El colapso de Europa
Los mazdeístas del señor Zaratustra lo pregonaron hace ya 2.000 años. Y después lo hicieron los hindúes, y ya por estos lares. los cátaros, en la Edad Media. Que el mundo es cíclico: el progreso y la regresión, la cultura y la barbarie, se complementan y reajustan sin descanso a lo largo de los siglos.
Y ya muy cerca a nosotros, en la edad de las máquinas el señor Nietzsche, don Friedrich lo volvió a pregonar desde la mirilla filosófica. Y aunque, a lo presente, el señor Hariri se empeña en demostrarnos que el sapiens camina en un progreso imparable hacia su propia divinidad no parece sino un guiño más de la cultura woke. La historia que conocemos es un escenario donde los paralelismos que llevan los ciclos se revelan con claridad. Todo en el futuro está presente en el pasado. Alguien debió decirlo ya, pero no recuerdo, así que no me apunto el tanto, por si acaso, pero pasemos a argumentar el silogismo con toda la artillería de combate. El mundo moderno, en contraposición al mítico, nació en la Grecia antigua. Usar la lógica, el raciocinio, la experiencia y la libertad para conocer y gobernar el mundo son las llaves doradas de este mundo nuestro. Durante tres siglos, después de Alejandro, Grecia impuso su modelo al mundo y el mundo se libró de las servidumbres de las oligarquías sacerdotales y las teocracias pretéritas. Ese modelo colapsó por la incapacidad griega de unir esfuerzos en un estado único y el retablillo de ciudades-estados fue devorado por Pompeyo en el siglo I A.c. Y Emergió Roma como la ciudad encaminada al imperio universal. Dos milenios más tarde estamos ante un «deja vu» de la escena descrita. Europa condujo al mundo hacia la revolución industrial, después de la revolución geográfica, y gobernó, soberana, tres cuartos del planeta desde el Xv a mitad del XX. Los distintas naciones del continente propulsaron la magna empresa, Portugal y España, primero, Holanda Inglaterra, Francia después, y finalmente Rusia y Alemania, que rompieron el equilibrio y propulsaron el derrumbe, Como la Esparta de 25 siglos antes. La paz de Nuremberg fue la secuela de esa disrupción. Los EE UU se adueñaron del tablero —y después la China de Ximpin— y han relegado a Europa a la periferia del poder. El destino está escrito; tras casi cien años de estado del bienestar a costa de deudas, la economía sin aliento de Europa, su demografía sin escuadrar y su cultura de museo se derrumban sin remedio. Unos años más y desaparecerá, consumida por la llamarada oriental que desde Pekin —con trasbordo en Moscú— arramblará con todo el territorio del mega continente euroasiático.