Diario de León

Matías González

Sociólogo

Pudridero: de oca en oca

El político que roba no es más que la versión hipertrofiada y con coche oficial del ciudadano que estafa a la Seguridad Social o cobra en negro

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La cuadratura del Reino de España es un negocio de nigromantes. Los españoles no quieren gobiernos limpios porque la sociedad española es una sociedad podrida, Estamos secuestrados por una banda criminal de 179 diputados socialistos, antiespañoles y antisistemas, empeñados en despellejar el «tinglao» no hay manera de desalojarlos.

Existe, En las entrañas del Monasterio de El Escorial una estancia lúgubre, que llaman el pudridero. Allí descansan los restos de los monarcas hasta que la carne se deshace, la podredumbre consuma su obra y el hueso, ya limpio, es digno de pasar al panteón. España es hoy, a semejanza de aquella cueva, un fétido pudridero. Pero aquí no hay reyes esperando la eternidad, sino una caterva de granujas, empeñados en sorber hasta el tuétano una pseudodemocracia que se descompone a la vista de todos, exhalando el miasma de una podredumbre que, no nos engañemos, no nace en los despachos, sino en las mismas calles de la nación. Nos rasgamos las vestiduras, señalando a los políticos podridos como si fuesen alienígenas caídos de un platillo volante, cuando en realidad son la destilación genuina de nosotros mismos. La amarga verdad que nadie quiere escuchar es que los españoles no queremos tener partidos limpios porque estamos corrompidos como ellos. La cleptocracia política se alimenta esencialmente del abrevadero de la picaresca. ¿Con qué autoridad moral exige honradez una sociedad amamantada por las subvenciones injustificadas? Somos el país del absentismo laboral crónico, del enchufismo como ascensor social, de la «paguita» reglamentada, del fraude consentido y de la improductividad convertida en derecho adquirido. El político que roba no es más que la versión hipertrofiada y con coche oficial del ciudadano que estafa a la Seguridad Social o cobra en negro. En este ecosistema de sanguijuelas, la virtud es un estorbo. Ante esta evidencia desoladora, no nos queda otra salida que el cinismo institucional. Ya que somos incapaces de exigir la decencia, exijamos al menos la alternancia: que los partidos que nos gobiernan acepten las reglas del juego de la oca. La norma es sencilla y sumaria: delinquir, pagar el precio y rehabilitarse, como cualquier penado individual en una celda de Soto del Real. Las gentes de derecha no fanatizadas por la neblina de la demagogia, tuvieron que tragar bilis y aceptaron que el Partido Popular de Mariano Rajoy, «Don Chapapote», era una ciénaga insalubre. La corrupción, la ignominia de la Kitchen, la caída a los infiernos de Rodrigo Rato, los trajes de Valencia y los palacetes saqueados de Baleares completaron el sumario. Y pagaron el precio: perdieron el gobierno, sufrieron la purga y aguantaron siete años de penitencia en el desierto de la oposición. Cumplieron la condena. Ahora la casilla del pozo de la oca ha girado. Les toca a las gentes de izquierda, a las no anestesiadas por el fanatismo ni cegadas por el antifascismo de guardarropía, mirar al fondo del pudridero. Tienen que asumir, con el mismo dolor o la misma resignación, que este PSOE liderado por Pedro Sánchez, el «Doctor Cum fraude» está también podrido. Ahí está la procesión de las ánimas sucias: el escandaloso sumario de Ábalos, «don Putábalos» el papel de Cerdán, el rescate delirante a la aerolínea fantasma Plus Ultra, los negocios de cátedra y alcoba de la mujer del presidente, y el patrimonio transfronterizo de su hermano. La ciénaga ha rebosado con el proceso de Pedraz al «gabinete de crisis» que aspiraba a eliminar toda investigación a su pudridero. Es su turno de pagar el precio estipulado. Les toca recoger las carpetas, abandonar el gobierno, ser desalojar La Moncloa como lo fueron sus adversarios, y rehabilitarse una temporada en el trullo de la oposición. Y así seguiremos. Cayendo y levantando, gobernando y robando, purgando y volviendo al poder. La condena de Sísifo con acento ibérico; el sino imperecedero de esta nación mutilada que ha decidido que, puesto que no puede limpiarse la cara, al menos debería exigir a su líderes, turnarse en el fango. Hay un precedente: la Restauración. Sagasta y Cánovas lo probaron y practicaron con tanta disciplina como desvergüenza.

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