a lamerse las heridas, y en los que, conocidos ahora como UE, aún continúa convaleciente.

Pero no nos adelantemos, estábamos en la Edad Media cuando las autoridades ecuménicas que dirigían el ente de la Cristiandad latina, el Emperador en lo político o temporal, y el Papa en lo espiritual o trascendente, se arrogaron la prelación jerárquica sobre los viejos reinos cristianos y los que estaban por conquistar o evangelizar, especialmente, en el Este, y por los que el Sacro Imperio, brazo armado de la cristiandad papal, sintió gran dilección, hasta chocar en el siglo XIV con la cuña de la misma madera, la Cristiandad greco— ortodoxa, que para entonces ya estaba sólidamente asentada en Moscú, la 3ª Roma, como fue intitulada por los metropolitanos que el patriarca de Constantinopla había ido nombrado durante los últimos tres siglos. Aquellos habían ido sembrando las semillas culturales, geopolíticas, religiosas y lingüísticas de Bizancio, en un terreno fértil y bien abonado, hacia el que dirigió su vuelo el humillado y maltrecho águila bicéfala, en la primavera del año 1453, antes de ser desplumado del todo. Por tanto, no fue casualidad que poco después, en el año 1480, el agraciado Principado de Moscovia se liberara del yugo tártaro tras la destrucción de la Horda de oro, ni que en 1547, tras conquistar los kanatos tártaros del Este, Iván IV el Terrible tomara el título de zar y fundara el estado ruso, reivindicando su vocación imperial como sucesor del autocrático Imperio Bizantino, y también, del vesánico Imperio Mongol, las dos almas que componen el espíritu ruso.

A principios del siglo XVIII, el Zar Pedro I proclama el Imperio Ruso con el propósito de reflejarse en el moderno espejo de Europa Occidental, e inicia una serie de dinámicas de poder y expansión territorial que serán disputadas durante más de dos siglos, por Prusia y Austria, puntas de lanza del Sacro Imperio Germánico, en los pisoteados campos de Europa Central; lo que hizo imposible el florecimiento de las naciones eslavas, o incluso, que provocara la desaparición de algunas que ya tenían varios siglos de existencia, como Polonia que sufre tres repartos, hasta desaparecer como Estado en 1795 y durante más de 120 años; o los países bálticos que aparecen como estados en 1918, tras la 1ª guerra mundial, desparecen en 1945 después de la 2ª, y vuelven a aparecer en 1990 con la caída del Muro de Berlín, entiendo su miedo y su acelerada militarización; o que decir de Yugoslavia, un mosaico étnico que en 1918 cristaliza más como experimento que como país, y que en la última década del siglo XX desaparece hecho añicos, o también, aunque de forma pacífica, la bipartición de Checoslovaquia en 1993. Estos hechos y otros no mencionados, han rubricado las dificultades de supervivencia cuando no directamente de inviabilidad de aquellas naciones o pueblos, próximos a la divisoria geopolítica descifrada hace casi 1700 años por el último Emperador del Imperio Romano, y que tras la guerras napoleónicas se conocería como mittleeuropa, sinónimo conceptual de sala de despiece de los grandes imperios. Y es que, como decía el poeta soviético Joseph Brodsky, hay sitios en los que la historia es inevitable y sitios en los que la geografía provoca la historia. Y tanto, pues ha vuelto a suceder, el vulcanismo endémico de Europa Central ha explotado en su parte más oriental, consecuencia del inveterado choque tectónico de las dos Europas. Esta vez ha sido en Ucrania, país joven que al titubear en su primera crisis de adolescencia, sobre qué quiere ser de mayor, despierta al hambriento oso ruso del coma al que fue inducido para superar la repentina pérdida de su numerosa familia soviética. Occidente, ingenuo o indolente, para serenarlo dejó que embadurnara su hocico con la cálida miel de Crimea. Pero solo fue el aperitivo, en febrero de 2022, irrefrenable, ya fue tarde para contenerlo, y evitar que procediera a comerse todo el menú, haciendo gala de sus estalinianos modales.

Cuando callen las armas, the Russia house habrá perdido a su «amada» Ucrania, porque lo que quede de ella al oeste del Donbas y del Dnieper (el drama irrumpe en una frontera oriental que trazada como provincial, en un despacho del Kremlin, de forma inesperada asciende al rango de internacional), se habrá ganado el derecho a ingresar en la Unión Europea, y a ser protegida por la Otan. Y Europa ya no tendrá a Rusia, pues, será muy difícil tener una convivencia sincera basada en el respeto, armonía y confianza mutuos. Y es que no se puede tener lo que no tiene fronteras, como ha declarado Putin en varias ocasiones; y no las tiene, porque para los zares de todos colores, epígonos de los césares bizantinos, la madre Rusia ha sido y es, una misión de destino en lo universal.

La Unión Europea que ya no puede defenderse sola, sin la ayuda del emperador de la pars occidentalis, «Trumpjano», corre el riesgo de caer y convertirse, a pesar de todas las Conferencias de Munich que celebre, en una mitteleuropa ampliada desde Gibraltar hasta Kiev. Si bien, como dice la voz en off al comienzo del emblemático largometraje de Anthony Mann, La Caída del Imperio Romano: «el caer dice un poeta español, el caer no ha de quitar la gloria de haber subido…».

¿Y China?, como Córdoba, lejana y sola, pero paciente, sin prisa, tomándose la revancha y devolviendo a Occidente su opio, trasunto del que la obligó a tragar, dos veces y con gran humillación, durante el siglo XIX.

Como diría Miguel Ángel Aguilar, atentos.

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