Diario de León

Rogelio Blanco

Ensayista

Los nuevos caballeros apocalípticos

Cualquier entidad internacional o voz pública que cuestione o condene tal perversa actividad se amenaza y persigue, se elimina

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Desde la referencia del Apocalipsis de san Juan, popularizados y novelados modernamente, a propósito de la I Guerra Mundial, por Blasco Ibáñez, se da cuenta de cuatro jinetes apocalípticos. Estos jinetes llegan montados sobre caballos de color blanco —símbolo de la conquista y el engaño—; negro —representación del hambre—; bayo, —símbolo de la peste, la muerte— y alazán, —señal de guerra—.

Nuevamente nos visitan con intensidad, si bien nunca han terminado de desaparecer. El dios de la guerra, Marte, campea con intensidad por el globo terráqueo. Aún no se cierra el final de una contienda bélica y ya se programa la siguiente. En este contexto, actualmente, considero que son tres los jinetes que con mayor fuerza se presencian: poder/dominio, dinero y religión; si bien siempre han estado presentes, mas de modo diferenciado y representan a los cuatro citados y, en el momento presente, actúan conjuntados y acordes; de ahí, es previsible deducir graves consecuencias. El primer caballero, el dominio/poder, se presencia arrogante con la capacidad de dominar, de establecerse territorial y políticamente en espacios ajenos e impunemente. El segundo, el dinero, recuerda el

Pecunia non olet («el dinero no huele»), respuesta dada por el emperador Vespasiano cuando implantó un impuesto a las letrinas romanas; por lo tanto, cualquier método se justifica para su acumulación, aunque contravenga violentar cualquier pauta ética. La gravedad de estos dos caballeros pérfidos es que van montados sobre la grupa de un caballo y el dominio cabalga del ramal de unos pocos jinetes y varios adláteres que procuran domeñar o excluir sin escrúpulo; mas, cínicamente, no se esconden, para justificar su demoniaca actuación, en nombre de la libertad. Acción que bien nos recuerda las palabras de Mme Roland frente a la guillotina antes de ser ejecutada: «¡Oh libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!». Este dominio/poder más dinero, por otro lado, se justifica por razones cuestionables, al menos, y bajo el signo de la protección deísta. En el caso bélico actual, se agrupan los tres monoteísmos más representativos y reconocidos por su fanatismo y afán expansionista históricos: judaísmo, cristianismo e islamismo. Es el tercer caballero: la religión. Tal tripleta agrupada conforma la agresividad que día a día se manifiesta sin escrúpulos sobre innumerables seres humanos convertidos en víctimas estadísticas. En este momento a la grupa de un caballo de color incierto, pues, cada día y bajo afirmaciones cambiantes —con frecuencia inciertas y diseminadas con abundante prosapia mediática— se aúpan los «nuevos señores de la guerra». La perversión está servida. Al genocidio lo llaman protección de fronteras; a los bombardeos de espacios infantiles, daños colaterales; al hambre y la desatención sanitaria, acciones de seguridad; a la expulsión de migrantes, intereses nacionales; etc. Todo un cúmulo de perversiones se amparan en la nueva caja de Pandora, una pirámide con tres caras: poder, dinero y religiones monoteístas justificadoras de la perversión. En la caja solo pervive atemorizada la diosa Spes, la esperanza, la que nunca abandona a las víctimas ni a los menesterosos; seres innombrados a los que secuencialmente se les culpabiliza sin pudor moral. De este modo se alcanza la mayor perversión ética: culpabilizar a las víctimas como causantes de males, —caso de los palestinos, los emigrantes o…— convirtiéndolos en verdugos. ¿Algún día dejaremos de mirar a «los de abajo» como los causantes malignos emanados de la caja de los truenos (Pandora) y los sustituyamos por «los de arriba» que hábilmente se sacuden la responsabilidad de la mayoría de los dramas? La posesión de riquezas ajenas, las matanzas, la rapiña, etc., se reducen a estadísticas. Desde el vértice de la citada pirámide se lanzan amenazas a quienes cuestión tal actividad que, sin duda, según sus mentores son salutíferas y soteriológicamente salvíficas, mas no solo para ellos —eso propalan— sino para todo el género humano. Se trata de un colectivo egoísta que excluye a la mayoría del género humano y que solo lo mientan si sirve para sus intereses tras vil demagogia. Cualquier entidad internacional o voz pública que cuestione o condene tal perversa actividad se amenaza y persigue, se elimina; ciertamente, una vez más, en nombre de la libertad y del bien común. Estos mentores se ofertan como líderes liberadores; mas, ¡cuidado!, son falsos ídolos y como tales exigen sacrificios, sobre todo cruentos, ¡sangre!, es decir, lo más valioso del ser humano, ¡libertad! No son «seres de luz» ni atienden la demanda de los perros cervantinos (Cipión y Berganza) cuando solicitaban «más luz y menos sangre». Son representativos de un modo ser y estar narcisista. Todo narcisismo es necrófilo, implica la muerte y se impone ajeno a la empatía. Tras tal modelo se establece un régimen cargado vanidades, que entre simulacros y delirios proporcionan una tragedia televisada que, contradictoriamente, crea, en amplios sectores, incomprensible insensibilidad. Se ha de recuperar la pretendida Politeia griega a fin de crear ciudadanía como régimen social. Este régimen es el modelo que conforma el carácter de una sociedad, un modo específico de vida en el que predomine la convivencia que, si bien se manifiesta fragmentaria, comprende, al mismo tiempo, la forma de vida de una sociedad, su estilo moral, el modelo político elegido, su realización y el espíritu de sus leyes. Los hombres que dirigen este tipo de sociedad tienden a identificarse con ella y a respetarla en afán de construir la meta propuesta. Lo principal en política no son las leyes sino los regímenes. Las leyes se hacen y se derogan, se aplican o se olvidan o sirven para unos pocos o ignoran a la mayoría. Actualmente contemplamos la acción de los gobiernos promulgando leyes como tarea casi única, y mediáticamente expuestas; a la vez, ofrecen una imagen deplorable de relaciones internas en los parlamentos — los espacios representativos de los ciudadanos— que, si bien elaboran leyes, con frecuencia no son ejemplarizantes de la pretendida Politeia. Los caballeros apocalípticos aúnan sus poderes bajo la dirección del dios de la guerra, Marte, y campan sin pudor con neta intención imperialista y dineraria, a la vez que se manifiestan amparados bajo la mano monoteísta que los justifica. De este modo, el género humano se halla, en estos momentos, bajo un arma de destrucción de graves consecuencias; ciertamente, distante de la afamada y deseada trilogía de igualdad, libertad y fraternidad.

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