Diario de León

Junta Vecinal De Armunia

La inteligencia al poder… y Armunia al olvido

No discutimos la memoria democrática; exigimos que se aplique con criterios objetivos, coherentes y transparentes

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Debe de ser verdad. Debe de ser que en Armunia no somos lo suficientemente inteligentes. Lo hemos descubierto después de escuchar al alcalde de León explicar que «no hay que ser muy inteligente» para comprender lo sucedido en el último Pleno municipal. Lejos de reconocer que impedir al alcalde pedáneo intervenir en un asunto que afectaba directamente a su pedanía pudiera haber sido un error político o jurídico, la respuesta fue aún más reveladora: el problema no era lo que ocurrió; el problema era que los demás no supimos entenderlo. Y cuando uno acepta esa premisa, todo empieza a cobrar sentido. Si no entendimos que impedir la intervención del representante legítimo de una Entidad Local Menor, pese a que el artículo 62 de la Ley de Régimen Local de Castilla y León le reconoce expresamente ese derecho, es perfectamente normal, será porque nos falta inteligencia jurídica. Debe de ser que las leyes ya no dicen lo que dicen, sino lo que el alcalde interpreta que deben decir. Y si una ley estorba, siempre quedará el recurso de actuar como si no existiera e inventarse una norma propia. Tampoco debieron de ser muy inteligentes quienes redactaron ese artículo 62. Ni los magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León que han reconocido el alcance de ese derecho. Ni los juristas que llevan décadas defendiendo que la participación institucional no es una concesión graciable del gobernante de turno, sino una garantía democrática. Todos ellos, por lo visto, necesitaban una clase magistral impartida desde la Presidencia del Pleno del Ayuntamiento de León. ¡Qué ilustrado! Y poco inteligentes deben de ser quienes se atrevieron a discrepar; los grupos políticos municipales que criticaron la actuación del alcalde y menos, aun si cabe, los vecinos que siguieron el Pleno y sintieron vergüenza al comprobar cómo se intentaba silenciar la voz de Armunia. Incluso el Procurador del Común, que en repetidas ocasiones ha llamado la atención sobre actuaciones municipales relacionadas con nuestra pedanía. Quizá tampoco él haya alcanzado el nivel de comprensión exigido para entender que sus resoluciones pueden archivarse cómodamente en un cajón cuando resultan incómodas. Ni el Consejo de Cuentas. Ni la Fiscalía del Tribunal de Cuentas cuando considera que determinados hechos de la gestión socialista merecen ser investigados. Ni los órganos judiciales cuando admiten a trámite procedimientos relacionados con la gestión municipal. Tal vez todos ellos compartan ese mismo déficit intelectual colectivo que les impide apreciar la perfección de una gestión que nunca se equivoca y de un poder que nunca admite rectificaciones. Pero donde nuestra falta de inteligencia alcanza niveles dramáticos es en la aplicación de la memoria democrática.

Seguimos sin comprender por qué el Calvo Sotelo de Armunia constituye un problema democrático de primer orden mientras el Calvo Sotelo de Trobajo del Cerecedo parece disfrutar de una tranquilidad institucional envidiable. Debe de existir una diferencia histórica, jurídica o incluso metafísica que escapa al entendimiento de quienes caminamos por las calles de Armunia. Tampoco alcanzamos a entender ese curioso sistema de graduación histórica mediante el cual algunos nombres desaparecen con urgencia mientras otros, citados incluso en el controvertido estudio universitario que sirve de soporte al expediente, como Carlos Pinilla, José Aguado o José María Fernández, parecen situarse en una categoría distinta, como si existiera un sofisticado «Franquímetro» municipal capaz de determinar quién supera el umbral y quién permanece justo por debajo. No discutimos la memoria democrática; exigimos que se aplique con criterios objetivos, coherentes y transparentes, no con decisiones que proyectan una preocupante apariencia de arbitrariedad. Quizá tampoco somos suficientemente inteligentes para entender otra realidad mucho más cotidiana. ¿Por qué la Casa de Cultura de Armunia ha permanecido durante más de siete años sin calefacción? ¿Será que la cultura también entiende de categorías y que, al llegar a Armunia, pierde temperatura? ¿Por qué las inversiones llegan poco o simplemente no llegan? ¿Por qué nuestros vecinos pagan exactamente los mismos impuestos que el resto de los leoneses, pero reciben con demasiada frecuencia servicios e inversiones de segunda velocidad? Tal vez sea porque no somos lo bastante inteligentes para apreciar la diferencia entre igualdad y resignación. Lo verdaderamente preocupante no fue una frase desafortunada. Todos podemos equivocarnos. Lo grave fue convertir esa frase en una explicación política. Lo grave fue reafirmarse. Lo grave fue trasladar la idea de que el problema nunca está en quien ejerce el poder, sino en quienes se atreven a cuestionarlo. En democracia, el poder no consiste en decidir quién habla y quién calla. No consiste en reinterpretar las leyes cuando resultan incómodas. No consiste en tratar a una Entidad Local Menor como si fuera un invitado molesto en su propia casa. El poder democrático consiste precisamente en lo contrario: en someterse a la ley, aceptar el control institucional y respetar a quienes representan legítimamente a los ciudadanos, aunque discrepen. Desde Armunia no pedimos privilegios. Exigimos respeto. Respeto a la legalidad. Respeto a nuestra autonomía como entidad local menor. Respeto a nuestros representantes elegidos democráticamente. Respeto a nuestros vecinos. Porque la inteligencia no consiste en hablar desde un atril creyéndose por encima de todos los demás. La inteligencia consiste en escuchar, rectificar cuando es necesario y comprender que la autoridad no nace del cargo, sino del respeto a la ley. Y si defender la ley, reclamar igualdad, exigir inversiones dignas y recordar que los derechos de Armunia no dependen de la voluntad del alcalde de turno es un signo de poca inteligencia, los vecinos de esta pedanía pueden estar tranquilos: seguiremos siendo todo lo poco inteligentes que haga falta para no renunciar jamás a nuestros derechos.

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