Diario de León

Fernando Rodríguez Fernández

Ingeniero Agrónomo. Concejal Del Ayuntamiento De Santovenia De La Valdoncina

Relato nación mundial

Somos el país más solidario. Líder en trasplantes de órganos, pioneros en descubrimientos, abanderados del mestizaje y la integración, un país de grandes talentos

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Hay instantes que explican mejor una nación que cualquier tratado de Derecho Constitucional. El pasado 19 de julio, mientras España disputaba la final del Mundial, millones de personas conteníamos la respiración o gritábamos en los mismos instantes. Latíamos al unísono de una forma casi literal. Familias reunidas en los salones de sus casas. Bares abarrotados. Plazas llenas de camisetas rojas y banderas nacionales. En León, en Vitoria, en Castelldefels, en Rota, en cada ciudad, en cada villa. Durante ciento veinte minutos desaparecieron las distancias, los acentos y las diferencias. Solo quedó una palabra sostenida en el aire: España.

Esa escena repetida en cada hogar debería hacernos reflexionar. Una nación no es únicamente una administración, un mapa o una Constitución. Una nación existe cuando un pueblo siente que comparte una historia, un presente y un destino. Cuando la alegría o la pena se comparten y se sienten como propias. Cuando una victoria deportiva deja de pertenecer a veintiséis futbolistas para convertirse en patrimonio emocional de cuarenta y ocho millones de personas. El éxito de la selección española no puede entenderse sin la aportación de futbolistas nacidos o formados en múltiples regiones, incluidas Cataluña y las provincias vascongadas. Jugadores como Ferran Torres, Dani Olmo o Mikel Oyarzabal, junto a tantos otros compañeros suyos procedentes del resto de España, representan precisamente lo contrario de lo que predican quienes quieren levantar fronteras interiores: un equipo donde el origen importa mucho menos que el escudo que todos defienden. España gana porque suma. Porque cuando el talento de Valencia, Cataluña, Andalucía, Castilla y León, Galicia, Madrid, el País Vasco o cualquier otra tierra se pone al servicio de un proyecto común, el resultado siempre es mayor que la suma de sus partes. La historia de España ofrece innumerables ejemplos de esa realidad compartida. Resulta imposible comprenderla sin la decisiva contribución de los vascos. Ahí están Juan Sebastián Elcano, culminando la primera vuelta al mundo; Blas de Lezo, defendiendo Cartagena de Indias en una de las gestas militares más extraordinarias de la historia; Miguel de Legazpi, impulsando la presencia española en Filipinas; o Ignacio de Loyola, cuya influencia espiritual trascendió continentes y siglos. Tampoco puede entenderse España sin Cataluña. Antonio Gaudí transformó para siempre la arquitectura universal; Salvador Dalí revolucionó el arte contemporáneo; Josep Pla enriqueció nuestra literatura; Narciso Monturiol soñó con conquistar el fondo del mar cuando parecía imposible; y Montserrat Caballé convirtió su voz en una auténtica marca España. Podríamos seguir durante páginas enteras. Cervantes, Federico García Lorca, Santiago Ramón y Cajal, Severo Ochoa, Clara Campoamor, Rafael Nadal, Rosalía o Ferran Torres nacieron en lugares distintos, pero pertenecen a una misma comunidad nacional. Su legado no está fragmentado por fronteras autonómicas. Es patrimonio de todos los españoles. Precisamente por eso resulta tan empobrecedor el discurso del independentismo y de cualquier forma de nacionalismo regionalista excluyente. Porque no solo pretende modificar un marco político. Pretende alterar la forma en que nos miramos unos a otros. Aspira a convencernos de que ya no son nuestros compatriotas, personajes de quienes nos sentimos orgullosos por haber sido tan españoles como nosotros. Conozco gente que prefiere que Cataluña se vaya de una vez y nos dejen en paz. Su lógica es, ciertamente, muy práctica: Si cuatro políticos catalanes que no nos quieren están decidiendo por nosotros, es mejor que se vayan y dejen de someternos a sus caprichos. Pero ante este pragmatismo, se alza algo mucho más español, y que este mundial nos ha demostrado: el sentimiento. Nuestro corazón va más allá de la razón. Cuando alguien sostiene que los

Països Catalans o el País Vasco no tienen nada que ver con España, no solo intenta separar un territorio. Intenta arrebatarnos una parte de nuestro patrimonio existencial. Nos dice a los leoneses que Gaudí ya no es del todo nuestro, que Elcano pertenece a otra historia, que Ferran Torres no es nuestro compatriota y que las victorias celebradas juntos deben dejar de ser compartidas porque no existen. Nos piden que dejemos de sentir. Es una mutilación silenciosa de la identidad común. Porque una persona puede sentirse profundamente vasca, catalana, leonesa o asturiana sin dejar de sentirse plenamente española. De hecho, esa ha sido siempre una de las mayores riquezas de nuestro país: la capacidad de integrar identidades diversas dentro de un mismo proyecto nacional. No deja de sorprenderme que haya gente que no se sienta español en España. Somos el país más solidario del mundo. Líder en trasplantes de órganos, en asistencia sanitaria universal, pioneros en descubrimientos y conquistas, abanderados del mestizaje y la integración, un país acogedor y de grandes talentos. Somos un pueblo que hemos sobrevivido a siglos de negligencia por parte de nuestros gobernantes. España es la suma de las personas que la conforman, y por eso mismo, cuando digo

viva España, estoy diciendo viva tú y yo juntos. La final del Mundial volvió a recordárnoslo. Mientras millones de personas celebraban el triunfo, nadie preguntaba al compañero de celebración dónde había nacido. Nadie exigía un certificado de origen antes de abrazarse tras el gol de Torres. Bastaba con compartir una camiseta, una bandera y una emoción. Hay quienes consideran que eso es anecdótico. Yo creo que es profundamente político en el mejor sentido de la palabra. Porque demuestra que, por encima del ruido cotidiano, sigue existiendo una conciencia compartida de pertenecer a una misma comunidad. España jugó y ganó con talento y esfuerzo, con generosidad y humildad, persiguiendo un fin común con gallardía y honor. Los jugadores y el equipo técnico se han comportado como auténticos españoles. No han devuelto el ojo por ojo a los argentinos. Han puesto la otra mejilla sin dar un paso atrás. Porque de eso se trata, de plantar cara desde el lado correcto de la historia sin ceder ni un milímetro. Dignos herederos —a su modo— de los Tercios de Flandes, son un gran ejemplo para el mundo entero, y por eso, en todos los países, menos uno, se ha celebrado el triunfo de España frente a Argentina. Y esa conciencia vale mucho más que cualquier consigna. Es la que ha permitido construir una historia común durante siglos. Es la que convierte los éxitos individuales en victorias colectivas. Es la que hace que podamos sentirnos orgullosos, al mismo tiempo, de Cervantes y de Gaudí, de Ramón y Cajal y de Elcano, de Rosalía y de Rafa Nadal, de Ferran Torres y de cualquier español que, desde cualquier rincón del país, contribuya a engrandecer el nombre de España. Porque, al final, una nación no es otra cosa que eso: el convencimiento íntimo de que el destino del otro también forma parte del nuestro.

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