Diario de León

Gonzalo Garcival
​Escritor y periodista leonés

Escritor Y Periodista Leonés

Y del paisaje ¿qué les puedo yo contar?

Creado:

Actualizado:

Pues qué no daría yo por conocer aquel plan de ordenación territorial que redactó —en la etapa preautonómica del futuro ente Castilla y León— la eminente jurista bañezana Gloria Begué Cantón (1931-2016), mujer en verdad progresista en muchos sentidos. Ese documento ¿inédito? viene a parecerse en cierto modo al que configuraba aquel malogrado Plan Tierra de Campos, cuyo texto tuvimos que facilitarle al ilustre periodista —leonés como ninguno— Félix Pacho Reyero, texto del que no guardaba copia tras haberlo publicado él mismo en el entonces diario Informaciones. Así son las cosas. No sé qué diría el estudio de Gloria Begué sobre un factor configurante y determinante en toda geografía física cual es el paisaje. Que en el caso concreto en un mapa tan vasto y tan variado como el de Castilla conjuntamente con León estoy convencido de que no superaría el examen de un solvente analista de estas cuestiones que es Andrés Rubio de acuerdo con su demoledor ensayo España fea (Ed. Debate, 2024). Pocas escenarios territoriales de la Península Ibérica serían así comparables con la provincia leonesa por su bondad y su diversidad paisajística, la amenidad de sus cuencas fluviales —donde vivieron su existencia mitológica ninfas y nereidas frecuentes en la literatura pastoril española—, la orografía sobrecogedora de los Picos de Europa, esas cumbres de prócer soledad que describía Ortega y Gasset... Ah, pero a la vez un patrimonio natural constantemente amenazado si no por la más grosera especulación del suelo por la nefasta administración de la comunidad autónoma competente, tal como se desprende de la última oleada de incendios forestales o la proyectada instalación de un bosque de molinos aerogeneradores, operación en alguna medida frustrada por la recia oposición de un grupo de leoneses dotados del mejor buen gusto. Ay, no obstante, las amenazas persisten ahí solapadas. Recuerdo que, mientras escribía su excelente libro de viajes

El Transcantábrico, Juan Pedro Aparicio me preguntaba qué aspecto ofrecía por su cara norte —visto desde el Valle de Sabero— el macizo de Peñacorada (1.840 m. de altitud). Ipso facto le contesté que ese pico muestra una silueta que recuerda al legendario monte Fujiyama japonés. A pesar de lo cual eso ha cambiado con los años, porque el paisaje y nosotros ya no somos los mismos, cosa que parece inevitable. Por ejemplo en ese mismo paraje del pueblo de Santa Olaja de la Varga se ha infligido un delito medio ambiental de los gordos al reabrir una cantera de piedra caliza sólo para obtener una zaorra de baja calidad dejando una cicatriz en el monte de imposible restauración. ¿Y qué dice de eso el Ayuntamiento de Cistierna, en cuyo término municipal radica dicha explotación? Que yo sepa, nada. Y adonde quería ir a parar en cuanto a la roqueda de Peñacorada es a un fenómeno geológico, puede que único en toda España —inspirador para no pocos pintores— un geoinclinal denominado popularmente Los Rejos o Las Capillas, muy visible cuando se circula por carretera en dirección a Cistierna a la altura del paraje de La Jagariz, frente a un delicioso remanso del río Esla. Los mallos de Riglos, Las Médulas, el Torcal de Antequera son configuraciones muy peculiares de la capa terrestre que a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría alterar o transformar a la fuerza, por más que —en el caso de Las Médulas— se trate de un paisaje creado por la intervención del hombre. Pero como yo no tengo más que un dedo de frente, ofrezco mi cabeza a los más radicales conservacionistas por la insensata (además de absurda, impracticable, imposible...) invitación que desde aquí formulo acerca del anticlinal de Peñacorada al que me refiero. Que consistiría en una hipotética tala del pinar que, a lo largo de los diez últimos años, nos viene ocultando la facies original de aquella pintoresca manifestación geomórfica. Dirán ustedes con razón que lo que propongo es un disparate en toda la regla. Es algo así como sugerir la eliminación del espeso castañar y demás vegetación que sin duda va a acabar ocultando a la vista la dos veces milenaria ruina montium de nuestras Médulas, al fin y al cabo obra de la mano del hombre, con su originariocolor áureo. Ruego al culto lector estas, tal vez, lúdicas divagaciones mías. Y a modo de lenitivo le sugiero la lectura de el luminoso ensayo de Azorín

El paisaje de España visto por los españoles (1941), en el que —cuán grata casualidad— elige como paradigma de belleza natural el paisaje del Bierzo a partir del texto de Gil y Carrasco en El señor de Bembibre. Porque en ese mismo libro sentencia el maestro de Monóvar: «Lo repetiremos: el paisaje somos nosotros».

tracking