La inteligencia artificial (IA) y la dignidad humana
Todos sabemos que el avance de la inteligencia artificial plantea preguntas, como: ¿Qué significa que una máquina sea «inteligente»? ¿Estas tecnologías permanecerán bajo control humano? ¿Desaparecerán empleos? Y, de ser así, ¿cuáles y con qué rapidez? ¿Qué políticas deberían regir el desarrollo de la IA? ¿Nos encontramos ante una nueva revolución tecnológica y social sin precedentes?
Son preguntas complejas que no tienen fácil respuesta. Pero algunas de ellas son, en palabras del Papa León XIV, «sencillas». Una de ellas se refiere a la necesidad de poner en práctica «las palabras claras y contundentes del Evangelio» sobre «compartir los bienes y cuidar de los pobres» (Dilexi Te, n.º 28 y 32). Como reconoce el Papa León XIV, «esta tecnología ya está teniendo un impacto real en la vida de millones de personas, cada día y en todo el mundo». León XIV, poco después de su elección como Papa, afirmó que la Iglesia debe ofrecer su doctrina social en respuesta a los avances en el campo de la IA que plantean nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana y el trabajo. El impacto de la IA para León XIV se ha convertido en un tema central desde los inicios de su pontificado. Si bien la IA no crea las desigualdades entre ricos y pobres, si las perpetúa y las acelera. Los costos ambientales de la IA son cuantiosos. El enorme consumo de agua, la demanda de energía y los residuos generados por la IA evidencian las consecuencias ambientales que las decisiones tecnológicas crean y que no podemos ignorar. Pero también hay que reconocer que la IA está demostrando el valor de otros tipos de trabajo. Pensemos en la labor de los cuidadores, un trabajo que es esencial para el bienestar humano. Ninguna tecnología puede sustituir verdaderamente al maestro que enseña a leer a un niño, al hijo que alimenta a un padre anciano o a la enfermera que consuela a un paciente moribundo. Todos hemos tenido momentos en la vida en los que alguien nos ha cuidado de alguna de estas maneras, o en los que nosotros hemos cuidado de otras personas. La llegada de la IA a nuestra vida cotidiana está revelando la naturaleza esencial de este trabajo precisamente porque un sistema informático, por muy avanzado que sea, no puede realizar estas tareas. La Iglesia, interesada en evaluar el impacto de la IA en el trabajo y los trabajadores, afirma que la IA también podría tener muchos beneficios positivos. En
Antiqua et Nova, documento del Magisterio de la Iglesia que aborda la relación entre la tradición cristiana y los desafíos del mundo contemporáneo, los expertos del Vaticano reconocen que la IA «tiene el potencial de mejorar la experiencia y la productividad, crear nuevos empleos, permitir que los trabajadores se centren en tareas más innovadoras y abrir nuevos horizontes para la creatividad y la innovación». Pero el documento también reconoce los riesgos: «Si bien la IA promete aumentar la productividad al encargarse de las tareas rutinarias, con frecuencia obliga a los trabajadores a adaptarse al ritmo y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas estén diseñadas para apoyar a quienes trabajan». Sigue diciendo el documento del Vaticano: «Si la IA se utiliza para reemplazar a los trabajadores humanos en lugar de complementarlos, existe un riesgo considerable de que unos pocos se beneficien desproporcionadamente a costa del empobrecimiento de muchos». A pesar de todo, hay motivos para la esperanza. Los perjuicios mencionados se derivan de las decisiones sobre cómo se desarrolla, implementa y gobierna la IA. Es posible tomar decisiones basadas en principios como la dignidad humana, la solidaridad y el bien común. Los expertos del Vaticano advierten sobre los riesgos de la IA, pero también han dejado claro que estas nuevas tecnologías podrían ofrecer oportunidades para una mejora social. Un ejemplo lo tenemos en la atención médica. «Antiqua et Nova» aborda directamente el tema de la salud, analizando cómo la IA puede ayudar en el diagnóstico médico y ampliar el acceso a la atención, e insta a los profesionales sanitarios a «rechazar la creación de una sociedad de exclusión». «Antiqua et Nova» nos recuerda el principio fundamental de esos recursos: «El orden de las cosas debe estar subordinado al orden de las personas, y no al revés». ¿Cuáles son algunos de esos recursos y cómo pueden ayudar a dar respuesta a las «novedades» que surgen con el desarrollo de la IA? El Papa León XIV, poco después de su elección, hizo una llamada específica a la Iglesia para que ofreciera «el tesoro de su doctrina social a los avances en el campo de la IA». Enraizada en una sólida visión de la dignidad humana y el bien común, la doctrina social católico aporta un marco para el discernimiento en este momento actual. En primer lugar, señala la dignidad humana inherente a cada persona, independientemente de su edad, productividad o etapa de la vida. En segundo lugar, la comprensión del bien común reconoce que el progreso debe beneficiar a todos, no solo a unos pocos. En tercer lugar, subraya la dignidad del trabajo. Como enseña «Antiqua et Nova», el trabajo no es simplemente un medio para obtener ingresos, sino «parte del sentido de la vida en esta tierra, un camino hacia el crecimiento, el desarrollo humano y la realización personal». En cuarto lugar, esta tradición enfatiza la solidaridad. Estos principios proporcionan criterios que ayudan a determinar qué acciones concretas se deben emprender en respuesta a los desafíos de la IA. La respuesta de la Iglesia no es meramente académica. La organización laboral y comunitaria son formas de aplicar la doctrina social católica a los nuevos avances de la IA. Si bien los avances en IA pueden ofrecer beneficios notables, los daños que ocasionan están afectando a personas reales, ahora mismo y a gran escala. El rápido desarrollo de la IA exige una urgente intervención para configurar estos sistemas. El documento del Vaticano, «Antiqua et Nova», insiste en que la IA debe estar al servicio de las personas y no al revés. La cuestión que nos ocupa no es si la IA transformará nuestro mundo. Ya lo está haciendo. La cuestión es si esa transformación respetará la dignidad de las personas y el bien común, como lo pide el papa León XIV.