Antonio Leira Rodríguez

Profesor Jubilado Matemáticas (Ies). Psicoanalista (Orientación Kleiniana)

El psicoanálisis y la tauromaquia

En la fiesta, tanto los asistentes, como los toreros, actúan bajo la protección, de un dios menor (S. Fermín), o de imágenes sagradas, tanto masculinas como femeninas

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Una fiesta es un exceso permitido y hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición, y la alegría de la fiesta es producida por la libertad de realizar lo que en tiempos normales se halla rigurosamente prohibido.

El psicoanálisis nos ha revelado que el animal totémico es, en realidad, una sustitución del padre, armonizando en la fiesta la contradicción entre la muerte del animal totémico (sustituto del padre) y el posterior lamento entonando «el pobre de mí, ya se han acabado, ... de San Fermín». Posteriormente el animal totémico es troceado, y sus partes son vendidas después de su sacrificio entre los asistentes a la fiesta, con objeto de incorporar de este modo las cualidades y fortaleza del pare.

Así pues, el totem sería la primera forma de sustitución del padre, y el dios, otra posterior, más desarrollada, en la que el padre habría recobrado la figura humana.

En este punto hago la observacion de la psicoanalista y discipula de M. Klein, Hanna Segal, estableciendo la ecuación simbólica «objeto=símbolo».

En la fiesta, tanto los asistentes, como los toreros, actúan bajo la protección, de un dios menor (S. Fermín), o de imágenes sagradas, tanto masculinas como femeninas (especialmente el torero), asociando de esta forma la relación entre la religión y la muerte del padre, es en la muerte del animal totémico, la que origina los sentimientos de culpa que tal acto acarrea, en este punto recuerdo los cánticos que en mi infancia nos hacían cantar los sacerdotes: «perdona a tu pueblo señor, perdona a tu pueblo, perdónale señor....», corroborando de este modo el hecho que S. Freud, ha puesto de manifiesto que en la religión perviven los rasgos que caracterizan a la religión totémica: «la muerte del totem (padre), origina una conciencia de culpabilidad, que los hijos tratan de apaciguar y reconciliarse con el padre, por medio de una obediencia retrospectiva».

Era el año 1982, sobre el mes de diciembre, en consulta semanal con mi terapeuta la Dra. Ana García Fuertes, relaté el siguiente sueño, el cual era algo recurrente: «Un toro con cabeza bicéfala, mitad toro, mitad vaca me perseguía, produciéndome una gran angustia», la Dra. García, me dijo: que ese toro era el falo de mi padre.

Con gran sorpresa por mi parte, y fue tal, que cuando salí de la consulta me decía: ¡pero qué me dice esta mujer!, llevaba en análisis unos meses, (4-5). Lo cierto es que nunca más he vuelto a tener dicho sueño.

En estos momentos, puedo colegir, que el complejo de Edipo, aparece no solamente como afirma M. Klein, en estadios tempranos del desarrollo, diferenciándose de este modo a la edad en que S. Freud lo sitúa, alrededor de los 4 años, sino que yo me atrevería a decir que aparece ya en la posición esquizo-paranoide, lo cual concuerda con la afirmación de M. Klein, de que todo psicótico puede efectuar una transferencia, pues el complejo de Edipo ya está establecido en los primeros meses de vida.

Aunque en la posición esquizo-paranoide, el pecho de la madre es introyectado como un objeto parcial, el falo del padre es ya introyectado, de forma persecutoria, de esta forma queda establecida la terna Edípica en dicha posición esquizo-paranoide, dando pié a la posibilidad de una transferencia, ambivalente, pero al fin y al cabo, una transferencia. En realidad toda transferencia es ambivalente.