Diario de León

Prisciliano Cordero Del Castillo

Sacerdote Y Sociólo

La marginación de los mayores y el empoderamiento de los jóvenes está empobreciendo a nuestra sociedad

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El día 26 de julio se celebró la VI Jornada Mundial de los Abuelos y los mayores. Para esta ocasión, el papa León XIV dirigió un mensaje a toda la Iglesia y a toda la sociedad, lleno de enseñanzas y buenos deseos para los abuelos y mayores. Pero nuestra sociedad anda por otros derroteros. Nuestra sociedad ha llegado a definir la productividad como principal valor a conseguir, marginando a las personas mayores, a quienes considera improductivas e «inútiles» para la misma sociedad. Esta falta de respeto hacia los mayores se agrava por el «culto a la juventud», que valora la belleza, el encanto, la fama o el poder, atributos que suelen desvanecerse con el tiempo, mientras devalúa la sabiduría de la experiencia, de los largos años vividos.

Sin duda, la vida de las personas mayores durante la última etapa de su vida no es tarea fácil. Sería ingenuo idealizar el desgaste emocional y físico que supone el paso del tiempo. Incluso el simple acto de entablar un diálogo intergeneracional conlleva sus propios desafíos. Sin embargo, mi relación con las personas mayores en la Universidad de la Experiencia, de la Universidad de León, y en el Programa Intergeneracional Caminando Juntos, de Cáritas de León, reafirma mi convicción de que no solo tenemos el deber de acompañar, sino de forjar el diálogo, las relaciones y los espacios intergeneracionales, porque estos son elementos cruciales para una sociedad sana. El diálogo intergeneracional es bidireccional. Los jóvenes pueden aprender de quienes han vivido más que ellos, pero ellos, los mayores, también tienen algo que aprender de los jóvenes. Esto se nota especialmente al hablar de temas actuales controvertidos. Por supuesto que no siempre hay coincidencia. A veces los jóvenes sienten que los mayores están desfasados, y los mayores creen que los jóvenes son demasiado ingenuos respecto al funcionamiento de la sociedad. La lectura de la exhortación apostólica del Papa Francisco,

Amoris Laetitia, me confirmó que las limitaciones de las personas mayores en realidad son una gracia de Dios. Si «rompemos todo vínculo con el pasado», escribe el papa Francisco, nos resultará difícil «comprender que la realidad es más grande que nosotros». «Cuidar a los ancianos, añade, lejos de ser una carga vacía, puede hacer que quien los cuida «se sienta conectado con la historia viva» de nuestras familias, barrios y país. De hecho, Francisco afirma que «escuchar a los ancianos contar sus historias es bueno para los niños y los jóvenes», ya que puede «ayudarnos a apreciar la continuidad de las generaciones». Por otra parte, León XIV, en su Mensaje para la VI Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, nos recuerda que: «El corazón humano conserva la necesidad irrenunciable de proximidad». La triste realidad es que la mayoría de los jóvenes se perderán este tipo de interacciones si no las buscan intencionadamente. A medida que las personas mayores siguen siendo marginadas y la socialización entre personas de la misma generación se convierte en la norma, ya no podemos dar por sentado que las personas se encontrarán en espacios intergeneracionales. Hemos dejado atrás la época de los hogares multigeneracionales, donde hijos, padres, abuelos e incluso tíos y primos vivían bajo el mismo techo. Hemos pasado a la norma de los hogares nucleares y monoparentales, o incluso de la persona soltera que vive sola. A medida que disminuye la participación en organizaciones comunitarias y cívicas locales, hay aún menos oportunidades para las interacciones intergeneracionales. Se han ido perdiendo los espacios informales de los pueblos: bares, calles, reuniones familiares, donde se podían forjar relaciones intergeneracionales que implicaban reciprocidad y responsabilidad, donde un joven podía encontrarse con los adultos y aprender las exigencias del pasado sin necesidad de que se le explicara cómo se transmitía todo el legado cultural de los mayores. Quizás uno de los ejemplos más evidente de esta desaparición de las relaciones intergeneracionales informales sea la segregación por edades en las fiestas y la diversión espontánea. Si bien los adolescentes pueden estar con personas mayores en las reuniones familiares, me pregunto cuántos de ellos consideran estas ocasiones como oportunidades para intercomnicarse. Me imagino lo difícil que será aceptar la vejez en una sociedad como la nuestra. Nadie se beneficia realmente cuando nos dejamos llevar por la idea de que la juventud es la cúspide de la vida y la vejez una carga inútil. En cambio, los jóvenes deberían buscar maneras no solo de cuidar a los mayores, sino también de dialogar y simplemente compartir momentos con ellos. Así conseguiríamos una sociedad más sana.

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