Ciertas verdades, ¿mejor a pequeñas dosis?
No puede ser que la corrupción se haya empoderado de nuestros principios, repiten con descaro negacionista
La verdad es, a veces, como la luz deslumbrante que no nos permite ver y que, en realidad, ciega. Esta reflexión viene a cuento para hablar de las limitaciones que tiene el hombre para asumir ciertas verdades. Valga la comparación con la digestión: El estómago no está preparado para procesar cantidades ingentes, exageradas de comida (y menos si, por su naturaleza, son indigestas, no aptas para la alimentación humana). La respuesta inicial es el asco y las náuseas que preceden al vómito. Pues bien, hay verdades que trastocan el andamiaje sobre el que se apoyan las creencias. De repente, lo que era inmutable hasta entonces se convierte en todo lo contrario. Lo que era roca de granito compacta se convierte en arena pulverizada. No puede ser, no puede ser, no hombre no, eso no, exclama cual conjuro que corrija el desaguisado, léase la decepción más lacerante. La propia negación repetida demuestra que la verdad ha trastocado la creencia.
Toda esta introducción viene a cuento para hablar de lo que viene ocurriendo con las verdades cegadoras que vienen a desmontar las creencias «inquebrantables» de muchos representantes políticos. Ay, las cloacas, qué mal olor desprenden del detritus que reina en su interior. ¡Ay ZP, quién te ha visto y quién te ve! Cuántos se han dejado engañar por tu estereotipada sonrisa que presentabas cual tarjeta de visita de tu bonhomía de cartón. Después te dedicarías, supuestamente, a contar las nubes como nadie y defenderías la «alianza de las civilizaciones» previo pago en forma de regalo de agradecimiento por tus gestiones desinteresadas en pro de la humanidad… Pero la verdad ha acabado cegando los ojos de aquellos que no pueden aceptarla, asumirla y obrar en consecuencia. Dejemos actuar a la Justicia, sentencian como si fuera una concesión que hacen cual muestra de su magnificencia y hondura democrática, aunque esa declaración enfática y pretenciosa no excluye, ni mucho menos, la tendencia a torpedear la propia Justicia. Eso lo hacen, o lo intentan hacer, de forma artera, dando una imagen de ofendidos y perseguidos, aun cuando ellos fueran los ofensores y perseguidores. No, no puede ser que la corrupción se haya empoderado de nuestros principios, repiten monótonamente y con un descaro negacionista tan propio de la camarilla. A lo sumo, puede ser, quizás, acaso, que haya ocurrido en algunos miembros indignos de nuestra organización. Y yo sin enterarme, jura y perjura el «cara de cemento armado». Hay que proceder a limpiar, a expulsar del Partido a esos miembros corruptos. Ya está, escondamos los esputos sanguino purulentos y los bronquios y pulmones quedarán más limpios que nunca. Negar, negar la enfermedad. No hacerlo así sería peligroso, es demasiado cegadora la verdad a secas. Y otra cosa: Es de obligado cumplimiento, para todos los componentes del organigrama del Partido y afines que existan por doquier, repetir hasta la saciedad, náusea incluida, que todo es mentira, fruto de una intención malvada de los enemigos políticos, sociales y culturales que se esconden tras la Constitución y la Justicia y no dan la cara como hacemos nosotros. No solo llama la atención, sino que resulta patético y decepcionante, comprobar que el mensaje— mandato del «number one» lo repiten todos por igual. Ya no es una muestra de adhesión, ni siquiera de obediencia interesada, es la prueba de un servilismo que anula su propia personalidad y la crítica tan necesaria para solucionar realmente los problemas. Un líder a quien se endiosa acaba exigiendo se le rinda culto y pleitesía de una forma deslumbrante, ciega. En lenguaje desinhibido y paladino, eso se llama «bajarse los pantalones». Mención aparte merece la verdad deslumbrante, cegadora de las sentencias judiciales. Se acabaron los indicios, las pruebas, las triquiñuelas y las defensas. ¿Y ahora qué? Vamos a ver cómo se las ingenia para salir limpio del lodazal la primera cabeza pensante y farsante del cotarro. Y, además, en un lodazal en el que se ha encontrado, repite ahíto de mentira, alérgico a la verdad, sin comerlo ni beberlo. A ver, esbirros, ¿vais a seguir bajando la cabeza, mirando sin ver ante la verdad cegadora, repitiendo como papagayos las consignas del «puto amo»? ¿Y vais a hacer lo mismo cuando vuestro «referente moral», adalid de la prístina ética, que siempre se prestó a dar mucho y quedarse con poco (¿o era al revés?), se haya quedado con el culo al aire? ¿O cuando la catedrática pichona deje de volar por las alturas y se arrastre por el suelo? ¿O cuando, quizás, ambos, pichona y su palomo acaben en la misma jaula? Vamos a ver qué dicen ahora y dirán después el «palabras huecas», la «pájara pinta», la «verdulera del lenguaje confuso», la «vocera del decir abstruso», las varias «mosquitas muertas», el «follonero de barrio», el «marujito justiciero», «el bocazas», «el aspirante a Rasputín de tebeo», «el incorruptible corrupto», el «petit Napoleón» etc., etc., y por supuesto el «narciso mayor del Reino», amén de los vendidos por unas pocas monedas que asemejan a los carroñeros de tercera clase en el orden y momento de «pillar cacho» en el despiece del cuerpo sociopolítico. No me salgan con la monserga (con falsa queja incluida) de que quién lo iba a imaginar, o de que los otros, tanto los del pasado como los que lleguen en un futuro, han hecho y harán lo mismo o más y peor. Me temo que no está en su ADN hacer un acto de contrición con el consiguiente propósito de enmienda, pero apelando al dicho de «un poco de por favor», sería de agradecer que, aunque no se les caiga la cara de vergüenza por carecer de la misma, al menos no presuman de tratarnos como a idiotas. Yo espero que, al final, triunfe la verdad y no la habilidad o la desvergüenza para intentar «irse de rositas» aduciendo ignorancia, falsificando o minusvalorando su presencia y participación directa o indirecta en los hechos. En resumen, deposito mi confianza en la Justicia que es lo mismo que confiar en la cualidad superior del hombre que busca, o al menos lo pretende, la armonía entre sus semejantes. Si eso ocurriese, y ojalá que así sea, la verdad alumbrará sin cegar.