Diario de León

Alicia Gallego

Secretaria General De Upl

Villalar o la costumbre de pedirnos que celebremos lo ajeno

Una convicción profunda: un pueblo sólo permanece vivo mientras conserve la capacidad de reconocerse a sí mismo

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Hay una escena en Casablanca que siempre me ha parecido reveladora. El capitán Renault contempla, con esa mezcla de cinismo y elegancia que solo tienen los personajes que saben que están mintiendo, cómo todo se desmorona a su alrededor mientras finge que no pasa nada. «¡Estoy escandalizado!», dice, justo antes de guardar en su bolsillo el dinero del casino.

Cada 23 de abril sucede algo parecido en León. Desde las instituciones se nos invita, una vez más, a celebrar Villalar como si fuese nuestra fiesta, como si bastara repetir una idea durante 40 años para convertirla en verdad. Se nos pide que asumamos con naturalidad un relato que no sentimos y que no forma parte de nuestra memoria colectiva. Y una no puede evitar pensar, viendo el empeño que ponen algunos en convencernos, que están «escandalizados» de que los leoneses sigamos siendo leoneses. Nos hablan de Villalar como la fiesta «de nuestra tierra». Pero nuestra tierra, la de León, Zamora y Salamanca, tiene una historia, una identidad y una trayectoria propias. No necesita disfraces, ni apellidos prestados, ni relatos construidos desde un despacho para parecerse a otra cosa. Porque el problema no es Villalar. Nadie discute que los castellanos puedan celebrar lo que consideren suyo. Tienen perfecto derecho a hacerlo, igual que nosotros tenemos derecho a sentir propias nuestras tradiciones, símbolos e historia. El problema llega cuando se pretende que los leoneses participemos de una fiesta que nunca fue nuestra. Cuando se nos pide que aplaudamos una efeméride ajena mientras se silencian las nuestras. Cuando se habla de convivencia, pero siempre con la condición de que León renuncie a ser León. Quizá por eso muchos leoneses vivimos esta fecha con una mezcla de tristeza y ternura. Tristeza porque sabemos que detrás de cada campaña institucional, de cada cartel y de cada discurso hay un intento más de diluirnos. Y ternura porque, pese a todo, aquí seguimos, pronunciando el nombre de nuestra tierra con el mismo orgullo con el que lo hicieron nuestros abuelos. El día 23 es el día internacional del libro, por eso quiero mencionar al poeta Antonio Colinas, quien decía que «la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados», y la memoria de León ni empieza ni termina en Villalar. Nuestra memoria está en los concejos abiertos, donde los vecinos decidían juntos mucho antes de que otros descubrieran la palabra democracia. Está en el Reino de León, en las Cortes de 1188, reconocidas como el origen del parlamentarismo. Está en las montañas, en las comarcas, en las plazas de nuestros pueblos, en esa forma nuestra de entender la lealtad, la dignidad y la palabra dada. También está en las pequeñas cosas, en una abuela que sigue diciendo «voy pa León» aunque viva en una gran ciudad desde hace cincuenta años. En quien se emociona escuchando una gaita sanabresa o un tambor maragato, en quien sabe que una tierra no se ama porque lo diga un boletín oficial, sino porque forma parte de uno mismo. Por eso resulta tan difícil aceptar que desde la Junta se siga insistiendo en construir una identidad artificial, una especie de traje de talla única en el que a León siempre le sobra por los hombros o por las mangas. No deja de ser curioso que quienes más hablan de pluralidad sean, a menudo, los menos dispuestos a reconocer la pluralidad de esta tierra. Porque si de verdad creyeran en ella, entenderían algo muy sencillo: que Castilla y León no es una realidad, son dos. Que no se puede pedir respeto para Castilla mientras niegas la existencia de León. La solución es fácil, pasa por dejar de obligar a los leoneses a celebrar lo que no sienten. Por dejar de utilizar dinero público para mantener un relato que cada año convence a menos gente. Por asumir, de una vez, que el afecto no se impone, no se compra con un concierto, ni mucho menos se decreta. Los leoneses no necesitamos que nadie nos enseñe a querer nuestra tierra, ya la queremos, y lo hacemos como quien quiere a lo más valioso, y precisamente por eso no podemos aceptar que se nos pida renunciar a ella, aunque sea poco a poco, aunque sea envuelta en fiestas. No celebramos Villalar porque no es nuestra fiesta, nuestra fiesta no está en una campa donde casi nunca se escucha el nombre de León. Nuestra fiesta está en San Froilán, en Las Cabezadas, en la Virgen del Camino, en las romerías de nuestros pueblos, en los pendones que se levantan contra el cielo. Y sobre todo está en una convicción profunda: la de que un pueblo sólo permanece vivo mientras conserve la capacidad de reconocerse a sí mismo. León no necesita que le inventen una memoria. León sólo necesita que le dejen ser León.

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