Diario de León

Ricardo Del Pozo Martín

Director De La División De Gestión De Proyectos En La Consultora Internacional Dt Global Europe

El petróleo no se compra: se negocia

España no depende de un país. Depende de todos. Nigeria, Estados Unidos, Brasil, Arabia Saudí…

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El mercado del petróleo nunca ha sido un mercado. Es más bien una partida de ajedrez con barcos. Siempre hemos creído que el precio depende de la oferta y la demanda. Como si fueran naranjas. Pero no. Resulta que depende de decisiones que se toman lejos, muy lejos, de cualquier surtidor. Decisiones que no tienen nada que ver con economistas y mucho con generales, ministros y señores que no salen en las fotos. Conviene entender una cosa antes de seguir: al petróleo lo mueven cuatro actores muy concretos.

Primero, los países que lo producen —Arabia Saudí, Rusia, Estados Unidos—, que deciden cuánto sacan del subsuelo. Segundo, un cartel con nombre respetable, la OPEP, que fija precios sin llamarlo así. Tercero, los grandes consumidores —Europa, China—, que dependen de todo lo anterior. Y cuarto, los cuellos de botella: estrechos, rutas marítimas, oleoductos. Lugares donde un incidente hace saltar la banca. Si uno de esos cuatro falla, el precio sube. Si fallan dos, se dispara. Si fallan tres, hablamos de crisis. Y ninguno de ellos está en España. España no produce petróleo. Ni falta que hace, dirán algunos, porque lo compramos donde haga falta. Esa es la segunda mentira. España no depende de un país. Depende de todos. Nigeria, Estados Unidos, Brasil, Arabia Saudí… una lista que puede parecer tranquilizadora. Diversificación, lo llaman. Suena prudente. Pero diversificar no elimina el riesgo. Es como tener muchos acreedores: no te hace libre, te hace más frágil. España no tiene petróleo. Tiene exposición. El petróleo no viaja por el mundo. Viaja por rendijas. Hay lugares donde pasa todo. Lugares angostos, incómodos, casi ridículos. Como si la economía global dependiera de un pasillo mal iluminado. El más importante está a 6.000 kilómetros de España. Se llama estrecho de Ormuz. Por ahí pasa una quinta parte del petróleo del mundo. Una quinta parte. No hace falta cerrarlo. Basta con insinuarlo. Basta con que alguien diga «quizá». El petróleo no necesita hechos para temblar. Le basta el miedo. E Irán lo sabe. Irán no necesita ganar una guerra para alterar el precio del petróleo. Le basta con existir de forma incómoda. Con tensar la cuerda y recordar que tiene al lado el interruptor. Cada crisis en Oriente Medio no corta el suministro. Pero encarece el mundo. España lo nota aunque no compre petróleo iraní. Porque el petróleo no tiene nacionalidad cuando sube de precio. Luego está Venezuela. Un país con algunas de las mayores reservas del planeta… que apenas cuenta. No porque no tenga petróleo, sino porque no está en el sistema. Sanciones, desinversión, decadencia. Durante años, parte del refino español dependía de su crudo pesado. Hoy ese hueco se ha llenado con otros proveedores. Problema resuelto, dirán. No exactamente. Venezuela es el recordatorio de que cuando un productor desaparece, el mercado no se equilibra: se encarece. Su ausencia no provoca titulares. Pero sí facturas más altas. Y más cerca, Argelia. Aquí ya no hablamos de geopolítica lejana. Aquí hablamos de decisiones propias. El Gobierno español decidió tensar una relación estratégica sin tener alternativa real. Luego vinieron los matices, las rectificaciones, los silencios incómodos. Argelia no cerró el grifo. Pero cambió las condiciones. Y en energía, cambiar las condiciones es casi lo mismo. Porque la energía no entiende de afinidades políticas. Entiende de confianza. Y la confianza, cuando se rompe, se cobra. Europa, mientras tanto, habla de transición energética. Y hace bien. Pero hay algo profundamente ingenuo en cómo lo hace. Europa quiere dejar atrás el petróleo sin haber entendido nunca quién lo controla. Ha decidido moralizar el consumo sin dominar el suministro. Es como querer dejar de comer sin saber quién cocina… y además criticar al cocinero. El problema no es que el petróleo se acabe. Es que sigue estando donde siempre ha estado: lejos, concentrado y en manos de otros. Y eso no cambia con discursos. Ni con cumbres. Ni con planes estratégicos escritos en Bruselas que funcionan perfectamente… sobre el papel. Cada vez que llenamos el depósito creemos que estamos pagando gasolina. En realidad, estamos pagando estabilidad en el Golfo, equilibrios en Washington, tensiones en Teherán, decisiones en Caracas… y algún que otro error en Madrid. El precio no está en la manguera. Está en el mapa. Y el mapa, como casi todo lo importante, no lo controlamos nosotros. Porque al final, el petróleo no es energía. Es poder. Y el poder, como decía Groucho —si me permiten la irreverencia—, es como un club exclusivo: si te dejan entrar, ya no quieres. Y si no te dejan, descubres lo caro que sale quedarse fuera.

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