Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces
Este dicho popular encierra una verdad elocuente, y lo traigo a colación para hablar de lo que está sucediendo actualmente en los procesos de las «supuestas» corrupciones investigadas con gran profusión mediática. Es importante valorar el término presumir versus afirmar (al margen de que la afirmación fuera falsa). Presumir es vanagloriarse, alardear, jactarse. Bueno, y otros ingredientes, como la petulancia, el descaro, e incluso el menosprecio y la chulería, de los cuales hace gala nuestro galán…
Da la impresión, oyendo y viendo el desarrollo de la cosa, de que la «política», toda, está inmersa en la corrupción, lo cual nos lleva a pensar si el ser humano es un ser corrupto por naturaleza o por cultura (política, especialmente). Las declaraciones, acusaciones, perspectivas de evidencia, indicios, pruebas etc., etc. son reiteradas, profusas, insistentes, pero lo más interesante, o mejor dicho lo importante, es la demostración de los hechos, claro está. A este respecto, el delincuente sabe de sobra que es inocente mientras no se demuestre lo contrario; que es presunto solamente hasta que un juez (o varios si es preciso) no ponga negro sobre blanco el veredicto oportuno. Así funciona el sistema y no hay más que hacer, al parecer, al respecto. Aquí entra en juego la famosa dinámica de la defensa y la acusación correspondientes, incluida la táctica del calamar enturbiando las aguas con su tinta. Claro que a veces (y no pocas) un juez dice una cosa y otro la contraria. Bueno, me refiero a las famosas instancias judiciales, incluido el Tribunal Supremo que deja de serlo (o al menos se pretende), si es preciso, por otro que se califica, al parecer, de más supremo que el Supremo, a pesar de que por definición el adjetivo supremo esté «por encima de todo en jerarquía o cualidad». Como diría un castizo y un ilustre político: «Manda huevos». No deja de ser curioso, incluso excitante, contemplar las maniobras de escaqueo de diferentes «supuestos» implicados en estos temas. De entre ellos, el que más es el supuesto «number one», que hace alarde de su inocencia, no solo no admitiendo los hechos en los que pudiera estar implicado directa o indirectamente, sino afirmando que ni por sospecha podía estar al tanto de ellos. A ver, demuestre usted, listo, que lo sabía. Cómo quiere que yo sepa lo que hacía un gran desconocido para mí; que es usted un intrigante, retrógrado, desestabilizador de la democracia y del mayor progreso que ha conocido España en su larga historia gracias a este «gobierno progresista del contubernio», perdón del consenso necesario para el encaje deseado y necesario (antes no, pero ahora sí, que ya se sabe que de sabios es corregir) de los «diferentes países» que componen la Nación Española. Lo de los territorios en Marruecos, mejor ni tocarlo, no sea usted pejiguero ni malpensado. Sabido es que lo primero que hace un delincuente es tratar de que no se encuentren las pruebas del crimen. Lo segundo es negarlo todo (incluido, no pocas veces, el consejo del abogado defensor al respecto, que para eso está). Lo tercero, en el caso que nos ocupa, es proyectar en el contrario la autoría del delito (aquí, de «supuesto» delito nada de nada) afirmando, con una jeta que se la pisa, que es obvio que la acusación contra él, incluso la simple sospecha, es fruto de la aviesa intención de la oposición, desnortada y, sobre todo, frustrada y «jodida» porque no pinta nada en el asunto del poder… Y lo cuarto es «enturbiar las aguas», «marear la perdiz», recurrir a ardides inimaginables, maniobras insospechadas (incluidas amenazas de querellas «querellosas») etc., etc. con tal de pretender hacer inviable la acusación de la que es objeto. Mención aparte merece el menosprecio hacia los comportamientos éticos y estéticos. Ya saben aquello de «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo». Chorradas en los tiempos actuales, una vez superados prejuicios y componentes morales de mentes retrógradas, propias de un pasado felizmente superado… Y menos exigirle ciertas cosas a una «pichona». Total, que el responsable no sabe a qué carta quedarse y, además, aunque se quede a una carta, nadie le asegura que será la misma carta que ha elegido, pues las cosas pueden cambiar según las circunstancias, que no hay que ser tan concretos y fieles a unos principios…Total, que estamos como en el juego de «adivina quién te dio». En este juego de truhanes no es nada fácil descubrir donde se esconde la verdad o la mentira. El personal, siguiendo con su intuición, trata de sacar conclusiones al respecto, aunque también sigue el principio del «piensa mal y acertarás» que suele dar un buen resultado en la búsqueda. Lo que recientemente se viene añadiendo en el juego es lo del estudio e interpretación del lenguaje corporal, sistema de conocimiento que permite avanzar en el descubrimiento de la verdad. No es como lo de las huellas digitales, pero tiene su aquél. Al ser más o menos inconsciente y escapar bastante al control volitivo y al disimulo, el sujeto queda expuesto, medio en pelotas, a la mirada escrutadora del intérprete de dicho lenguaje. No es definitivo ni «palabra de Dios», pero tiene recorrido. Claro que como la Justicia no se sirve de él ya que la palabra hablada o escrita está por encima del gesto, pues vale lo que vale. Estamos, pues, expectantes, con ese aire pelín lúdico que nos caracteriza, ante el fallo del tribunal esperando que acierte y no falle…Claro que como «nunca llueve a gusto de todos», sea cual sea el veredicto, el personal se dividirá, unos aplaudiendo, otros despotricando del mismo. Habrá quien pretenda recurrir «ad infinitum», y otros moverán la cabeza de un lado al otro en señal imprecisa pero elocuente. Finalmente «alguno» se reservará el derecho al indulto, figura diez por ciento «acertada y humana», y el noventa por ciento de la misma con un tufillo de olor oportunista y nepotista que tira para atrás. Todo muy legal y volviendo a cachondearse de lo ético y estético, ya se sabe. Finalmente, para los más escépticos o desencantados, se podrá recurrir a aquello, como en la famosa película, de «siempre nos quedará París…». O Bruselas, vaya usted a saber.