Ladran, luego cabalgamos
Hay frases cuya autenticidad importa menos que su verdad. «Ladran, luego cabalgamos» es una de ellas. Cervantes quizá nunca la escribió, pero retrata admirablemente ciertas situaciones. Porque cuando una idea no incomoda a nadie suele ser porque tampoco importa demasiado. Las obras verdaderamente importantes, los descubrimientos relevantes y las reivindicaciones con fundamento producen admiración en unos y ladridos en otros.
Y si alguna prueba necesitáramos de ello, bastaría observar el revuelo que siguen provocando los Decreta de León de 1188. La Unesco los reconoció como la manifestación documental más antigua del sistema parlamentario europeo. No fue una ocurrencia de una peña de exaltados reunidos entre morcillas y clarete. Fue el resultado de un proceso de evaluación internacional basado en documentos, contexto histórico y evidencia archivística. Pero, ay, qué mal envejecen algunos cuando la historia no les da la razón. De repente han comenzado a ladrar desde ciertas trincheras sedicentememte académicas. Y digo trincheras porque una academia debería ser un lugar abierto a la discusión y al examen de las pruebas, no una posición defensiva desde la que se dispara contra cualquier hecho que contradiga el relato propio. Lo curioso es que esas trincheras están defendidas por soldados bastante mediocres. No por falta de títulos, que de esos suelen ir bien provistos, sino por la pobreza del argumento. Porque cuando los documentos son incómodos, cuando las fechas son obstinadas y cuando las instituciones internacionales emiten dictámenes poco convenientes, no queda más remedio que intentar sembrar dudas. Y ahí aparece la vieja estrategia: si no puedes negar la existencia de un hecho, procura desdibujarlo. Según esta escuela del humo historiográfico, los Decreta son cualquier cosa menos lo que parecen. O no fueron tan importantes. O no fueron tan originales. O quizá ni siquiera sucedieron donde sabemos que sucedieron. Llegados a este punto, uno empieza a sospechar que, si siguieran excavando, acabarían descubriendo que Alfonso IX reinó en Wisconsin. La cuestión, en realidad, no es histórica. Es geográfica. Porque el verdadero problema para algunos no es que existieran los Decreta. El problema es que existieran en León. Y ahí empieza la comedia. Resulta que una asamblea celebrada en la ciudad de León, capital del reino asturleonés con casi quinientos años de historia, debe ser desplazada, reinterpretada o minimizada para que no resulte demasiado incómoda. Se pretende trasladar el foco hacia otros lugares más acordes con determinados relatos posteriores. Como si la historia fuera un mueble que pudiera cambiarse de habitación según las necesidades decorativas del momento. La mala suerte de León consiste en que tiene la impertinente costumbre de haber estado allí antes. Antes que muchos relatos. Antes que muchas reinterpretaciones. Y, desde luego, antes que muchos de quienes hoy pretenden explicarnos qué fue León. Los Decreta no aparecieron por generación espontánea. No descendieron del cielo sujetos por una polea. Nacieron de una tradición política concreta. Proceden de los concejos abiertos, de comunidades acostumbradas a deliberar, de una cultura política que llevaba siglos desarrollándose en el reino leonés. Quien quiera entender lo ocurrido en 1188 debería mirar mucho más atrás. Debería observar la red de concejos que articulaba el territorio. Debería fijarse en las formas comunitarias de gobierno que existían mucho antes de que la palabra «parlamento» entrara en el vocabulario político europeo. Y debería mirar también el paisaje: los valles, los castros, los ríos. Porque la historia no se fabrica en laboratorios ideológicos. La historia crece sobre territorios concretos y sobre comunidades reales. Por eso los Decreta son importantes. No solo por lo que dicen, sino por el mundo que los hizo posibles. Naturalmente, detrás de esta discusión histórica asoma otra cuestión bastante contemporánea. León lleva décadas sufriendo una forma peculiar de invisibilidad. No desaparece del mapa, pero sí del relato. Existe, pero parece condenado a ocupar siempre una nota a pie de página. Se le reconoce la obligación de aportar agua, energía, paisaje, patrimonio e historia; lo que cuesta más es reconocerle protagonismo. Los leoneses conocemos bien ese mecanismo. Sabemos lo que es que nuestros ríos se administren desde lejos. Sabemos lo que es que nuestras montañas se planifiquen desde despachos ajenos. Sabemos también lo que es que el destino de los osos, los lobos o los urogallos de nuestros montes se decida a más de un centenar de kilómetros de donde viven, como si la naturaleza leonesa necesitara intérpretes externos para ser comprendida y cuidada. Lo que ya resulta más difícil de aceptar es que también se pretenda administrar nuestra memoria. Porque la historia no pertenece a los gobiernos. Ni a las universidades. Ni a las modas historiográficas. La historia pertenece, ante todo, a los hechos. Y los hechos tienen una desagradable tendencia a sobrevivir a quienes intentan corregirlos. Por eso quizá convendría colocar un sencillo cartel a la entrada de la ciudad. No para provocar a nadie. No para disputar nada a nadie. Tan solo para recordar quiénes somos y de dónde venimos. Algo sencillo. Tres líneas bastarían: —León —Ciudad astur —Cuna del Parlamentarismo Llegados a este punto, ya imagino a algunos lectores removiéndose en la silla. No será por la tercera afirmación, respaldada por la Unesco, sino por la segunda. —«¿Ciudad astur?» Pues sí. Y antes de que alguien atribuya la expresión a una repentina fiebre identitaria, conviene recordar un hecho que ha ido desapareciendo de demasiados manuales escolares. San Isidoro de Sevilla afirmaba que los astures tomaban su nombre del río Astura, el actual Esla. Del mismo origen procede también
Asturica Augusta, la actual Astorga. Durante siglos, además, las fuentes distinguieron dos Asturias (de ahí el plural): la Transmontana, al norte de la cordillera Cantábrica, que conservó el nombre de Asturias, y la Cismontana, al sur, cuyo territorio constituye el núcleo histórico del antiguo reino de León. Pero, aun a riesgo de insistir, conviene dejar claro un punto que suele generar confusión. Un leonés no es un asturiano, del mismo modo que un asturiano no es un leonés. Sin embargo, ambos pertenecen al viejo pueblo de los astures. La confusión nace de identificar
astur con asturiano. El primero es la denominación de una etnia prerromana; el segundo, un gentilicio vinculado a la Asturias histórica y, más tarde, a la provincia y a la actual comunidad autónoma. No se trata, pues, de inventar identidades nuevas, sino de recuperar una memoria muy antigua que el paso de los siglos ha ido desdibujando. Y si, después de recordar estos hechos, vuelven los ladridos, tanto mejor. Será la señal de que la historia, poco a poco, empieza a abrirse camino.