Fiebre de fosfatos del Bernesga al Esla
La minería de fosfato produce contaminación masiva del aire, los suelos y el agua, y destrucción del hábitat
El pasado diciembre de 2025, la Comisión Europea adoptó el Plan de Acción RESourceEU para acelerar y ampliar esfuerzos por garantizar el suministro de la UE de materiales geológicos denominados estratégicos y fundamentales, tierras raras, cobalto, litio, cobre o fósforo. Se proporciona financiación para promover proyectos y diversificar las cadenas de suministro desde zonas periféricas como la Iberia vaciada. Para mediados de 2026, el plan ya preveía apoyar los fertilizantes nacionales y los nutrientes reciclados, así como las alternativas para hacer frente a la dependencia de los fabricados a partir de dichos materiales fundamentales. Al calor de las subvenciones, empresas sin experiencia minera ya se han reconfigurado con las mismas personas y capitales que previamente han sido rechazados o vinculados a casos de corrupción, tales como el caso Koldo o Servinabar, con un conocido seguimiento especulativo en diferentes bolsas internacionales tras engañar a los políticos más mediocres de nuestra historia reciente. Actualmente solo existen dos tipos de minería, una basada en el diésel y otra en la esclavitud. La primera es altamente contaminante y sus impactos ineconómicos, debido al agotamiento de los petróleos de calidad, la hacen inviable o inaceptable. La segunda, eufemísticamente denominada artesanal, se extiende por los países que ven entrando en declive económico (Kara, S. 2024, Aretxabala, A. 2026). Vivimos en una paradoja irresoluble: lo que se busca es seguir especulando con el territorio, cargando la factura medioambiental a sus habitantes (incluidos los humanos) para el beneficio de fondos de inversión. Y lo hacemos rebajando las exigencias medioambientales con la excusa de una transición verde que no soluciona, más bien empeora, el problema de haber sobrepasado el límite de contaminación del territorio, el agua superficial y subterránea y nuestros cuerpos, simplemente porque no hay ninguna transición y menos aún verde (Aretxabala, A., Turiel, A, Taibo, C. 2026).
La Junta de Castilla y León con una celeridad sospechosa, y sin el mínimo debate social, está aprobando solicitudes de permisos de investigación minera de fosfatos en la montaña Central y Oriental leonesa, específicamente en los términos municipales de Pola de Gordón, Cármenes, Vegacervera, Matallana de Torio, Valdepiélago, Valdelugueros, Boñar, Sabero, Reyero y Crémenes. Es decir, están afectadas las cuencas de los ríos Bernesga, Torio, Curueño, Porma y Esla. Estas zonas se sitúan a la entrada del parque regional de Riaño-Mampodre, o de espacios naturales como las Hoces de Vegacervera y la Montaña Central. Los fosfatos son una clase de minerales que se extraen de la roca fosfórica para producir ácido fosfórico, destinado fundamentalmente a la fabricación de fertilizantes sintéticos, a la industria alimentaria y a la producción de detergentes. Para acceder a la extracción de la roca fosfórica, es necesario talar grandes extensiones de bosques y abrir grandes viales para la maquinaria pesada, para poder excavar el suelo hasta alcanzar la matriz que contiene el mineral de fosfato, muchas veces situada a decenas de metros por debajo de la superficie. Se produce por tanto una destrucción brutal de zonas boscosas y otros recursos naturales necesarios para garantizar el ciclo del agua entre otras cosas, así como de la propia capa superior del suelo, rica en nutrientes y esencial para el crecimiento de las plantas. Posteriormente hay que transportarlo hasta las plantas de tratamiento, donde es triturado y molido para separarlo de la arena y la arcilla mediante un proceso conocido como «enriquecimiento». Para ello es necesario construir «balsas» de sedimentación de arcilla, con la destrucción de más territorio, lo que deja un paisaje lleno de cicatrices y el hábitat circundante contaminado. Tras el enriquecimiento, el mineral de fósforo separado se trata con ácido sulfúrico para producir ácido fosfórico. Pero para producir una tonelada de ácido fosfórico se generan cinco toneladas de fosfoyeso, un residuo químico sólido cargado de elementos radiactivos, como el uranio, el torio y el radio-226 —que tiene una vida media de desintegración radiactiva de 1.600 años—; metales pesados, muchos de ellos sustancias carcinógenas —antimonio, arsénico, bario, cadmio, cromo, cobre, fluoruro, plomo, mercurio, níquel, plata, azufre, talio, zinc…—. Este fosfoyeso se almacena en montañas al aire libre, descomponiéndose y generando a su vez radón radiactivo, un gas que, al ser inhalado, penetra en los pulmones y produce otros elementos radiactivos que se acumulan en el organismo. Estas escombreras son propensas a hundimientos, roturas y filtraciones, como ha ocurrido en explotaciones mineras en varios países, contaminando los suministros de agua y dañando la salud humana y el medio ambiente. Cuando los fosfatos llegan a los cuerpos de agua en cantidades excesivas, se produce un fenómeno conocido como eutrofización. Implica un rápido crecimiento de algas y plantas acuáticas, que agotan el oxígeno disuelto en el agua, provocando la muerte de peces y otros organismos acuáticos, creando zonas muertas. Por otra parte, las plantas químicas que procesan el ácido fosfórico, son muy peligrosas para la salud, ya que emiten flúor y dióxido (SO2) y trióxido de azufre (SO3), gases que provocan asma, infecciones pulmonares, fluorosis ósea y cáncer. La minería de fosfato produce contaminación masiva del aire, los suelos y las masas de agua, así como destrucción del hábitat e incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero ya que necesita ingentes cantidades de diésel para su funcionamiento. Incluso se han documentado niveles significativos de radiactividad en cultivos de maíz situados en zonas cercanas a este tipo de minería. A cambio de la destrucción irreversible de zonas de alto valor, anunciarán puestos de trabajo, que la experiencia demuestra que serán mínimos, de personal especializado, y de afuera de las zonas afectadas. Las empresas que están detrás de estos proyectos son empresas especulativas, puramente instrumentales, con capitales ridículos, de solo 3.000 euros, por lo tanto, incapaces de enfrentar potenciales daños ambientales y socioeconómicos que se puedan producir. Sus proyectos, fraccionados para eludir controles medioambientales, carecen de transparencia y parte de sus directivos han formado parte de empresas extractivistas involucradas en proyectos mineros que han generado gran rechazo social, como es el caso de la extracción de potasas en la mina navarra de Muga, actualmente paralizado por la justicia. Son simples pantallas de grandes multinacionales australianas de este país en los minerales que se esconden debajo de España. ¿Hay alternativas? En los últimos 50 años hemos extraído ingentes cantidades de fosforo del suelo terrestre para mantener el modelo de la agricultura intensiva industrial, caracterizada por el monocultivo, y su integración en largas cadenas logísticas. Hoy ya sabemos que las plantas absorben solo alrededor del 10 al 20% de los fertilizantes sintéticos aplicados, mientras que entre el 80% al 90% restante acaba en los cursos de agua, destruyendo ecosistemas vitales para la vida. Lo sensato es, por una parte, apoyar sistemas agrícolas de policultivo no tan dependientes de fertilizantes sintéticos, que pueden tener buenos rendimientos con biofertilizantes, elaborados en base de restos vegetales, y por otra, frenar la extracción de fósforo y reciclarlo a partir de desechos agrícolas y urbanos, por ejemplo, capturando el fosforo que se pierde en nuestras plantas de tratamiento, lo que es una alternativa más sostenible. La minería de fosfatos es insostenible y de llevarse a cabo significará la destrucción definitiva de la montaña leonesa. No podemos permitirla por los intereses de unos pocos. Los espacios afectados, en gran parte cubiertos de bosques autóctonos, son indispensables para garantizar el ciclo del agua y de la vida. Algo que tiene mucho más valor social que los intereses económicos de los accionistas de una empresa minera extranjera. Solo dejará, abandono, contaminación y muerte. Como le comentaba un anciano a Julio Llamazares «si fuera bueno, no lo pondrían aquí».