Diario de León

Manuel Garrido

Escritor

Centinela

Entonces ya era Dª. Concha, admirada y querida por muchos, y temida por algunos, duramente por ella reclamados a propósito de decisiones erróneas o improcedentes

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En 1987 Concha Casado se jubiló de su carrera académica en el CSIC, donde cumplió diferentes tareas a lo largo de cuarenta años, desde el lejano 1947 en que obtuvo su doctorado en Letras con una tesis sobre el habla de la Cabrera Alta. Volvió entonces a su León natal para vivir ya siempre en su piso de la plaza de las Cortes. Dª. Concha, como era ya por todos conocida y llamada, murió en agosto de 2016. Se cumplen ahora diez años de su muerte. Volvamos pues un momento al tiempo de su vida, empezando por aquel en que era Conchita.

Su abuelo materno había tenido una tienda de telas en Truchas, que finalmente traspasó a un matrimonio originario de Nogar, para establecerse en la plaza mayor de la capital. Ambas familias mantuvieron una gran amistad, de modo que durante su infancia y adolescencia Conchita con frecuencia viajó a Truchas con sus padres, atendiendo la invitación del matrimonio para visitarlos en su casa con motivo de las fiestas. Existe una foto de ese tiempo, que muestra a un grupo de diez muchachas ataviadas con trajes típicos, se supone que un día de fiesta. Conchita está en el grupo, con su mandil sobre la falda, mantón de merino y velo en la cabeza. Posan en Truchas ante el puente de Sapos, cuyo arco de medio punto, tendido sobre el río Eria, se dibuja al fondo. Conchita acompañó una vez a la familia en Nogar el día de su fiesta, que es la Virgen de agosto. Fueron andando por el camino de Corporales hasta Baíllo, y allí se desviaron por el sendero que, tras alcanzar la cima del monte divisorio entre la alta y la baja Cabrera, descendía ya hasta Nogar. Sonaban en el camino los rumores antiguos de los rebaños, las esquilas, los pájaros, los carros chillones; y siempre en torno aquella «fala» popular que la fascinó. Todo ello acechaba al fondo, cuando, al acabar la carrera en la universidad de Madrid, se planteó el tema de su doctorado. Había tenido grandes maestros, Dámaso Alonso entre ellos, al que eligió como director de esa tesis con un tema «cantado»:

El habla de la Cabrera Alta. Hizo su investigación de campo en 1945, y para ello se instaló en Truchas. Para entonces ya era una moza de 25 años, una Conchita que estaba dando paso a Concha. Recordaba a menudo aquellos días, recorriendo caminos y pueblos del entorno de Truchas, para preguntar y hablar con los nativos. Pero en su búsqueda ocupaba lugar señalado la tienda de su abuelo Ángel: allí, sentada en la penumbra de una esquina del mostrador, con las piernas colgando, oía las conversaciones de quienes acudían a hacer sus compras. Llevaba sobre la falda un mandil, en cuyo bolsillo guardaba la libreta y el lápiz de sus notas, que utilizaba con discreción para no coartar la espontaneidad en la expresión de los clientes que llegaban. Y estas fueron por cierto las dos primeras palabras que anotó:

güeyos y ñueite, ojos y noche. Por casualidad, ellas definen a una Concha centinela, esa bella palabra proveniente del italiano, que a su vez deriva del latín sentire, oír, como sentir significa también oír en el habla popular leonesa. La imagen en fin resulta emocionante y sugestiva, característica de un estilo, de una trayectoria. La foto del puente mostraba a Conchita, esta escena de la tienda descubre a una Concha al comienzo de una etapa de largos años de trabajo en el CSIC, donde tuvo de compañero a Julio Caro Baroja, que siempre le manifestó un gran aprecio, por ella naturalmente correspondido. Él por cierto siempre la llamó Conchita, y ella a él D. Julio, en señal de respeto por quien era unos años mayor que ella. Jubilada, pues, como decía, de sus tareas formales académicas, se dedicó a su pasión por la preservación del patrimonio tradicional popular. Para entonces ya era Dª. Concha, admirada y querida por muchos, y temida por algunos, duramente por ella reclamados a propósito de decisiones erróneas o improcedentes, siempre en ese campo de la preservación del patrimonio cultural. Una imagen emblemática de esta Dª. Concha la muestra en Villar del Monte una mañana de septiembre de 2008, vestida con un abrigo azul, andando con su bastón, escoltada por la banda de gaiteros que comandaba el gran Moisés Liébana de Corporales. En 1991 publicó su monumental

Indumentaria tradicional de las comarcas leonesas. Llevaba un prólogo de D. Julio, muy elogioso con la que llama por supuesto Conchita, «mi querida amiga», de la que destaca su «enorme capacidad de trabajo y de observación», cuajada en «obras de erudición probada», esta sobre todo, «una de las mejores (si no es la mejor) acerca de la indumentaria española». Remataba la faena adornándose de esta guisa pinturera: «Si traje es lo que se trae, esta obra está bien traída». Pero la cima de Conchita, Concha, Dª Concha se halla en una mañana de otoño, el 21 de octubre de 1995. Se celebraba su nombramiento como hija adoptiva de Cabrera en el salón del ayuntamiento de Truchas, no lejos de aquella tienda en cuyo mostrador solía sentarse con las piernas colgando. Estaba entonces, como cantaba el poeta, «en plenitud de vida y de sendero». Cuando le llegó el turno, pronunció aquellas palabras que profundamente nos conmovieron: «Yo supongo que no se puede morir de felicidad»; y añadió: «si no, creo que me moriría». La centinela permaneció en su puesto veintiún años más.

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