Nadie diga de Fray Laureano Arriba
Logró adjudicarse en 1939 en Ginebra un tren para la vuelta a casa del Cristo de Medinaceli

León es tierra bien pródiga en personajes peculiares y fuera de lo común, aparte de aquellos otros que, sea por su proyección histórica y universal sea por su ganada popularidad, son como sombras familiares en nuestra vida diaria. Sin ánimo de frivolizar, ahí podemos asombrarnos de Carmen Lomana a Jesús Calleja; de Kiko Argüello a Leo Harlem; de Prada (a Tope), a Tío Alberto Muñiz; de Rodríguez Zapatero al podemita Pablo Fernández... qué sé yo. Son gente de colorista reputación a quienes Valentín Picatoste —en su Descripción e historia política, eclesiástica y monumental de España para uso de la juventud. Provincia de León; Madrid, 1891— consideraba «leoneses memorables»
Pero como sujeto fascinante, diríamos «de película», pocos merecen figurar en ese catálogo tanto como el fraile capuchino Fray Laureano de Las Muñecas (1890-1983), gentilicio éste que remite a su pueblo natal del Alto Cea hoy despoblado y de cuyo último habitante (Isaac Turienzo) informó el Diario de León hace unos pocos años. El nombre secular de Fr. Laureano era
Delfín Martínez Álvarez, cuya fascinante biografía la escribe el religioso claretiano Ernesto Barea Amorea, en un muy cumplido libro: P. Laureano María de Las Muñecas, OFMC. La audacia de un apóstol del suburbio (Ed. Publicaciones Claretianas. Madrid, 2009). (Por lo que a mí respecta, tal volumen me lo dio a conocer mi buena amiga la Hna. Ramona García Miguélez, despierta leonesa del Páramo, miembro desde muy temprana hora de la congregación fundada por el propio P. Laureano (Misioneras Franciscanas del Suburbio), con cuya labor social y religiosa se adelantó a la emprendida algo después más tarde por el cuasi legendario jesuita José María Llanos. Antes de la Guerra Civil nuestro osado y polifacético fraile mendicante había encabezado la comunidad y su estudio teológico de San Francisco en la capital leonesa, en tanto que alcanzaba en la Universidad salmanticense el doctorado en Teología con una tesis muy comentada entonces titulada
La Tarsis Bíblica en la que descubre —dice él— e identifica el escenario de la milenaria cultura tartésica en una parte de la Andalucía occidental. Puede decirse que cada página de esa biografía contiene una sorpresa en cada etapa vital de Fr. Laureano, un verdadero trotamundos a través de medio planeta con incursión incluída en la América hispánica. Y en todas partes dejó huella de su inagotable capacidad de trabajo y de la felicidad de sus iniciativas. Por ejemplo, en el decenio de 1930 fue enviado por su congregación ¡a Polonia! para reorganizar el plan de formación de sus hermanos de hábito. Dictó allí conferencias, impartió clases e incluso colaboró (¿de qué manera?, nos preguntamos) en programas radiofónicos en emisoras de Cracovia, donde residía. Parece ser que el concienzudo leonés llegó a practicar a fondo la lengua polonesa, bendito sea Dios. Y para no deslumbrarnos en exceso con nuestro monje descalzo, nos centraremos ahora en un episodio sensacional —en verdad de cine— que demuestra como ningún otro su habilidad para superar los más increíbles obstáculos; verbigracia, la recuperación/repatriación de la venerada y más que devota imagen del Santísimo Cristo de Medinaceli, abierta al culto en la basílica madrileña de su mismo nombre (por cierto, de marcado color leonés en el seno de dicha comunidad franciscana). Fue aquello en mayo de 1939, recién concluída nuestra Guerra Civil, mientras el Tesoro Artístico nacional (fondos del Museo del Prado, etc.) esperaba su devolución a la España de Franco bajo custodia, en Ginebra, de la Sociedad de Naciones. Y ahí teníamos a la que salta al P. Laureano, que sin más representación, autorización o permiso de acompañamiento de carácter oficial —como mucho con la anuencia de provincial, asimismo leonés, Fr. Agustín de Corniero— llegó a
colarse de hecho en la delegación del Gobierno de Madrid para conseguir su particular objetivo: segregar del conjunto del Tesoro la talla barroca del Cristo, a la cual atribuía su salvación nuestro portentoso conseguidor cuando, camino de Suiza, sobrevivió a un grave accidente del coche que ocupaba que se precipitó a las aguas del Ter. Así las cosas, el día 10 de mayo (1939) y sin que alcancemos a saber por medio de qué artes, logró adjudicarse un tren para la vuelta a casa del Cristo saber por qué artes de qué obtuvo una unidad de tren para sí, o sea para el propio el Cristo. Y tras el OK más o menos explícito del comisionado español, en dicho caso Eugenio d’Ors, puso rumbo a España a través de líneas férreas secundarias cruzando la frontera en Irún —y no por Portbou— con los consiguientes cambios de ancho de vía y circulando de noche con las luces apagadas por temor a unas, no descartables entonces, incursiones de la alemana Luftwaffe alemana. El convoy de Medinaceli con el P. Laureano siempre al quite, rinde tan enrevesada odisea en la madrugada del 13 al 14, en la estación de Pozuelo de Alarcón. Se desembarca la imagen con rendición de honores militares y bajo escolta de una centuria de la Sección Femenina de Falange Española. Se traslada la piadosa estatua al Monasterio de la Encarnación —actual sede del Senado— para que descanse unas horas hasta que, amanecido un domingo radiante de sol, se le devuelve en procesión (jalonada por una multitud de madrileños aún no repuestos de tan ruinosa guerra) a su histórico sitial en el corazón de la capital. Debió de ser aquél el día más feliz en la venturosa y no menos aventurera vida de nuestro nunca bien alabado montañés Fr. Laureano de Las Muñecas. De quien (si a mis potenciales lectores les interesa) podría contarles en una próxima ocasión, pongamos por caso, su avatar como fundador-director, (Santander, 1940) en de la en su tiempo exitosa y franciscana revista familiar
El Santo.