La traición de Trump

Recientemente, el presentador televisivo estadounidense Tucker Carlson no solo confesaba públicamente su arrepentimiento por haber apoyado a Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales, sino que también pedía perdón a todos los que votaron por el siguiendo sus consejos. Precisamente por esa campaña, y por apoyar el fin de la guerra de Ucrania, fue despedido de la Fox.
En esta misma situación se encuentran otros personajes, estadounidenses o no, como la influencer Candace Owens, la ex congresista Marjorie Taylor-Greene, o incluso el filósofo eurasianista ruso Aleksandr Duguin. Pensaban que era un mal menor frente al belicismo de los demócratas, que amenazaba con conducirnos a la Tercera Guerra Mundial. Yo también lo pensaba. A pesar de que la propaganda mediática no solía presentarlo como tal, Joe Biden siempre había sido un «halcón» intervencionista y belicista, tanto durante su etapa como senador o como vicepresidente con Obama, como durante su presidencia, aunque en esta última etapa eran otros los que manejaban los hilos; los mismos que se esperaba que manejaran a su sucesora en la carrera presidencial, Kamala Harris. También Barack Obama es mostrado como un pacifista, e incluso le adelantaron el Nobel, cuando en Estados Unidos es conocido como «Bombama», el presidente que más países extranjeros bombardeó. Frente a todo esto, Trump, quien durante su primer mandato no había iniciado ninguna guerra, aparecía como el campeón del movimiento Maga y proponía que Estados Unidos se olvidase de sus aventuras exteriores para centrarse en la política interior y hacer América grande de nuevo. Con su triunfo parecía que se iban a dejar de enterrar miles de millones de dólares de los contribuyentes americanos y europeos en financiar la guerra de Ucrania y la corrupción de sus élites. Por otra parte, también parecía que iba a triunfar la cordura frente al wokismo galopante. Una vez ganadas las elecciones, la designación de los secretarios del nuevo gobierno fue la primera decepción, sobre todo en el caso de Scott Bessent, secretario del Tesoro, ya que se trataba de un hombre de Soros, en concreto el director de su oficina de Londres cuando este sacó a la libra del SME. Colocar a Howard Lutnick en Comercio era como poner al zorro a cuidar del gallinero. Que el presentador televisivo Pete Hegseth asumiese Defensa (ahora Guerra) ya parecía una broma. Solo el antiguo demócrata Robert F. Kennedy Jr. parecía cumplir las expectativas. Al final, se trata de un gobierno de hombres de negocios, lo que puede considerarse normal, pero, como señala Lorenzo Ramírez, la novedad es que continúan haciendo negocios desde el gobierno. Muchos albergamos ciertas esperanzas con el fin de la guerra de Ucrania e incluso con la desclasificación de los archivos de Epstein. Sobre estos últimos, la destituida fiscal general, Pam Bondi, llegó a declarar que «si todos los mencionados en los archivos de Epstein fuesen arrestados, todo el sistema podría colapsar», probablemente porque uno de ellos sería el propio Trump, en otros tiempos íntimo amigo de Epstein, quien le presentó a su actual esposa, que probablemente no era más que una escort del proxeneta, pederasta y agente del Mossad. Si Trump, por su personalidad, podía parecer un presidente capaz de desligarse del lobby judío, que domina la política y a los políticos estadounidenses, no tardó mucho en convertirse en el más servil de todos, hasta el punto de dejarse arrastrar a una guerra con Irán, de la que ahora no sabe cómo salir. Así las cosas, los votantes de Maga se sienten huérfanos y desconfían del que parecía ser su nuevo líder natural, el vicepresidente Vance, quien no deja de ser una marioneta de Palantir, esa tecnológica, dirigida por filósofos, que aspira no solo a ganar dinero, sino a controlarnos a todos.