Diario de León

Ricardo Magaz

Profesor De Fenomenología Criminal De Uned Y Escritor

Crimen de Rocío Wanninkhof: encarcelar a una inocente

Ese es el daño irreparable de la pena de telediario. Primero destruye la vida de una persona; después, cuando se demuestra el error, cambia de tema o de canal

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El caso Wanninkhof, grabado en la memoria colectiva, no fue solo un error judicial. Fue realmente una radiografía cruel de un país capaz de sustituir las pruebas por prejuicios, la investigación por relato y la presunción de inocencia por pena de telediario. Rocío Wanninkhof, de 19 años, apareció asesinada en 1999 en el municipio de Mijas, a 30 kilómetros de Málaga. La tragedia de su familia merecía justicia, pero lo que recibió fue todo lo contrario: la condena de Dolores Vázquez, una mujer inocente, demonizada socialmente y convertida en culpable antes de entrar en un tribunal.

A Dolores no la condenaron únicamente los indicios débiles ni una investigación mal dirigida y con prisas por encontrar a un autor. La condenó una atmósfera atravesada por prejuicios sobre su condición de lesbiana. La transformó en chivo expiatorio un linchamiento popular que necesitaba un rostro al que odiar. La situó en la diana una televisión de la época dispuesta a exhibir el duelo en espectáculo. Y la empujó también hacia esa condena, hay que decirlo, el señalamiento de su expareja sentimental, Alicia Hornos, madre de Rocío, que volcó en Dolores su animadversión tras la ruptura conyugal entre ambas. Así, en el banquillo no se sentó solo una acusada: se sentó una mujer que no encajaba con el estándar y por consiguiente incomodaba: lesbiana, independiente, de maneras firmes… En una España que todavía miraba la homosexualidad femenina con morbo, recelo o silencio, esos rasgos se presentaron como indicios morales. No había prueba concluyente, pero existía un personaje construido a la carta para ser odiado por los «tribunales de mesa camilla». El señalamiento reiterado de Alicia Hornos fue decisivo en ese clima emocional. Su desconsuelo era comprensible pero su dedo incriminatorio, cargado de hostilidad, resultó devastador. Una madre rota puede llegar a equivocarse, pero un Estado, no. La justicia existe precisamente para separar el dolor de la prueba, la intuición de la evidencia y el sesgo de la imparcialidad. La investigación de la Guardia Civil de la demarcación acumuló errores de manual: líneas abandonadas, hipótesis forzadas, conjeturas convertidas en certezas y una mirada obsesionada con encajar a Dolores Vázquez en un relato de carril único. El juicio, lejos de corregir esas deficiencias, las amplificó. El jurado popular, claramente influenciable, escuchó durante semanas un retrato moral de la acusada más que una demostración material de su culpabilidad. La pregunta dejó de ser «¿qué pruebas hay?» y pasó a «¿qué clase de mujer es Dolores?». Esa sustitución tuvo consecuencias letales. Si una biografía privada pesa más que los hechos verificables, cualquiera puede acabar en una celda. Después llegó la verdad por la vía más terrible: otro cadáver, el de Sonia Carabantes, una joven de 17 años, asesinada en la localidad malagueña de Coín. El análisis de ADN conectó los dos crímenes y apuntó directamente a Tony Alexander King, psicópata, agresor sexual reincidente y necrófilo conocido en el Reino Unido como el «estrangulador de Holloway». La ciencia hizo lo que no habían conseguido ni la presión mediática ni las ideas preconcebidas: mirar donde estaban los rastros. Dolores Vázquez quedó exonerada, pero la absolución social nunca llegó del todo. Ese es el daño irreparable de la pena de telediario. Primero destruye la vida de una persona; después, cuando se demuestra el error, cambia de tema o de canal. Dolores pasó 519 días en prisión. El homenaje reciente a Dolores Vázquez y la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad con la que ha sido distinguida son importantes, pero no bastan. Reparar no es entregar una condecoración y cerrar la carpeta del expediente; es admitir que una persona fue encarcelada porque el sistema permitió que los apriorismos, el sensacionalismo y una investigación deficiente se dieran la mano. Reparar exige pedir perdón, indemnizar, revisar protocolos y hacer de este caso una firme advertencia. En efecto, el crimen de Rocío Wanninkhof tuvo dos víctimas: Rocío, asesinada, y Dolores, convertida en la culpable que una sociedad prejuiciosa necesitaba en aquel momento. Dos vidas rotas.

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