Diario de León

Marta Santos Marín

Socióloga Y Filósofa

¿Hacer de todos la guerra de uno?

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Trump ha sido muy abierto —y polémico— en sus críticas a Europa por la escasa implicación mostrada en el conflicto de Oriente Medio. Se entiende su cabreo cuando la dilatación del conflicto compromete de forma cada vez más incierta la seguridad de las rutas marítimas, con las implicaciones económicas que ello supone. ¿Es que no queremos volver a la normalidad? Con nuestra inacción estamos poniendo en jaque la posibilidad de restablecer la paz, y eso, para alguien que escoge convenientemente las informaciones que esgrime, es una razón suficiente para tenernos por poco menos que enemigos de la paz. Una objeción tan sacada de contexto como lo es su ambición.

A la vista de los acontecimientos, está claro que le importa poco faltar a la verdad si ello revierte en suculentos réditos. Dada la desfachatez de su estilo político, uno no puede sino asistir con indignación a los reproches que con deje de moralina hace a Europa. ¿Usted, precisamente? Constituyen, además, un insulto a la inteligencia de la gente. Cierto es que todos nos vemos comprometidos por la temeraria acción de uno, pero aunque eso nos coloque en una tesitura difícil, también a los que de ninguna manera contribuyeron a producirla, está por ver si intervenir en el conflicto sería, a estas alturas, una solución que restableciera sin fisuras el orden anterior. La tardanza en la respuesta europea permanecería en el recuerdo de Trump y sus adeptos. No viene a cuento ya ceder a su llamamiento, pues con ello solo demostraríamos que en realidad siempre tuvo la sartén por el mango, a lo que habría que sumarle el molesto inconveniente de haberlo ya encendido, por nuestra tardanza, contra nosotros. Aunque no hubiera sanciones una vez resuelto el conflicto con una hipotética colaboración de Europa, se habría ya dado una situación en que la desavenencia quedó explicitada en la forma de no brindarle facilidades (o no tantas como quisiera), y esa sombra bien podría ser el pretexto para justificar una rencorosa represalia en caso de un eventual choque futuro. Trump, sin embargo, apenas nos ha dejado otra opción que de la oponérnosle. Nos mete él en un lío y aún nos reprocha ser los responsables de perpetuarlo con nuestra inacción. Para provocarnos de mala manera, cuando la grandilocuencia sentimentalista no nos interpela, nos llama débiles, en decadencia; lo cierto es que sería grosero rivalizar con él en quién lleva más lejos su pulsión kamikaze, y entrar

motu proprio en una guerra empezada por otro nos pondría inadmisiblemente a la delantera. Cierto es que sufrimos los efectos de la guerra, pero por un acto de egoísmo del que no somos responsables, y al que van adjuntos una ristra de potenciales riesgos que van mucho más allá del encarecimiento de los precios. No vamos a suicidarnos por su capricho, y los partidos que desde aquí lo apoyan en su esperpéntica cruzada pintan una imagen muy clara de lo que entienden por soberanía nacional. ¿Por qué el patriotismo de Abascal no se revuelve cuando piensa en ofrecer apoyo a un conflicto que no ha empezado su preciosa España? ¿Qué patriotismo es el suyo, que tan predispuesto se muestra a supeditarse no ya a un interés ajeno del que pudiera, quizá, sacar tajada política (lo cual, si este fuera el motivo, aún podría entenderse), sino a los muy terribles peligros de involucrarse voluntariosamente en un conflicto que su país no habría iniciado en acto soberano? Hablar en España de patriotismo imperialista es un divertido oxímoron. Quizá Abascal esté en su fuero interno mucho más desencantado de la idea de soberanía nacional de lo que hace creer a sus electores. Sea la explicación la que fuere, tanto si es incoherencia como si es hipocresía, ninguna de las dos parece augurar idoneidad política. En cuanto a la ambigüedad criminal de Feijóo y compañía, aunque su postura sea quizá algo menos hipócrita por la moderación de su contundencia, es también

precisamente por este motivo, más parasitaria: una postura inequívoca expondría al partido a más pérdidas que ganancias. ¡Como es cierto que las cosas —como las personas— ganan en miedo con la edad! Mas se alza una pregunta inquietante: ¿significa esta estudiada forma de actuar, sin corazón ni compromiso, que la preocupación cabal del partido es ante todo perpetuarse, y solo en segundo lugar defender una postura clara? Si lo primero, buena parte de España entonces, la compuesta por sus tibios votantes, es un títere sin pulso. No se puede aspirar al liderazgo sin proponer un rumbo claro: eso es tanto como que alguien decapitado tuviera aspiraciones de ser coronado. Hay que permanecer firmes en lo que se ha decidido. A lo hecho, pecho. Más aún cuando en este caso, así parece indicarlo el sentido común, se trata de lo correcto. No podemos consentir que una causa pérfida sea aquello por lo que demostremos al mundo que otros pueden subírsenos a la chepa. Solo deberíamos estar dispuestos a doblegarnos en las condiciones en que es obligatorio hacerlo: por un bien libremente obedecido.

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